Pasa Rafael Maldonado por ser un autor cuya obra debe ser degustada por unos cuantos happy few, siempre escasos, es su condición, debido a cierta complejidad en la estructura de la misma, como en el lenguaje que emplea, muy cuidado y se diría, estiloso, si esto no sonase a irónico. Lo cierto es que sus escritos tienen tendencia al alto estilo desde que publicó su primer libro, El trapero del tiempo y, más tarde, con Tras la guarida. Desde ese su primer libro, la guerra y su supuesta épica y la busca obsesiva de la condición humana es parte indisoluble de su manera de representarse la escritura, vale decir, la vida como tragedia, algo raro en la narrativa moderna y cuyo representante más alto quizá sea William Faulkner. Hay en esta actitud una muy decidida tendencia al romanticismo, amén de otras características como la multitud de personajes que habitan sus obras, lo que ofrece, y eso ya lo sabemos desde que el segundo Homero en La Odisea  dividió esta en tres partes independientes que en un momento determinado se unen, una multiplicidad de recursos narrativos que abarcan todo un espectro y que no se detiene ni siquiera ante el maravilloso artificio cervantino de la autoría: Maldonado se desdobla en una especie de alter ego, Guillermo Garcés de Aldana que incluso llega a cuestionar algunas partes de la narración escrita por él. Si a esto añadimos la influencia de Juan Benet, del que escribió un ensayo, La ambición y el estilo y le añadimos alguna de esas electrizantes parrafadas shakesperianas de Faulkner y la actitud de pleno escepticismo de un Juan Carlos Onetti, podemos hacernos una idea, aun sea de mera aproximación, de lo que significa la publicación de Bárbara Gunz, su último libro y decididamente una narración que debería contarse entre lo mejor que se ha escrito sobre la guerra civil, muy cercana en cierta manera al modo de entenderla de Juan Manuel de Prada y Andrés Trapiello y, desde luego, muy alejada del libro de moda sobre el evento, La península de las casas vacías, de David Uclés.

 

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Maldonado posee una profunda intuición sobre lo trágico, algo raro en nuestros días donde se suele confundir con lo dramático. Esta novela nos parece a ratos muy clásica porque posee esos elementos aliados a lo trágico: la figura de su principal personaje, Mario Suz, ese médico de buena familia de Majer, territorio mítico del Sur, y contrapuesto a Región, el espacio inventado de Juan Benet, que el autor incorpora a su geografía particular, que se encuentra en un hospital del asediado Madrid del 37, con las tropas de Yagüe y Varela apenas a unos metros, fumador empedernido de unos  Abdullas egipcios, se halla en una especie de Hades, en un espacio neutro donde tiene que sortear,  una vez que el Gobierno legal se ha ido a Valencia y las milicias de la CNT campan por sus respetos en busca de quintacolumnistas en alardes de brutal paranoia mientras la ciudad es bombardeada dia y noche, el azar que le imponen los pistoleros de la noche, esas horas que son algo más que tinieblas y donde, también por aparente azar conoce a quién será su obsesión durante años y por la que estuvo a punto de morir, Bárbara Gunz, esposa de Johannes Barg, un traficante de armas que surte de ellas al gobierno republicano hasta que la ayuda soviética se le haga inocua, aunque eso no le impide estar a bien con los nacionales. Bárbara concibe una hija, Carolina Barg, de quién no sabemos si es hija de Johannes o Mario, pero que reaparece en el Majer de 1958, el otro espacio-tiempo de la novela, una geografía donde la memoria de la guerra civil está larvada y reaparece de vez en cuando con la brutalidad más descarnada, el capítulo donde la maestra de la localidad es acusada falsamente de asesinato y la gente del pueblo se toma la justicia por su mano y la masacra, es digna del Faulkner más truculento, de igual modo que el arresto de Mario Suz en una noche aciaga del Madrid del 37 por unos comunistas que tienen prisa por llenar las sacas de Paracuellos posee una intensidad que sólo encontramos en la literatura clásica, donde el alto estilo sigue rigiendo hasta en los actos más sanguinolentos, al modo del Coriolano shakesperiano.

 

Rafael Maldonado

 

La parte correspondiente a Majer es, desde luego, la más rica en personajes, el boticario, el médico, Aurora Montenegro, una suerte de Bárbara Gunz al revés, torturada por su marido hasta que encuentra la libertad en un Madrid anónimo e igualmente atraída por la figura de Mario Suz y, desde luego, el autor de la novela, Guillermo Garcés de Aldana, que hace sus apariciones de vez en cuando y finalmente lleva la narración al territorio de la metaliteratura.

Novela muy medida, inteligente, con momentos, y son muchos, de una intensidad un tanto sobrecogedora con sus necesarios momentos de bajo voltaje, Bárbara Gunz ha constituido para mí una sorpresa en tanto en cuanto altera la previsibilidad pandémica de una buena parte de nuestra literatura. Es otra cosa, lo que no es poco, pero, además, es una narración escrita con el coraje obsesivo del artista, que intuye mundos y los plasma. En este caso un mundo apegado a la tragedia, el “nolli me tangere” de la Modernidad.

 

Milicianos del sindicato UGT en Madrid, 1936. Foto EFE