Cruza la playa como quien no necesita llegar a ningún sitio.

 

Para Preslava Boneva, la ciudad marroquí de Tánger se despliega como un susurro entre sombras, ruido y sal, donde cada esquina parece contar algo a medias. La ciudad respira entre mercados, cuestas y miradas que sostienen lo cotidiano sin detenerlo. Aquí, la luz no lo revela todo. Apenas acompaña el pulso de una vida que nunca termina de quedarse quieta.

 

 

La calle se pliega sobre sí misma y la luz apenas alcanza a seguir el paso.

Nada está quieto del todo: ni las manos, ni lo que cuelga.

Bajo el sol inclinado, atraviesa el mercado con una bolsa a rayas y la mañana aún a medio hacer.

Las casas se apilan buscando aire entre antenas y ropa tendida.

Vendedor de ajos, sosteniendo la escena desde abajo, donde nadie mira mucho tiempo.