Hay ocasiones en que la sugerencia azoriniana de que “un pormenor indica el todo”, incluida en Valencia,uno de sus libros viajeros, se cumple de manera rotunda. Es lo que sucede con un enfrentamiento bélico –mezcla de batalla, escaramuza y torneo– que tuvo lugar en 1441 junto al río Torote, en los alrededores de Alcalá de Henares, en el contexto de la interminable guerra civil castellana que enfrentó a lo largo de casi todo el Cuatrocientos a la Monarquía con los principales linajes nobiliarios, del que hemos tratado en Un torneo interminable. La guerra civil en Castilla en el siglo XV (Madrid, Sílex, 2014).  En sus diferentes pretensiones de orientar el reino castellano en un sentido autoritario -como pretendían el rey y su círculo de letrados y bachilleres- o pactista -según proclamaban los grandes-, Juan II y su válido Álvaro de Luna mantuvieron una larga pugna con la Liga Nobiliaria, que heredaría su hijo Enrique IV, y que se desarrolló hasta el reinado de Isabel sin apenas enfrentamientos bélicos de importancia. Unos choques que, cuando se dieron, se les puede considerar en su mayoría, en terminología moderna, de baja intensidad por lo limitado de las fuerzas enfrentadas y de sus consecuencias.

Una de los principales encuentros de este enfrentamiento, que se puede considerar que alcanzó categoría de batalla, fue el que tuvo lugar en el río Torote, en las proximidades de Alcalá de Henares, entre las fuerzas del Adelantado de Cazorla, Juan Carrillo de Toledo, al servicio del rey Juan II, y las de Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, a la sazón alineado en la Liga Nobiliaria. Fue una pequeña batalla que por su intensidad y consecuencias superó los límites de la escaramuza, por lo que no es de extrañar que fuera recogido con detalle por las diferentes crónicas del reinado, especialmente por la anónima Crónica de Juan II, que recoge detalladamente lo sucedido. La batalla de Torote, de la que me he ocupado en Estudios sobre cultura, guerra y política en la Corona de Castilla. Siglos XIV-XVII (Madrid, CSIC, 2007), no solo fue uno de los escasos episodios de enfrentamiento directo de la larga guerra civil castellana, en la que las alianzas cambiaban en poco tiempo según las expectativas de beneficios, sino también fue un momento en el que se puso de manifiesto la diferente concepción acerca de la guerra que existía entre la aristocracia, determinada por los principios de la Caballería, y las tropas más profesionales al servicio de la monarquía de Juan II, que buscaban criterios de eficacia bélica propios del arte de la guerra. Una contradicción existente durante todo el siglo XV que en algunas ocasiones se reveló con dramatismo.

Estas  distintas concepciones acerca de la guerra no se limitaba solo a las ideas, a la estrategia y la táctica empleadas, también se revelaba en los distintos contingentes enfrentados, unos basados en la caballería pesada y los peones de infantería, en el caso de las fuerzas nobiliarias, y otros en los modernos y rápidos jinetes de caballería ligera y ballesteros de origen musulmán, como sucedía con las fuerzas reales. También las diferencias afectaron a la estrategia seguida por cada uno de los bandos como muestra el desarrollo del combate. Iñigo López de Mendoza, a la cabeza de sus caballeros –armados con pesadas lanzas, armaduras de penachos repujados y adornados con ricas telas– cargó a su cabeza contra unos rápidos jinetes equipados con petos de cuero, arcos y jabalinas, que caracoleaban y les hostigaban para atraerlos a una celada donde les esperaban los ballesteros y otros tantas fuerzas de jinetes al mando de Juan Carrillo de Toledo. Era la táctica del torna-fuy, de origen musulmán, empleada habitualmente en las escaramuzas de la frontera granadina por caballeros nazaríes y castellanos.

