Alejandro (izquierda) se enfrenta a Darío (centro) en la batalla de Issos. Mosaico descubierto en la casa del Fauno de Pompeya, Siglo I d.C. Foto: Wikimedia Commons

El Jurado del Premio Planeta 2023, que tantas polémicas sigue generando, acertó de lleno en distinguir a Alfonso Goizueta por su libro “La sangre del padre”. Casi 600 páginas que, dicho con frase tópica, no tienen desperdicio.

De Alejandro III de Macedonia, conocido como “El Magno” (en lo sucesivo, AM), sabemos que estuvo entre esas raras personas que, habiendo vivido pocos años (entre 356 y 323 antes de Cristo: o sea, apenas treinta y tres), supo hacer que el tiempo le cundiera mucho. En la complicada Grecia del año  338 (aún bajo el reinado de su padre, Filipo II), y por la batalla de Queronea contra las ciudades, lideradas por Atenas, devino el indiscutido hegemón, que se dice pronto. Y en seguida se lanzó hacia el este para conquistar la Persia del Imperio aqueménida, con Darío III en la cabeza y los sátrapas (ese era su nombre, sí) al frente de cada una de las provincias o satrapías: las contiendas a mencionar son las que tuvieron lugar en las orillas del río Gránico (334), en Issos (333) y en Gaugamela (331). Aún le sobró tiempo -hasta su muerte en Babilonia, casi una década después- para hacer excursiones, ya menos exitosas, ciertamente, por las tierras más orientales, como la India. El libro, que cuenta al inicio con un plano -sin la geografía no se entiende la historia-, la narra -noveladamente, claro es- con todo lujo de detalles. La estela de autores que se habían ocupado de AM con el mismo método, o sea, con factores de ficción, como por ejemplo los diálogos, resulta a estas alturas numerosa e ilustre: baste recordar las trilogías -o sea, obras en tres tomos- de Mary Renault (1969-1981), de Roger Peyrefitte (1977-1981) y de Valerio Massimo Manfredi (1998). Y eso sin contar con los libros, propiamente históricos, a los que Goizueta presta tributo expreso en la “Nota al lector” que aparece al final, en páginas 601 y 602: los de Robert Lane Fox, Adrian Goldsworthy y A.B. Bosworth, el de este último con el nombre de “Alexander and the east” y el expresivo complemento de “the tragedy of triumph”. En suma, Alfonso Goizueta, a la hora de ponerse a escribir, ha seleccionado un tema -un personaje- de los que, para decirlo con expresión coloquial, están muy trillados. Y eso por no hablar de películas y de otras muchas manifestaciones.

El segundo tema a mencionar aquí es precisamente el de la Persia a la que derrotó AM. De la actual Irán sabemos que tiene la desgracia de estar gobernada por un régimen islámico de la peor especie, pero es notorio que antes hubo regímenes de altísima y muy refinada cultura. Ciro el grande fue el primer Aqueménida, que en 550 -siempre, por supuesto, antes de Cristo- derrotó a los medos y extendió su dominio por gran parte de lo que entonces era Mesopotamia, con Asiria y Babilonia incluidas, y en 538 aprobó el edicto por el que los israelitas y los judíos -a la sazón eran dos reinos diferentes, con diez y dos tribus, respectivamente- quedaban liberados de la cautividad -los lectores del Antiguo Testamento encuentran narrado el episodio en el Segundo Libro de los Reyes- y podían así volver a Jerusalén, donde poco después reconstruyeron el templo de Salomón. Pero no nos desviemos de lo que nos importa, los aqueménidas: entre Ciro el Grande -el fundador- y Dario III -el último de la dinastía- transcurrieron más de dos siglos (hasta 331: Gaugamela, ya citada) y por tanto los jefes fueron muchos, entre ellos dos Jerjes y cuatro Artrajerjes. Se acercaron varias veces a Grecia -en eso consistieron las guerras médicas- y, por cierto, y hasta Salamina (480 antes de Cristo), con triunfos militares.

