Bryce Echenique en los años 90
La correspondencia literaria suele revelar un territorio más íntimo que la obra publicada. En ella, los escritores dejan aparecer la voz cotidiana, vulnerable o irónica que rara vez se filtra en la página impresa. Las cartas que el novelista peruano Alfredo Bryce Echenique envió en 1997 al crítico y escritor español Juan Ángel Juristo pertenecen a ese género híbrido en el que la amistad, la enfermedad, la literatura y el humor conviven con absoluta naturalidad.
Fechadas en Montpellier en marzo y abril de 1997, las cartas retratan un momento particularmente frágil de la vida de Bryce. El escritor describe con tono entre resignado y humorístico una extraña dolencia que atribuye a la picadura de una araña —o quizá a “un enjambre de abejas” metafórico— que le ha desencadenado múltiples alergias. “Llevo bajo la ropa una suerte de enjambre”, escribe, con esa mezcla tan característica de exageración cómica y confesión personal. La enfermedad lo obliga a vivir entre médicos, laboratorios y consultas, mientras intenta mantener cierta disciplina: gimnasia diaria, clases universitarias y el propósito de dejar de fumar.

El tono de estas cartas oscila entre la crónica corporal y la comedia literaria. Bryce relata cómo, en medio de una gala institucional, la picadura y el escozor lo empujaron a abandonar el acto tras protagonizar un episodio digno de una de sus propias novelas. En ese mismo evento, cuenta, se organizó una subasta benéfica de objetos extravagantes, y su modesto bolígrafo terminó subastado “a precio de Waterman de colección”. El detalle revela algo esencial del escritor: incluso en la incomodidad física o el absurdo social, Bryce encuentra siempre un ángulo narrativo.
El interlocutor de estas cartas, Juristo, aparece como un amigo cercano y un cómplice intelectual. Bryce le agradece el “bello texto de presentación” que el crítico español ha escrito sobre su obra, aunque confiesa que aún no ha podido leer la reseña correspondiente. Ese intercambio sugiere una relación basada en la admiración mutua y en la colaboración literaria. No se trata sólo de amistad personal, sino de una complicidad dentro del campo cultural hispano.

Las cartas también funcionan como un pequeño mapa de la vida literaria de los años noventa. Bryce menciona congresos, conferencias y encuentros académicos en España y América Latina, como un coloquio sobre realismo mágico en Las Palmas de Gran Canaria. Allí coincidirían críticos y escritores como Ángeles Mastretta o Jesús Díaz, en una constelación de nombres que muestra cómo la literatura latinoamericana seguía circulando intensamente por el espacio cultural español. El propio Bryce, siempre irónico, comenta incluso los honorarios de esas reuniones: “por ambas cosas pagan cien mil o ciento veinticinco mil (pesetas)”, escribe con una mezcla de pragmatismo y humor.
Pero más allá de las anécdotas, lo que estas cartas revelan es el tono humano del autor de Un mundo para Julius. Lejos de la solemnidad que a veces rodea a los escritores consagrados, Bryce aparece como un narrador de sí mismo: hipocondríaco divertido, viajero fatigado, profesor que intenta seguir dando clase mientras las abejas imaginarias invaden incluso su máquina de escribir. La escritura epistolar se convierte así en una extensión natural de su estilo literario: disgresivo, confesional y profundamente irónico.

Hay además un elemento afectivo muy marcado. Bryce envía recuerdos a los amigos comunes —Lucía, Miguel— y pide a Juristo que le haga llegar textos o noticias. El gesto revela el tejido invisible de la amistad literaria, ese circuito de cartas, reseñas, conferencias y encuentros que sostiene buena parte de la vida cultural.
En conjunto, estas cartas muestran a Bryce en un momento de tránsito: enfermo, viajero, siempre entre ciudades —Montpellier, Madrid, Lima— y, sin embargo, plenamente activo en la conversación literaria del mundo hispánico. En ellas resuena el mismo tono que caracteriza su narrativa: una mezcla de melancolía, humor y ternura.
Incluso cuando describe el malestar físico o la incertidumbre de los viajes, el escritor se despide con ligereza afectuosa. El tono final es casi una firma emocional: un abrazo, un comentario irónico, una promesa de verse pronto. En ese gesto se resume el espíritu de esta correspondencia entendida no sólo como obra, sino como conversación entre amigos.

