Las fotos son de Evy Cohen

Un poemario sobre el origen y destino de la condición humana, que reivindica el soneto como estructura de pensamiento

Félix Maraña (1953) ha dedicado medio siglo de su vida a la cultura, en los ámbitos del periodismo escrito, la TV, la universidad, la edición de libros y revistas y la promoción cultural. Esa dedicación tiene, al menos, tres implicaciones que nos permiten acercarnos al ámbito boscoso del poemario que vamos a comentar.

Primera implicación de esa inversión cultural: no sólo ha dedicado tiempo a la lectura y a la ampliación de los límites de su propio conocimiento, sino también a la divulgación de aquello que iba admirando. Segunda: además de impedir (o retrasar) el agostamiento de los campos de la cultura establecida, ha ayudado a desbrozar el camino a las voces que iban apareciendo en su tiempo. Tercera y última consideración: ha establecido una relación no sólo con los textos o los objetos de arte, sino con sus autores, cuando estos estaban vivos y cerca.

También esto último es un cultivo. Seguramente, más que los dos primeros. Tenemos estas tres dimensiones, pues: preservar, cultivar, hacerse familiar. Conservemos durante un momento el calor de su surco, porque volveremos a ellas a la hora de adentrarnos en el poemario.

Como sucede casi con todo libro, hay varios modos de aproximarse al mismo. Puede hacerse a través del análisis de su estructura. “El bosque no es un árbol repetido. Sonetos y soñetos” (Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2023) tiene cuatro partes. Con pincelada gruesa, podríamos decir que la primera se concentra en reflexiones graves sobre el final inevitable de todos nosotros; la segunda vuelve la mirada al origen -y el destino-leonés; la tercera, a la camaradería con poetas del siglo XX (incluido alguno que no pudo conocer directamente); la cuarta, trata de los pasos ligeros de lo cotidiano. A esta cuarta también podríamos llamarla “costumbre de la Zurriola”, el paseo marítimo del barrio donostiarra de Gros, en el que vive Maraña.

 

Félix Maraña

 

Otra aproximación puede hacerse a través de la forma: desde los sonetos con baño de Siglo de Oro del principio hasta las piezas finales, que se sostienen sobre una pierna, y que me parece que guardan mucha relación con los “Proverbios y Cantares” de Antonio Machado y otras formas de la literatura popular, celebradas por Isabel Escudero Ríos, Agustín García Calvo, o el propio Lorca.

Valentín Martín aborda en su prólogo la estructura del libro, y también se ha desarrollado en entrevistas o artículos de prensa, así que voy a proponer una reagrupación de temas o cauces distinta. No porque crea así revelar la verdadera dimensión del libro, sino para caracterizarlo de una forma que surge de mi lectura, y no necesariamente de la armadura del libro.

Para ello, me tomaré en serio el título del libro. “El bosque no es un árbol repetido” no sólo me parece un título excelente; también me parece muy consciente de la intención que recorre todas las piezas del libro.

Si hablábamos antes de tres vectores del trabajo cultural (preservación, cultivo, familiaridad), aquí propondremos tres dimensiones o ámbitos del bosque, que lo son de la vida, y de este poemario: las raíces, la hospitalidad, la memoria. Tres espacios que se tocan, pero no se confunden.

 

 

RAÍCES

La pregunta sobre las raíces tiene particular importancia en un libro que quiere decir algo sobre el bosque. “El bosque no es un árbol repetido” es una defensa de la diversidad, la variedad, como constata Valentín Martín. Pero hay algo más: el bosque hace árbol al árbol. Una palabra sola no es lenguaje, ni siquiera es palabra; sólo desde la perspectiva de un lenguaje ya formado podemos contemplar a la primera palabra como tal. Un hombre o una mujer solos no son hombre ni mujer. Mucho menos lo son un hombre o una mujer indiferentes. Sin el bosque no hay árbol, aunque parezca lo contrario. Cuando aparece el segundo árbol, aparece simultáneamente el primero. Antes, había un tronco, ramas erguidas, hojas quietas o agitadas. Eso sólo es la forma precursora de un árbol, a la espera de un semejante que lo avive.

Entonces, ¿qué son las raíces? Es un sentido humano, las raíces son los otros árboles. El vínculo son las raíces. Las raíces son los demás, y nosotros somos raíces.

¿Dónde están las raíces en este poemario? Sí, están en León, en ese roble crespo que hace compañía a la montaña, en santuarios de Picos de Europa invisibles a plena vista. Pero hay otras, sospecho que más importantes. Hay dos historias paralelas en este libro: la que trazan los poemas, y otra que discurre a sus pies, en innumerables dedicatorias. No encontramos esas dedicatorias en lo alto de la página, bajo el título, donde a menudo suelen inscribirse, sino abajo, cuando se han acabado las palabras del poema. Ahí donde suelen estar las raíces, están las dedicatorias, y creo que es legítimo forzar esta semejanza. Quiero decir, que las dedicatorias no son un abalorio añadido después, sino el terreno emocional del que crecen los poemas. “Esto lo he escrito para ti” busca parecerse a “esto lo he escrito por ti”, contigo. No es un recuento, es un recordatorio y un agradecimiento.