 

Alfonso Goizueta

 

Para terminar de encuadrar el asunto, apenas habrá que recordar -tercero de los temas a mencionar- que a la época que se abrió con AM se le suele denominar “helenismo”, para referirse a un período de dominio de lo griego -dominio cultural y sobre todo lingüístico, por la koiné, o el idioma común, aun cuando cada país tuviese sus propios gobernantes, como sucedió en Persia con los seleúcidas, o sea, los seguidores de Seleuco, uno de los generales de AM- en la región que entonces era el centro del mundo, y que se extendió durante tres siglos. Convencionalmente se suele poner su final en la batalla de la bahía de Accio, en el mar jónico, en septiembre del año 31 antes de Cristo, en la que Cleopatra y su aliado Marco Antonio se vieron derrotados por Augusto (u Octaviano, el primer emperador de Roma). En realidad, y para no poner el foco en exclusiva en una ocasión precisa y una fecha determinada, puede afirmarse que el período helenístico es el que, en el mediterráneo oriental, precedió al imperio romano. Para decirlo todo, hay que precisar que la noción de helenismo sólo se acuñó mucho más tarde, cuando en 1836 el historiador alemán Johann Gustav Droysen publicó su obra precisamente llamada “Geschichte des Hellenismus”. Y no habrá que explicar que la obra de Droysen no se entiende sin el esplendor de la Ilustración que vivió su mundo de origen y en la que hay que destacar, con disculpas por la obviedad, a Johan Joachim Winckelmann, autor de la “Historia del arte en la antigüedad” (1764) y, por encima de todo, inventor de esa última palabra, la de antigüedad.

En ese contexto, resulta muy conocida la polémica sobre si el helenismo consistió, dicho de manera muy sintética y hasta grosera, en una occidentalización de oriente -lo que hoy llamaríamos imperialismo- o, a la inversa, en una orientización de occidente: o sea, qué respuesta dar a la pregunta de quien fue    -en el plano de las ideas y, en última instancia, de la filosofía y de la religión, lo que impregna todas las manifestaciones literarias- el que influyó sobre quien. Sin ánimo de agotar en pocas líneas una cuestión tan compleja, cabe citar, sólo en España, un trabajo de 1994 de Antonio Rodríguez Adrados llamado precisamente “Contactos culturales entre India y Grecia”, en el que se manifiesta por la tesis de “una recíproca fecundación”. También hay que mencionar la tesis doctoral de David Sánchez Venegas en 2017, “Análisis de estado y comparativo de las filosofías griega e india durante el período helenístico”. Y, ya en 2022, el artículo periodístico de David Hernández de la Fuente con el título -una pregunta con ánimo provocador- de “¿Acaso la filosofía griega viene de la India?” y un subtítulo en el que se sostiene que “Las coincidencias culturales y de pensamiento entre ambas tradiciones son grandes e invitan a pensar que las ideas fluyeron antes de lo que pensábamos”, es decir, que la tal recíproca fecundación es anterior a AM y a lo que hoy conocemos como helenismo, o sea, lo que vino tras él. Los trabajos citados, por cierto, están accesibles en Internet.

Tres cuestiones, así pues, nada novedosas para cualquier persona medianamente culta: AM, lo que estaba antes -la Persia aqueménide- y lo que vino después, el helenismo. Con todo eso -tres auténticos mundos- se encontró Goizueta a la hora de ponerse a escribir. ¿Qué posición toma frente a todo ello? Y antes, ¿en qué concretos puntos pone el foco y cuáles otros, por el contrario, desdeña o al menos deja para un segundo plano?

 

Alejandro Magno, cabeza de bronce

 

Para empezar, sucede que el libro -volvamos a la geografía- se estructura en base a las ciudades. Con Babilonia -de más está decirlo- se topa el lector muchas veces: páginas, por ejemplo, 248, 277-278, 550 y 553, porque Mesopotamia no se entiende sin ella. Pero tampoco faltan las escenas que se desarrollan en lugares propiamente persas, como Persépolis (291), Susa (533) y Ecbatana (551). Y eso sin dejar de lado a Gordio, en Frigia (en Anatolia), cuyo rey, precisamente llamado Gordias (hijo de Midas: todo un linaje), fue el autor del nudo más célebre de la historia: el que AM no pudo deshacer aunque sí lo tajó de un golpe (128-129). Sin salir de Anatolia, hay que citar también a Helicarnaso (113-114), en donde por cierto había nacido nada menos que Heródoto: todo un orgullo para cualquier lugar que se precie. Y es que en la vida de AM esa zona tuvo mucha importancia porque su región, Caria, conformaba una de las satrapías de los arqueménidas. En fin, y para no hacer interminable la lista, hablemos (412 y 433) de Samarcanda, hoy en la república de Uzbekistán, en plena ruta de la seda: hasta allí -y lejos del punto más cercano de la actual Irán- llegó por el norte AM. El plano que el libro tiene al inicio hay que tenerlo a la vista, en efecto, en todo momento.

