Foto oficial de Gabriel García Márquez y su mujer antes del banquete de celebración del Premio Nobel en Estocolmo, el 10 de diciembre de 1982.
En los pasillos de la Academia Sueca, donde cada año se decide el galardón más codiciado de las letras, el Premio Nobel de Literatura, la confidencialidad es norma de la casa. Como escribe Xavi Ayén en «Planeta Nobel. Conversaciones con treinta escritores laureados por la Academia Sueca» (Librosdevanguardia, 2025) cada año llegan unas doscientas candidaturas hasta el 1 de febrero. Además, un grupo de expertos internacionales envía informes sobre lo que se escribe en sus países. A partir de ahí comienza el desbroce. En mayo solo quedan cinco nombres. «El premio nunca es político, pero en ocasiones tiene efectos políticos», reconoce el secretario permanente de la academia sueca, Mats Malm.
La Academia vive también con la memoria de su propia tormenta. En 2018 su prestigio se derrumbó entre acusaciones de abusos y filtraciones. El premio se suspendió por primera vez en su historia. Tuvo que intervenir el propio rey de Suecia, porque lo que estaba en juego no era un premio sino la credibilidad moral de la institución. Al año siguiente, casi a modo de disculpa, hubo un doble Nobel: la polaca Olga Tokarczuk y el austriaco Peter Handke.
Las mujeres están infrarrepresentado en la tabla de ganadores. Hasta los años 90 no había una voluntad decidida de corregirlo. En la primera década del siglo XX hubo solo una ganadora.
La idea de «Planeta Nobel» surgió en el 2005 cuando el escritor y periodista Xavi Ayén y el fotógrafo Kim Manresa tuvieron la idea de iniciar una serie en la que recorrieran el mundo entrevistando a los premios Nobel. De este trabajo se han publicado libros, firmado reportajes y realizadas exposiciones como «Rebelión literaria» que pudo verse durante un año en el museo Nobel de Estocolmo.

Al comienzo del libro se cuenta la historia del premio, ciertas interioridades y las tensiones políticas y culturales que lo han rodeado. Porque el Nobel funciona, ante todo, como una marca de calidad. Son innumerables los lectores que lo usan como brújula para decidir qué leer, sobre todo cuando no conocen al autor.
Lo que aprendemos enseguida de las distintas entrevistas es que cada Nobel encierra un mundo muy diferente al de otro. Cuando John Fosse escribe, lo hace con el cuerpo entero. «Mis frases son respiraciones», dice el noruego, que en pleno invierno abandona su escritorio para sentir la nieve antes de describirla. Nacido junto a un fiordo escribe en nynorsk, un dialecto rural. Además de novelista, fue autor teatral y poeta. Convertido al catolicismo en 2013, busca en los ritos de la liturgia la paz que otros hallan en el silencio. Dice que le han escrito lectores diciéndole que sus libros les salvaron de suicidarse. Fosse sonríe, discreto: «Yo también escribo para seguir aquí».
Annie Ernaux ha transformado la memoria íntima en testimonio colectivo. Su obra es una radiografía del siglo XX francés, escrita con la sobriedad de quien sabe que la emoción más potente no necesita adjetivos. Abdulrazak Gurnah, nacido en Zanzíbar, huyó siendo un adolescente de au país al Reino Unido donde su identidad racial y religión podía costarle la vida. Sus novelas son los mapas del desarraigo y la memoria colonial. «No existe un único colonialismo», afirma. «Cada imperio tuvo su manera de romper el mundo.»
Herta Müller formó parte de la minoría alemana en Rumanía y conoce el miedo con precisión clínica. Durante la dictadura de Ceaușescu fue interrogada más de cincuenta veces. En sus libros revive las lámparas de los interrogatorios, las paredes húmedas, las ausencias. «No me preguntaban por mis libros, sino por cosas que no había dicho», recuerda. Sus imágenes recuerdan que el totalitarismo no necesita grandes gestos, solo una mirada vigilante.

