Foto de José Bassit
“La historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana no existirá”.
Hace pocos días volví a leer el famoso best seller de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser (Tusquets, 1990) que ya había leído hace varias décadas y al cual pertenece la frase que abre este artículo. Los libros son como los amigos verdaderos, son pacientes, no demandan atención, permanecen silenciosos lejos de la atención diaria pero, cuando más los necesitamos, saben regalarnos una palabra de aliento sin pedir nada a cambio.
Confieso que volví a abrir las páginas amarillentas de un ejemplar de tapas ajadas con un poco de desconfianza luego de que transcurrieran casi treinta años desde aquella vez en que las historias de Teresa, Tomás y la maravillosa Sabina -esa “mujer sin sosiego”portadora del enigmático sombrero- me emocionaran tanto. Sus tribulaciones, la búsqueda de la libertad en medio de la opresión política y el arte como refugio fueron una verdadera lección de vida para quienes en las postrimerías del siglo XX entrábamos a la vida adulta. Y, sin embargo, en un escenario totalmente distinto al de los años noventa: ¿Qué lugar puede ocupar la poesía en el teatro de variedades del presente? Difícil sostener la utopía en un mundo donde las redes sociales atiborran las pantallas de los teléfonos móviles con personas haciendo muecas o tirándose al vacío mientras otros se vuelven influencers porque afirman que se comunican con seres del espacio o aseguran sanar el útero de siete generaciones practicando rituales ancestrales.
Si hasta parece que la liviandad del ser ya no se ha vuelto tan insoportable. De hecho Occidente ya no busca escapar al anacronismo de la opresión mastodóntica estatal aun cuando la vigilancia hoy día sea más sofisticada y, a la vez, mucho más entretenida. Neutralizada la inconformidad gracias a los memes dibujados con ayuda de la inteligencia artificial, la polémica se retrajo al cada vez más errático encuentro cara a cara en un bar. O ya ni eso, con dar un like es suficiente para sumar miles y miles de adhesiones con solo un clic de distancia.

Rescatar la metáfora en un escenario de lugares comunes puede parecer una cruzada decimonónica encabezada por algún quijote trasnochado. De todos modos, aprendimos con Gramsci que la hegemonía construye por debajo su propia contracara. Por eso, siempre es feliz encontrar detrás del enmarañado ecosistema transmediático un relato poético que desafíe al algoritmo.
Entonces, ¿Envejecen los libros? O, mejor aún, ¿Envejece la utopía? Envejecemos nosotros. Aun así, habiendo perdido el pelo pero no las mañas, todavía hay tiempo de reescribir la composición musical de nuestra vida. Como apunta la voz del narrador en el famoso libro de Kundera:
“Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos (tal como Tomás y Sabina se intercambiaron el motivo del sombrero hongo), pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y en la de la otra”.
En tiempos donde vociferar el “yo” se cree prioritario, volver a crear la melodía de un “nosotros” es recordarnos cómo somos y, sobre todo, recuperar el gesto político, inseparable de la naturaleza humana.

Foto de José Bassit
