Nakama LIB

El otro día uno de mis seguidores me enviaba una noticia, en realidad un profundo –y político– obituario, donde se señalaba que ya eran diez las librerías sevillanas que habían echado el cierre en poco tiempo. A mí, cada vez que una librería fracasa yo pienso en tres razones esenciales. La primera, la mala gestión; porque debemos comenzar a pensar que cuando nos va mal no es por factores ajenos sino propios. La segunda razón, porque los lectores compran en, por ejemplo, Amazon, endiosados con tantas novedades tecnológicas que, siendo justos, dan trabajo a los que allí coticen cuando a los mensajeros también les viene bien repartir esos libros. Y la tercera causa esencial tendría que ver con que el número de lectores vaya en recesión, en lo cual casi nunca se incide porque sería como tirarse un libro en el pie: vendemos cultura pero ya no hay tantos cultos. Habría más razones: por enfermedad, por jubilación, por la clásica subida del alquiler, y por qué no decirlo, porque mientras algunas echan la persiana otras nacen. Pero bueno, creo que ya es suficiente. Sobre todo, cuando en el medio que no voy a citar entrecomillaban lo siguiente por parte de dos de los libreros que tuvieron que cesar el negocio: “Hemos echado el cierre porque tras el COVID nos tocó la guerra”. Otro vendedor de libros tampoco se quedó corto: “Estamos padeciendo una ola de fascismo”. Es una suerte que ni a los entrenadores de fútbol ni a los libreros les realicen control antidopaje. Pero yo ahora quiero recordar una librería que ya no existe y que, egoístamente y no, me parecía un lugar único. Y les hablo de Nakama LIB, sita cuando existía en el barrio madrileño de Chueca, concretamente en la calle Pelayo. Espacio minúsculo, pero perfectamente llevado por las dos personas que yo conocí. Porque allí, dentro de la jungla LGTBI, daban cabida a todo tipo de gente, yo incluido, que no sólo por ser hetero, sino por las cosas que luego escribo –¡y además digo en las presentaciones!… cuando hacía presentaciones–  tenía mi sitio en un templo que para mí rozaba la perfección porque, al menos, el 33% de su muestrario eran poemarios. Infectar al barrio y a la ciudad de versos, cuando no sólo se lee menos poesía sino que las obras en verso suelen costar menos dinero. Una tarde de otoño, con la economía derrumbada, me acerqué en metro hasta Alonso Martínez para tras regresar a mi querida Nakama Lib llevarme, con mis últimos diez euros, la antología de César Vallejo publicada en Alianza Editorial. Pero ahí no quedó la cosa. Porque tras alguna de aquellas presentaciones, y recomendado por ellos, tuve a bien llevarme a casa el ladrillo perfectamente editado por la Editorial Delirio de Raúl Zurita, un mamotreto de 752 páginas blanco satén. Porque esas cosas se vendían en Nakama Lib, hoy convertida sólo en recuerdo. Me dijeron que tuvieron que cerrar porque se les inundó el local. Sea como fuere, me entristecí, aún a sabiendas que el mercado decide quién entra y quién sale. Como anécdota final comentar que, en su único baño incrustado dentro de su minúsculo almacén, yo me metí un ansiolítico antes de la presentación de Últimas Esperanzas con Hughes de padrino. Era un sábado por la mañana y tenía resaca. Y claro, eran otros tiempos. Pero allí sentado, esperando a que la pastilla hiciera efecto, soñé con un ataque nuclear –bien podría haber sido la pandemia que nos tocó a posteriori– y yo allí provisto de libros, vinos –me llevé dos botellas– además de cagadero. Descanse en paz, Nakama Lib. Y bueno, que se destruyó la Biblioteca de Alejandría y los egipcios siguen leyendo como en 2003 se quemó la de Bagdad. Saldremos adelante. Porque cuando realmente sí tendremos que preocuparnos será cuando no existan lectores. 

 

Abbas Kiarostami

 

Abbas Kiarostami o los mejores poemarios de mi vida (la enésima lista).