 

El conocido como Sarcófago de Alejandro, descubierto cerca de Sidón, recrea una batalla entre macedonios y persas. En la imagen, jinete macedonio. Museo Arqueológico, Estambul. Wikimedia Commons

 

Segundo tema en el que Goizueta coloca el reflector: que los griegos, al menos AM y su entorno -los hetairoi, los compañeros que le sirvieron como generales: la camarilla, dicho sea empleando de nuevo un anacronismo, es decir, una palabra que no es de entonces- vieron sus expediciones y sus conquistas por el este como una venganza de lo que había sucedido con anterioridad, cuando fueron los persas quienes habían incursionado al oeste del mar Egeo. En la página 28, y al hablar de “los pórticos de la Acrópolis”, se recuerda que habían sido “construidos por Pericles sobre las ruinas de las que destruyeron los persas durante el saqueo de Atenas, ciento cincuenta años atrás”. Página 42, en boca del mismísimo Aristóteles: “Leed a Heródoto y veréis que la enemistad entre Grecia y el Oriente no es capricho de unos pocos: son los dioses los que mandan vengar el agravio que se hizo hace doscientos años, cuando el Gran Persa esclavizó a los griegos de la costa jónica, arrasó la Acrópolis sagrada de Atenas y los templos de Atenea”. Página 45, en palabras de Olimpia, la madre de AM: “Juré a Zeus que te haría rey, le juré que mi hijo le daría la venganza sobre Persia”. Página 104, cuando el que habla es el propio AM y se refiere a “la sagrada guerra de mis ancestros, la guerra de Grecia contra Asia”. Y también página 297, en una arenga en el salón de las Cien Columnas, en Persépolis, nada menos: “Soldados, hermanos míos: nos encontramos aquí, en el confín del mundo, en la misma sala del mismo palacio desde donde los aqueménidas plantearon hace siglos la invasión de Grecia, de nuestra tierra. Desde aquí se burlaron de nuestros héroes caídos en Maratón, en las Termópilas, aquí se planeó el ataque sobre Atenas, la destrucción de la sagrada Acrópolis. ¡Y aquí, siglos de lucha después, estamos nosotros!”. Ya el remate, página 306: “Grecia sólo será vengada cuando Darío pague por los crímenes de todos los ancestros”.

Y siempre -de más está decirlo- con recuerdos que se remontan más arriba, a la guerra de Troya y a Aquiles –“hace mil años”: página 79-, de quien AM se consideraba descendiente y heredero.

Pero, ya entrados en el conflicto -muy anterior por supuesto a que surgieran el cristianismo y el islam, o incluso el judaísmo como tal- entre occidente y oriente (o entre Europa y Asia, entre el oeste y el este, o, dicho por referencia a por donde el sol sale y se pone, los países de la mañana y los de la tarde: los Morgenländer y los Abendländer de los que hablan los alemanes), es en las posiciones ideológicas de Goizueta, su relato, en donde justo hay que fijarse. De su ubicación cabe colegir que es la de quien observa las cosas desde este lado, que considera el bueno: es uno de los que ven  con los ojos de lo que Edward Said definió -en tono de denuncia- como orientalismo. Y bien se sabe que la perspectiva determina el que va a terminar siendo el resultado del cuadro. Las citas del texto son legión y ahora bastará con recoger unas cuantas. Página 27, glosando unas palabras de AM (aún príncipe de Macedonia, porque Filipo vivía) dirigidas a los atenienses para proponerles la paz: “No pocos pensaban que los del norte no eran griegos y que solo esperaban el momento oportuno para acabar con la independencia de las polis e imponer una tiranía propia de los orientales”. Página 37, cuando AM se dirigió a su padre para ofenderlo y no encontró mejor forma de hacerlo que afirmar que era un “tirano peor que los de Persia”. Página 42, de nuevo Aristóteles, después de hablar de la Acrópolis arrasada por los persas: “Los templos, al final, son piedra. Es la libertad lo que nos distingue. Los persas nos quieren esclavos de sus reyes, reyes humanos a los que ellos tratan como dioses. Es una aberración. El único destino de Asia es ser sometida por Grecia una vez destruido el imperio de terror de los bárbaros”.