Peter Handke fotografiado por Kim Manresa
En cambio, Peter Handke cree que el artista es un dictador benévolo. Reconoce que sigue siendo insolente y que está lleno de cólera, que no tienen nada que ver con el odio. No acepta ser entrevistado porque no se considera un modelo para nadie. El escritor critica las «guerras humanitarias» como la de los Balcanes y denuncia la manipulación de los medios de comunicación occidentales cómplices, según él, del bombardeo de la OTAN a la población civil de Belgrado en 1999, ordenado por Javier Solana. «La escritura me la tengo que merecer, ser escritor es algo que hay conquistar, no es fácil, igual que sucede con la paternidad, no basta con engendrar hijos para ser padre, y no basta con juntar letras para ser escritor, eso es lo que tienen en común».
Handke les acompañará al final de su encuentro a la estación de tren vcerca de París y les invita a colarse con su pase temporal. Les dice que siempre invita a los jóvenes o personas que ve acercarse a él cuando entra para que pasen sin pagar. «Al principio, me lo pedían ellos y ya soy yo quien me adelanto, soy un ilegal». Les avisa que en la estación de llegada los tornos están muy estrechos, hay que saltar por encima. «A que esto es mejor que una entrevista, ¿no es verdad?», les dice Handke.
La polaca Olga Tokarczuk recibió su Nobel como si recibiera también un desafío. Cree que las series de televisión son las herederas naturales de la novela moderna. En su discurso en Estocolmo llamó a construir un nuevo humanismo que ponga en el centro la empatía y la imaginación. En la bielorrusa Svetlana Alexiévich, la voz se multiplica. Ella no escribe novelas, sino refleja coros de soldados, madres, obreros, supervivientes. “Escuchar es un acto sagrado”, afirma. Seguimos siendo —dice— los herederos del “homo sovieticus”. Aleksiévich abandonó Bielorrusia en septiembre de 2020 con ayuda de diplomáticos de varios países, luego de anunciar en la prensa que estaba siendo vigilada por las fuerzas de seguridad del gobierno bielorruso. Vive en Berlín desde entonces.

Xavi Ayén. Foto de Xavier Cervera
El francés Patrick Modiano, siempre envuelto en su propia niebla parisina, reconoce que escribe “el mismo libro una y otra vez”. En «Un pedigrí», despidió a sus padres y se convirtió, al fin, en dueño de sí mismo. “Escribir —dice— fue mi manera de emanciparme”. Ajeno a la política y la modernidad, se aferra a los cafés parisinos y la memoria. “El tiempo es una masacre”, repite. Acaso por eso rehace sus frases una y otra vez, como si al hacerlo pudiera detener el reloj.
Mario Vargas Llosa reconoció a Xavi Ayén que no se detenía nunca. Para él, el trabajo era una forma de equilibrio vital, un modo de exorcizar el caos. “Si dejo de escribir, me descompongo”. Según los académicos suecos, su literatura es una cartografía del poder, pero también una defensa de la rebeldía: “No se puede ser feliz y gran escritor al mismo tiempo. La inconformidad es la fuente de la creatividad”. Rechazaba las etiquetas que le ponían —conservador, liberal— y consideraba que se usaban para desacreditar voces incómodas. En su infancia estaba, como una sombra, el padre autoritario que lo pegaba.
Por su parte, Jean-Marie Gustave Le Clézio redescubrió el sentido de la literatura entre los pueblos indígenas. Vivió tres años con ellos, aprendiendo su lengua y su ritmo. “No eran pobres —dice—, eran sabios”. Allí entendió que escribir es restituir armonía, escuchar el rumor total del mundo. Su prosa rescata la inocencia perdida y denuncia la violencia que continúa destruyendo esos territorios.

Wole Soyinka. Foto de Kim Manresa
El Nobel nigeriano Wole Soyinka, galardonado en 1986 por construir el drama de la existencia desde una perspectiva cultural amplia y con matices poéticos, según la Academia, habla sin rodeos sobre los fundamentalismos. «Tenemos fundamentalistas tanto cristianos como musulmanes cuyo objetivo es destruir al otro», afirma. Cuando Xavi Ayén le pregunta si tiene miedo, responde que prefiere hablar de peligro, porque toma precauciones, pero el miedo es otra cosa.
Gabriel García Márquez se muestra reticente a hablar de su vida privada. En 2005 se tomó un año sabático, el primero en que no escribió ni una línea. «No tengo proyecto ni perspectiva de tenerlo», confiesa. Descubrió el placer de quedarse en la cama leyendo todos los libros que nunca tuvo tiempo de leer. Dudaba acometer un segundo volumen de memorias porque habría personas que deberían aparecer. «No sería honrado dejarlas fuera, porque fueron importantes en mi vida, pero no me caen simpáticos», explicaba.
Recordaba con afecto la Barcelona de los años sesenta y setenta, donde llegó en 1967 con una piel de caimán de dos metros como amuleto. Pasó de no tener para comer a poder comprarse casas. Visitaba Barcelona con frecuencia y paseaba con los amigos de siempre. Prefería Barcelona a Madrid precisamente porque en la primera ciudad encontraba la discreción que tanto valoraba: «En Madrid corre la voz y es la pachanga permanente». Mantenía su amistad con Fidel Castro y ejercía su influencia en silencio, logrando la liberación de presos políticos y familiares de disidentes.
Desde los fiordos noruegos hasta las aldeas africanas, los Nobel de Literatura trazan en este libro un mapa coral de la condición humana. Nos acercamos a autores que solemos percibir como solemnes o inaccesibles. Puede verse también como una guía de viaje literaria global. Sus treinta protagonistas comparten la certeza de que la palabra, aunque no nos salve, al menos nos acompaña. La literatura sigue siendo una forma de resistencia, una conversación infinita entre lo que hemos sido y lo que aún somos.

Xavi Ayén junto a Svetlana Aleksiévich y su intérprete en su cocina de Minsk. Foto de Kim Manresa