Esa cinta de dedicatorias contribuye, además, a acrecer la sugestión poética de algunas piezas. Aunque hay poemas que son un memorial claro, otros no están dedicados, y ese pudor o esa discreción ante una ausencia y sus consecuencias aumentan la intimidad de la lectura. Un ejemplo de lo primero: “Excursión nueva”, en memoria del poeta y cantautor Xabier Lete. Otro ejemplo, de lo segundo: el poema “Prórroga” que empieza con “Eras en mi canción y te has salido / a recorrer la duda, el firmamento…”, y nunca desvela a quién se dirige, acaso porque la poesía es también fabulación, discurso sin sujeto, pero con objeto, un sujeto universal.

 

 

HOSPITALIDAD

El bosque es un espacio de recogimiento y protección.

San Sebastián fue tierra de acogida para Félix Maraña, desde su infancia, y así la celebra. Por no haber nacido en San Sebastián, puede hacer algo que los nacidos aquí no hacen o hacemos tanto, como creo que deberíamos, y es abrir las puertas. Hace falta haber sentido frío, primero, y el calor del acogimiento, después, para conocer el valor de la hospitalidad. Aunque a veces se encuentre que el pago por la ayuda sea el desdén y el olvido, en lugar de la gratitud. Parte de la enseñanza del bosque es no dejarse llevar por la decepción, y no ceder a la tentación de cerrar el corazón.

Pero no sólo para él fue tierra de acogida. También lo fue para Bergamín, que murió aquí. Y para Antonio Machado y Guiomar, que tal vez –no es seguro– se citaran en la playa de Zurriola. Guiomar insistía que los encuentros tuvieron lugar en Hendaya, pero Justina Ruiz de Conde, confidente primera de la musa y escritora, escribió que aquellos encuentros sucedieron en la playa de Zurriola. El testimonio del filósofo Alfonso Rodríguez Aldave, confiado al propio Maraña, afirma que don Antonio le aseguró a él y a María Zambrano en Valencia que las citas entre Machado y Pilar de Valderrama eran en esta playa donostiarra.

La hospitalidad es Donostia, es el barrio de Gros y, más exactamente, la Zurriola, “el País de la Zurriola”, como lo llama él. Pero, sobre todo, es el tiempo compartido. “El bosque que construye mi memoria”, escribe Maraña (“Roblón de Llamas”, pág. 87ª), que es tanto la rememoración de un paisaje visible, como la delimitación de un espacio vital habitable.

La hospitalidad del bosque es, también, y quizá más que cualquier otra cosa, hacer de la propia vida una encrucijada de paz. Ir deponiendo armas y corazas para adquirir plena ciudadanía de habitante del bosque. Podemos leer en dos momentos distintos de “El bosque…” estas afirmaciones paralelas:

“Ya no queda más tiempo que llevarme…

Firmé la paz y firmo mi desarme”.

(“Tropiezos en un campo minado”, pág. 53ª)

“Sólo es enemigo quien no aprendió a querer”.

(“Rimar”, pág. 163ª)

No me parece una exageración sugerir que, en estos pasajes, u otros semejantes, se encuentra la declaración fundamental del libro. El escritor o ha repetido en alguna de las entrevistas actuales: “Mi poesía es un diálogo con los demás”. Basta con asomarse al índice onomástico de este libro para apreciar la presencia o invocación de más de un centenar de personas a las que el poeta se dirige.

 

 

MEMORIA

En el bosque nada desaparece completamente. Lo que crece, crece sobre los restos de lo que ha vivido. A veces, altos árboles reducen al mínimo su pulso de vida, y rigen en silencio los bosques, durante siglos.

Por una casualidad muy afortunada, mientras leía “El bosque…”, di con estos versos del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez:

“Porque después de todo he comprendido

Que lo que el árbol tiene de florido

Vive de lo que tiene sepultado”.

Somos custodios del legado de otros, sea ese legado artístico o “sólo” humano. “No te habrás ido lejos, si te has ido”, escribe en un soneto dedicado a Oteiza, y a su muerte (son palabras del propio Oteiza). O, mejor dicho: a su traslado a un espacio invisible desde el que seguir fermentando la vida. Igualmente, dice de Bergamín, “no se sabe si ha muerto o no ha nacido”. Aquí tenemos una toma de conciencia: paulatinamente, tenemos que hacernos cargo de ausencias que no dejan de hacerse sentir. Sólo que lo que ahora su influjo se deja sentir a través de quienes perduran. No sólo la obra es un legado: también sus albaceas son legados.

¿Qué memoria se presenta aquí? La memoria es el poder del bosque de moverse hacia el futuro, contrariamente a lo que pensamos a menudo de la memoria humana. Es regatear la tentación del pasado mientras levamos anclas del presente.

La memoria es un modo de hospitalidad, y un modo de fijar raíces. Y así se cierra la trenza. Estas eran las tres coordenadas de lectura y de vida: el vínculo, la hospitalidad, la memoria. Posiblemente, esta es la enseñanza del hondo corazón del bosque.

Para terminar: el último poema del libro es uno de esos cantares de Antonio Machado, lo que convierte el libro es obra colectiva en un sentido adicional a los que se nos han ido acumulando a lo largo de este artículo.

“No extrañéis, dulces amigos,

que esté mi frente arrugada.

Yo vivo en paz con los hombres

y en guerra con mis entrañas”.

Cuando lo leí, pensé que no hubiera desentonado con la voluntad del libro y la de Félix este otro, también de Machado:

“Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da”.

 

 

 

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