 

Mapa de las conquistas militares de Alejandro. Academia militar de Estados Unidos

 

En página 242 AM se define a sí mismo como “un libertador de la Tierra”. Y en página 256 es un astrólogo, al anunciar, recién cruzado el río Tigris en plena ofensiva, “la caída del tirano de Persia” en medio de un viento que soplaba de occidente, quien afirma que “el aire que traéis, el aire del oeste, devuelve con sangre la libertad a la luna del oriente, que amaneció pues, de sombras pero que al final de esta noche volverá a brillar como una estrella. Un ciclo de luna acaba aquí; empieza otro nuevo”. Más aún, en página 425: cuando AM se empeñaba ciegamente en seguir avanzando cada vez más hacia al este, y a Clito, uno de los próximos, le parecía un disparate, o incluso una locura, la menor manera de expresar su opinión consistió en acusar al jefe de haberse contagiado del virus oriental: “¡Esta era la empresa de la liberación de los pueblos oprimidos, pero liberándonos a ellos nos has esclavizado a nosotros! Nos has privado de libertad, encadenándonos a una travesía sin sentido que alarga y alargas porque no tienes el coraje necesario para vivir en paz”.

Goizueta, en suma, no supera el actual test, ciertamente implacable, de la corrección política, llámese cultura de la cancelación, pensamiento woke, islamofilia o como se quiera decir. Sabiendo que hay quien lo entiende precisamente como un mérito y lo que le dispense sea un aplauso cerrado, por entender que lo grave habría sido recibir elogios desde ese flanco.

¿Más reflexiones sobre el libro? Que el retrato profundo de la persona de AM es el de lo que hoy llamaríamos un pirado, un hiperventilado o incluso, llevando las cosas al límite, un acomplejado, que nunca superó los traumas juveniles de la difícil relación con su padre. Una patología, dicho sea para concluir, perfectamente incardinable en el contexto de un gobernante personalista, rodeado de una corte de lo que en Jerez de la Frontera se llaman aplaudiores y entre los cuales, tarde o temprano, aparecen fisuras (el jefe va perdiendo día a día su carisma o, si hablamos en términos lorquianos, su duende) y aun enfrentamientos, cada vez menos soterrados, a cara de perro entre los que se ven llamados a heredar el poder, los llamados diádocos, que Goizueta refiere al final del libro. Sabemos que, en efecto, a la muerte de AM -lo que ya queda fuera de la mirada del autor-, fueron ellos los que terminaron repartiéndose el imperio: de los seleúcidas -de Seleuco- ya hemos hablado y ahora habría que añadir a Ptolomeo, que se hizo cargo de Egipto y dio lugar a su propia dinastía. Y también a Antígono, de Macedonia, igualmente llamado a crear algo estable. Pero bien se sabe lo efímeros que solían ser esos tinglados. Su retórica se mostraba contundente, pero los (teóricos) gigantes tenían casi siempre unos pies de poco más que barro.

No es hora de hablar de eso, porque, se insiste, Goizueta -al cabo, un biógrafo- pone el punto y final cuando muere el protagonista. Lo único que queda por decir, a modo de síntesis, es que se trata de un libro muy recomendable, tanto para los conocedores de la historia como para los que no lo son -esos que afirman que “no tengo tiempo para leer”, a veces creyendo que con ello ponen de relieve lo importantes que son- y en el fondo sienten apetito por empezar a ilustrarse. Algún día tiene que ser el primero.

 

 

 

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