Esta diferencia en la táctica empleada se resolvió a favor de las fuerzas del adelantado de Toledo, Juan Carrillo de Toledo, brillante vencedor de la batalla. Un resultado que puso de manifiesto como Íñigo López de Mendoza, el prototipo de noble y humanista, el caballero escritor antecedente del inolvidable Garcilaso de la Vega que encarnaba la combinación de las armas y las letras y poseedor quizás de una de las mejores bibliotecas peninsulares, no debió leer los libros que tenía dedicados al arte de la guerra, una de las disciplinas esenciales que inspiraban los principios de la Caballería. Y es que la práctica bélica empleada por Iñigo López de Mendoza, que alcanza en la batalla de Torote su ejemplo más acabado, pone de manifiesto la contradicción existente en este otoño medieval castellano, como le llamó de manera insuperada Johan Huizinga, en las cuestiones bélicas,  que afectaba a la hora de combatir a quienes por condición social compartían el espíritu caballeresco. Se trataba de resolver el viejo dilema que enfrentaba valor y prudencia o, lo que es lo mismo, a las normas de la Caballería con los principios del arte de la guerra deducidos de su estudio y práctica. Una disyuntiva que no afectaba a los que ya casi se pueden considerar soldados profesionales, que estaban el servicio de la monarquía y que se habían fogueado combatiendo a los nazaries granadinos, atendiendo tan solo a criterios de eficacia y a conseguir la victoria al menor coste.

Por el contrario, el que sería más tarde marqués de Santillana, como todos los grandes linajes castellanos, estaba inmerso en esta contradicción medieval, pues si la teoría y la doctrina sobre la práctica de la  guerra estaban presentes tanto en su biblioteca como en su obra escrita, su actuación en los conflictos en los que participó estuvo determinada por los dictados, más morales que bélicos, de la Caballería. Esta conducta, que tiene en la batalla de Torote uno de sus ejemplos más acabados, despreciaba por deshonrosas todas las recomendaciones procedentes de la experiencia y de los tratadistas, optando por la aplicación del espíritu caballeresco del que participaban los grandes castellanos del XV.

Si Iñigo López de Mendoza logró escapar dos veces a las consecuencias de aplicar exclusivamente el comportamiento caballeresco en otros tantos desafortunados encuentros –primero en Araviana, en 1429, ante un caballero navarro al servicio de Aragón y, luego, en Huelma, en 1438, frente a los jinetes granadinos–, en Torote, la Fortuna , ese elemento tan de la época, le dio la espalda. En esta ocasión sus huestes formadas por una caballería pesada, incapaz para la maniobra y acostumbrada tan solo a choques directos propios de un torneo, cayeron en la celada tendida por las fuerzas Juan Carrillo de Toledo, formadas por ligeros jinetes y ballesteros montados. Como recogen las crónicas, la derrota de los Mendoza fue total tras un enfrentamiento duro y sin contemplaciones, en el que resultó herido de gravedad el propio Santillana de un virotazo de ballesta, viéndose obligado a abandonar Alcalá. Y es que en Torote aparece con claridad el contraste entre el modo de combatir adecuado a los principios de la Caballería, independiente de las exigencias bélicas, y el practicado por Juan Carrillo de Toledo, adecuado a las circunstancias y al contexto de la guerra, concebida como un fenómeno con leyes propias. Una contradicción que no era otra que la existente entre tradición medieval y modernidad renacentista.

El historial guerrero de Iñigo López de Mendoza hasta 1441 es un fiel reflejo de la importancia que poseían durante el siglo XV la Caballería y sus valores en la concepción de la sociedad y de la guerra. El Cuatrocientos es un periodo de fortalecimiento y expansión de los principios caballerescos, que encuentra en Castilla un campo idóneo para su desarrollo. En este reino peninsular, al contrario de lo que sostiene Maurice Keen para el resto de Europa, pudo mas el oropel que los horrores de la guerra, una circunstancia a la que sin duda contribuyó tanto el que esta fuera una actividad casi cotidiana a lo largo de la centuria, como la baja intensidad de su desarrollo, dos factores que permitieron que pudiera ser considerada por la nobleza algo cotidiano y parte de la vida misma.