Mientras escucho a Rosa León, por esa cuesta abajo de la vida que antes ascendía y ahora desciendo en exacta simetría –la descubrí en mi infancia, y ahora, camino del certificado de defunción, vuelvo a escucharla–, recuerdo a mis poetas favoritos que hoy os endosaré en otra lista perversa. De hecho, Rosa León, otrora cantante de éxito, y hasta su jubilación directora de los institutos Cervantes de El Cairo y Dublín–si ni a ella le valió cantando, cómo me valdrá a mí escribiendo–, cantaba unos sonetos maravillosos del poeta aragonés Ángel Guinda, recientemente fallecido, que dio vida a la canción Si eres tú. Insuperable la edición de Olifante, incluso mejor que los mismos versos de Guinda. Pero hay otros poetas que han tatuado mi vida tanto, que hoy los voy a homenajear sin beneficio económico de por medio. Sin coima. Para acceder a todos ellos tuve que estudiar desde abajo. Y lo primero que me llamó la atención, en mi imberbe carrera poética, fueron Karmelo C. Iribarren y Roger Wolfe. Fueron, como decía, la correa de transmisión, que se transformó en deliro con, por ejemplo, la antología de Juan Bonilla Defensa personal: sublime. Con la misma editorial, la sevillana Renacimiento, toqué techo gracias a un absoluto desconocido que hoy sigue siéndolo: José Luis Parra. Su Cimas y abismos debería ser lectura obligatoria para poder seguir viviendo. Aunque tras él llegaron otros milagros. Y esencialmente, algo que cambió mi vida –sin exagerar– fue Ciudad del hombre, de José María Fonollosa. A must. Con Vladimir Maiakovski también me beneficié, a la hora de ver cómo se erizaban como escarpias los vellos de mis brazos. Otro que me levantó de la silla fue el poeta turco Nazim Hikmet, que decía cosas como esta: El sacrificio no es algo que perdemos, es algo que ganamos. Con Yannis Patilis, que sigue vivito y coleando, también he disfrutado hasta límites insospechados, así como con José Watanabe, otra exhibición celestial proveniente del Perú aunque con evidente ascendencia nipona. No debo dejar atrás a Ángel González, otro genio y además patrio. Y claro, nos queda Oriente con Taneda Santoka, que no sólo escribía de maravilla, sino que en un caso extraño, las ediciones milagrosas de Miraguano consiguieron, incluso, elevar la categoría de sus versos. Dejo para el final a Paul Morand, del que recomiendo hasta su prosa. Como justamente ahora su traductora, Marie-Christine del Castillo, acaba de ver publicado su trabajo en Comares a través del poeta, aún desconocido para mí, Louis Brauquier, estoy segurísimo que también será otro tipo a tener muy en cuenta. ¿Y qué dicen de mi misoginia? ¿Qué no he citado a ninguna mujer? Que ya llego: Anna Ajmátova y su Soy vuestra voz en Hiperión, otra exhibición troncal. No he querido colocar en este amplio párrafo a poetas sobrevalorados, que luego se me quejan. Por lo que dejaré para el final lo que más me ha sorprendido en los últimos años de lecturas frenéticas de versos y más versos. Y este no es otro que el director de cine iraní Abbas Kiarostami y su, estratosférico, Compañero del viento, editado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, donde se concentran josravanís (o haikus en nipón; poemas cortos) sublimes aunque me quede con esta frase que explica buena parte de la vida: Somos incapaces de fijarnos en lo que tenemos delante a menos que esté dentro de un marco. Y ahora, que leo mucha menos poesía, me meto, entre pecho y espalda, las 1.400 páginas de las obras completas de León Felipe. Amén. 

