David Hockney (1937-2026), no olviden que no pueden relegar la primavera
La muerte de David Hockney (1937-2026) deja la sensación de que desaparece alguien que nunca dejó de estar llegando. Pocos artistas han atravesado casi siete décadas de creación con una curiosidad tan intacta y una capacidad tan poco común para reinventarse sin traicionarse. En un tiempo artístico marcado por las modas, los manifiestos y las periódicas actas de defunción de la pintura, Hockney permaneció fiel a la idea de que el mundo merece la pena mirarlo como si fuese siempre algo nuevo.
Su obra fue una celebración de la visión como experiencia. Mirar era para Hockney una forma de conocimiento y también de alegría. De ahí que sus cuadros, incluso cuando abordaban la soledad, el deseo o el paso del tiempo, estuvieran atravesados por una luminosidad irreductible. En una época en la que la gravedad parecía una obligación estética, él nunca tuvo reparos en reivindicar el placer visual.
Nacido en Bradford (Inglaterra) en 1937, Hockney llegó a la escena artística británica de los años sesenta como una figura difícil de clasificar. Se le asoció al pop art, aunque pronto quedó claro que sus intereses iban por otro camino. Mientras muchos de sus contemporáneos dirigían la mirada hacia los objetos de consumo y el imaginario mediático, él la orientaba hacia la experiencia personal. Sus primeras obras hablaban del amor, la identidad y la libertad sexual con una franqueza que todavía resultaba incómoda en la Gran Bretaña de la época.

La llegada a California amplió definitivamente su horizonte. Allí encontró una luz que parecía haber sido inventada para la pintura y una temperatura que, comparada con la de Yorkshire, podía confundirse con una revelación espiritual. Las piscinas, los jardines geométricos, las casas modernas y los cielos despejados de Los Ángeles se convirtieron en algunos de los iconos más reconocibles del arte del siglo XX.
Sin embargo, reducir a Hockney a las célebres piscinas sería tan injusto como recordar a Monet únicamente por los nenúfares. Aquellas superficies azules y transparentes eran, en realidad, una reflexión sobre la representación, sobre la fugacidad del instante y sobre la imposibilidad de fijar completamente la experiencia visual. Que además acabaran decorando innumerables calendarios y pósteres era algo que decía tanto sobre su atractivo como sobre nuestra tendencia a simplificar las cosas.
A diferencia de otros artistas de su generación, Hockney nunca aceptó que la historia del arte avanzara en una sola dirección. Cuando el arte conceptual proclamaba la primacía de la idea sobre la imagen, él siguió pintando. Cuando la fotografía parecía destinada a sustituir a la pintura como herramienta privilegiada de representación, investigó precisamente las limitaciones de la cámara.

Esa misma convicción explica su fascinación por los maestros antiguos. Hockney fue un observador apasionado de Fra Angelico, de los flamencos, de Cézanne, de Van Gogh y de Picasso. No los veía como monumentos inmóviles, sino como interlocutores vivos. La historia del arte era para él una conversación permanente que atravesaba los siglos, una actitud particularmente refrescante en un mundo cultural que con frecuencia confunde la veneración con la distancia de seguridad.
Su relación con la tecnología obedecía a la misma lógica. Muchos artistas contemplaban el mundo digital con recelo; Hockney lo recibió con entusiasmo. Dibujó en fax, experimentó con ordenadores, trabajó con cámaras múltiples y encontró en el iPhone y el iPad nuevas posibilidades para la observación cotidiana. Mientras otros debatían si la tecnología acabaría con el arte, él estaba demasiado ocupado utilizándola para pintar flores.
Por eso resulta inevitable contemplar la gran retrospectiva que la Fundación Louis Vuitton de París dedicó a su obra en 2025 como una suerte de testamento artístico y que recogimos en Libros, nocturnidad y alevosía https://wp.me/p9fWSA-cKj. Hockney participó personalmente en la concepción de aquella exposición monumental que reunía más de cuatrocientas obras realizadas entre 1955 y 2025. No quiso que fuera una simple revisión cronológica de una carrera excepcional. La convirtió en una declaración de principios.

Allí estaban los retratos de juventud, las piscinas californianas, los dobles retratos que redefinieron el género en la segunda mitad del siglo XX y los inmensos paisajes de Yorkshire. Pero el corazón de la muestra pertenecía a las últimas décadas, a los años en que muchos artistas se limitan a administrar su legado. En cambio, él continuó explorando.
Los árboles monumentales de Bigger Trees near Warter, las explosiones primaverales de los espinos de Yorkshire, las estaciones observadas día a día en Normandía a través de una tableta digital, los retratos de amigos, familiares y flores realizados en iPad demostraban que seguía poseído por la misma inquietud de mirar un poco más.
Las últimas salas tenían algo de despedida. Inspiradas en Blake y Munch, sus pinturas más recientes reunían astronomía, memoria, espiritualidad e historia en composiciones de resonancia meditativa. Entre ellas aparecía uno de sus últimos autorretratos. No era la imagen de un artista retirado, ni la de una celebridad satisfecha con su lugar en la historia. Era la de alguien que seguía preguntándose por los enigmas esenciales de la existencia, una actividad tan antigua como poco rentable.
Quizá esa sea la razón por la que Hockney ocupa un lugar tan singular en la cultura contemporánea. Su obra nunca estuvo impulsada por la ironía ni por el desencanto, dos de los grandes lenguajes de nuestro tiempo. Tampoco por la nostalgia. Lo movía un asombro que le permitió descubrir posibilidades nuevas allí donde otros solo veían costumbre.