 

Íñigo López de Mendoza. Marqués de Santillana (1398 – 1458)

 

El contexto castellano era favorable a las demostraciones de heroísmo individual y al despliegue del resto de las características que configuraban el comportamiento de los caballeros, como la exaltación entusiasta, el culto al honor y la idea de hazaña como arte, cuya naturaleza la resume Godofredo de Charny al afirmar que «quien mas hace, más vale», sin duda un lema tan aristocrático como reñido con la eficacia y la disciplina de los ejércitos modernos. Las proezas militares de los grandes son por tanto una más de las manifestaciones externas de la pompa mundana y una muestra de desafío a la Fortuna, de recuperación del clásico Fortuna audaces iuvat, por lo que la esencia de la actitud heroica será el desafío a las circunstancias. No es de extrañar que se considerase  a la guerra, al igual que a las justas y torneos, una ocasión idónea para el lucimiento social y para alcanzar la gloria personal que únicamente exigía como requisito esencial el valor ilimitado y atenerse a las reglas de la Caballería.

En la guerra era necesario que el caballero fuera tan valiente como prodigo en la vida social para mostrar de qué estamento procedía. Pero esto no bastaba ya que debía combatir con honor, es decir, de acuerdo con las normas de la Caballería expresadas en los tratados y practicadas en los torneos, aunque se opusieran a las normas del arte de la guerra aunque fueran de origen clásico. Ello exigía luchar sin doblez ni traición y sin recurrir a las maniobras y a los ardides, consideradas un engaño. Estas fintas eran escasamente valoradas incluso por autores latinos como Valerio Máximo, cuyos Hechos y dichos memorables se encontraba en la biblioteca del marqués de Santillana, quien consideraba había estratagemas aceptables e inaceptables. Era evidente, por tanto, que el único combate digno de que participase un caballero debía ser un combate frontal, regulado en su desarrollo por los principios caballerescos que regulaban casi todos sus aspectos, lo que suponía su consideración como una suerte de torneo.

Teniendo en cuenta el historial de Iñigo López de Mendoza en la carrera de las armas, menos conocido que su actividad literaria, cabe suponer que la lectura de las obras dedicadas al arte de la guerra que consta se encontraba en su riquísima biblioteca antes de 1441, no debieron ejercer gran influencia en sus ideas acerca del combate, pues las recomendaciones de los tratados de re militari estaban en la práctica supeditadas a los principios imperantes en la Caballería, que obligaban a renunciar a estrategias, ardides y maniobras, consideradas impropias de la forma de guerrear nobiliaria. De hecho, es difícil encontrar en la práctica guerrera de López de Mendoza la aplicación de algunos de los principios  del arte  de la guerra, por lo que se plantea la duda de si realmente llegó a leer alguno de estos tratados.

De acuerdo con los datos proporcionados por especialistas como Ángel Gómez Moreno, Maximiliam P.A.M. Kerkhof y Jesús Rodríguez Velasco, conocemos algunos de los títulos esenciales para el aprendizaje del arte de la guerra que se encontraban en la biblioteca de Santillana en los días inmediatos a la batalla de Torote. Antes de su enumeración hay que indicar que Iñigo López de Mendoza no dominaba el latín a la perfección, lo que le obligaba a solicitar la traducción de aquellas obras que deseaba conocer con cierta profundidad, una cuestión que permite suponer que aquellos manuscritos de su biblioteca no escritos en castellano no los habría leído o, al menos, no lo habría hecho con detenimiento. Con relativa certeza es posible afirmar que en 1439 disponía del Libro de las historias de Roma, de Paulo Orosio, cuya traducción finalizó ese mismo año y, casi con seguridad, de la segunda Década de Tito Livio, según la versión realizada por Pero López de Ayala. En 1441, el mismo año de la batalla de Torote, estaría también concluida la traducción del Arbre des batailles de Honoré Bouvet, encargada por López de Mendoza e incluida desde esa fecha en su biblioteca. Por otra parte, desconocemos la fecha en la que el manuscrito de la obra de Valerio Máximo Hechos y dichos memorables llegó a la biblioteca de Santillana, aunque de las dos traducciones de la época que se conocen, una parece seguro que le pertenecía. En lo que se refiere a la obra de Egidio Romano, De regimine principum, basada en Vegecio y muy popular en la época, sabemos que estaba entre los manuscritos de su propiedad pero en su versión latina, lo que permite  dudar de su lectura. Algo semejante sucede con De preconiis hispaniae, de Fray Juan Gil de Zamora, una obra también traducida por encargo suyo en fecha desconocida, pero que dado el estado impoluto en el que está el manuscrito cabe pensar que ni siquiera fue consultado por su propietario.