 

 

Los escritores: sus vicios y sus fobias

Conste en acta, y como los burros me coloco el primero, que padezco de vértigo, cuando la barandilla me llega a la cintura o me encuentro, como tantas veces me ocurrió en China, en la planta 87. A sumar que la claustrofobia me destruye, sobre todo cuando debo encerrarme, por ejemplo, en un avión –me dura sólo media hora, hasta que me acostumbro, aunque qué media hora–, cuando la auténtica se me reproduce cuando me meto en un ascensor de esos a la antigua, de los que se cierran por dentro, enjutos, ataúdes volantes. Y claro, no deja de ser una claustrofobia sospechosa. Porque si son seis u ocho pisos los subo a pie como si nada cuando si tengo que ascender a la planta noventa, suelen coincidir mi escaso hábito a tanta escalera con esos ascensores último grito, donde no sólo caben veinte, sino que son tan grandes que te dan ganas de construirte ahí mismo un apartamento. Pero dejemos de hablar de mí y vayamos a descubrir las fobias de los literatos de verdad, que son aquellos que consiguieron que sus problemas fueran tratados por el respetable como algo noticiable. La fama, mismamente. Y comenzamos con Philip Roth que, con un insomnio probado, aprovechó esos momentos imposibilitados para el descanso para escribir buena parte de su obra. Dicen que Henry Miller, padre de la generación beat, escribía en el mayor estado anárquico de su despacho, y otras veces, lo hacía en el caos reinante que encontraba en otros lugares. Mucho podría ser una absoluta leyenda, de las que se crean y estiran para que el seguidor se sienta bien. Pero vayamos a por más. Sorprende las estupideces que dos escritores latinoamericanos practicaban. Uno fue Neruda, que dicen que sólo podía escribir con tinta verde, cuando su compañero García Márquez necesitaba escribir descalzo, con una flor amarilla en su escritorio y con una temperatura adecuada en la habitación que no podía ser ni muy fría ni muy calurosa. Pero vayamos a lo serio. A los que se ponían ciegos y aumentaba su caudal imaginativo. Que a mí me ocurrió hasta hace unos años. Truman Capote abusaba de los martinis tanto que cuando se identificaba ante otros se consideraba alcohólico, drogadicto, homosexual y un genio. Faulkner fue otro que abusaba del aperitivo italiano, llegando a reconocer en público que tras el tercero ya no hay quién pueda pararme. Stephen King, en la actualidad abstemio, reconoció que su novela Cujo, de la que no recuerda haberla escrito, la construyó tras ingestas cerveceras severas y diarias. Edgar Alla Poe fue un paso más allá, ya que en algún tiempo se ayudó del opio a la hora de escribir para evitar la depresión y la ansiedad. Suerte inmensa de no vivir en esta época donde le podrían haber administrado, a cambio, fentanilo, y habríamos perdido a un grandioso escritor. Charles Baudelaire se inclinó por el hachís. Sin embargo, Robert Louis Stevenson es famoso por haber escrito las sesenta mil palabras de El extraño caso del Doctor Jekill y el señor Hyde en sólo seis días gracias al consumo de cocaína, según reconoció Fanny, su mujer. Huxley fue famoso por haber utilizado mescalina continuamente, y no sólo para escribir, cuando William Burroughs se decidió por la heroína. De Hunter T. Thompson, conocido por haber creado el Periodismo Gonzo, se dice que consumía de todo: alcohol, cocaína, heroína… En España, se publicó en 2002 un libro donde se explicaban las aversiones de diez escritores patrios. Bajo el título Fobias: diez escritores cuentan sus miedos, se explicaba la hidrofobia de Barnatán, la fobia a trabajar en plantilla de Jesús Ferrero, el miedo al vacío que le genera la rejilla de un respiradero a Espido Freire, la obsesión por morir atragantado de Manuel Hidalgo y otras anécdotas de Mendicutti, Jesús Pardo, Andrés Trapiello, Eugenio Trías, Lourdes Ventura y Luis Antonio de Villena. La verdad, la próxima vez que alguien desee contar las miserias –algunos llaman interioridades– de los escritores patrios, más nos valdría con en vez de hablar del temor a las ratas, contarnos cuántas rayas, porros, botellas de vino o whisky caen cada día de trabajo, y si algunos detienen la producción para visitar un masaje de travestis, para que les vuelvan a poner en hora. Y dejo para el final el libro que publicó el polifacético Ángel Martín, Por si las voces vuelven, donde narra su tránsito de la locura a la vida normal, atado a la cama de un psiquiátrico.