En lo que se refiere a Flavio Vegecio, la autoridad indiscutible en la materia durante la Edad Media y cuyo clásico Epitome re militari se encontraba en casi todas las bibliotecas nobiliarias y reales, sabemos que existían en Castilla al menos dos traducciones desde principios del siglo XV, por lo que podemos suponer que se encontraría en la biblioteca de López de Mendoza. Sin embargo, a pesar de la popularidad y autoridad de Vegecio, no hay constancia de su lectura por el marqués, quien ni siquiera lo cita en sus obras. En la biblioteca de Santillana había también otros autores que proporcionaban enseñanzas militares, aunque ignoramos si fueron consultados o, en caso afirmativo, si esta lectura ocurrió antes o después de los reveladores acontecimientos que tuvieron lugar en el río Torote.

A pesar de no conocerse en su totalidad cual fue la formación teórica de Íñigo López de Mendoza en cuestiones bélicas, de su comportamiento se deduce que los principios adquiridos en sus lecturas tuvieron un escaso reflejo en la práctica. Esta característica era común a la sociedad de la época, pues se consideraba a la experiencia la fuente primordial de conocimiento de la guerra, al tiempo que se supeditaban todas las recomendaciones de la literatura sobre la materia a los principios de la Caballería. Aunque los tratadistas y las referencias militares en crónicas, incluidos las castellanas, recogen la necesidad de combinar los saberes derivados de la practica con una  instrucción teórica –consistente en un conjunto de ejemplos y normas  sobre el modo de hacer la guerra para poder afrontar cualquier eventualidad bélica– la realidad es que la influencia de los textos en el comportamiento de López de Mendoza en los acontecimientos es escasa, por no decir nula. En su actividad guerrera, quien sería marqués de Santillana apenas aplicó alguno de los preceptos recomendados por los distintos autores considerados autoridades en la materia, relativos a la cautela y a la reflexión en el combate o a la necesidad de emplear maniobras para imponerse al enemigo, sino que, muy al contrario, siguió a pies juntillas todas las indicaciones que se referían al valor y a la Caballería, aun por encima de la siempre discutida prudencia que aconsejaba valorar la entrada en combate.

Con su idea de la guerra y con su inclinación hacia las letras, Santillana resume en su actuación las contradicciones de una época de valores encontrados. Si, por un lado, los letrados y los profesionales de la administración le criticaban su actitud en Torote por afrontar una batalla como si fuera un torneo, también sus iguales le zaherían, en este caso por su vocación literaria, una actividad que suponían impropia del estamento señorial y capaz de reducir las habilidades guerreras.  Quizás debido a su mejor información y conocimiento de las obras que regulaban y debatían sobre la institución a la que pertenecía por rango, Iñigo López de Mendoza llevó más allá de lo habitual en Castilla su devoción por los principios caballerescos y su identificación con todo lo relativo a la Caballería procedente de otros reinos, algo que resultaba un tanto extraño a sus contemporáneos. Todo ello revela la coincidencia de valores contradictorios que se daba en la mitad del Cuatrocientos entre los elementos tradicionales, de raíz medieval, y los renacentistas propios de la modernidad que, aunque con timidez, ya se alumbraban en la convulsa Castilla de la primera mitad del siglo XV.