Foto de Seersa Abaza, «tentación de tarta de higos».
Durante mucho tiempo se nos enseñó a comer desde el miedo. Miedo a engordar, a equivocarnos, a “pasarnos”. Comer se convirtió en un acto vigilado, casi sospechoso, como si el placer necesitara siempre una justificación. Muchas personas no llegan preguntando qué comer, sino si pueden permitirse hacerlo sin culpa. Hoy quizá la pregunta importante no sea cuántas calorías tiene un plato, sino qué lugar ocupa la comida en nuestra vida.
Comer en tiempos de ruido
Nunca hubo tanta información sobre nutrición y, sin embargo, nunca fue tan difícil saber cómo comer. Entre mensajes extremos, cuerpos ideales y promesas de control absoluto, la comida ha perdido su función principal: sostenernos. Comemos rápido, delante del móvil, del ordenador o del televisor. A veces comemos sin hambre y otras veces ignoramos el hambre durante horas. Comer deja de ser solo nutrirse y pasa a ser una negociación constante con la culpa, el cansancio y la autoexigencia. Un ejemplo muy común: personas que “aguantan” todo el día con café o comidas mínimas y, por la noche, sienten que pierden el control. No es falta de disciplina. Es fisiología y agotamiento mental.
Comer lo justo
Comer lo justo no es comer poco. No es resistirse ni contenerse. Es aprender a escuchar. El cuerpo no funciona con señales inmediatas. El nervio vago, que conecta el sistema digestivo con el cerebro, transmite la sensación de saciedad aproximadamente 15–20 minutos después de que el estómago ya esté lleno. Eso significa que muchas veces seguimos comiendo cuando, en realidad, el cuerpo ya ha tenido suficiente, pero la señal aún no ha llegado.

Foto de Carolina Ludwig Agudelo, Soulful Rain
Aquí aparece un ejemplo práctico muy sencillo: comer más despacio, apoyar el cubierto entre bocados, hacer una pequeña pausa a mitad del plato. No para “controlarse”, sino para darse tiempo a sentir. En muchas ocasiones, esa pausa basta para notar que ya es suficiente. Otro ejemplo: servirse una cantidad moderada sabiendo que se puede repetir. Comer lo justo no es acertar a la primera, sino saber que hay margen.
Escuchar también el “basta”
Escuchar al cuerpo no es solo atender al hambre, sino también al momento en que dice basta. Esto puede significar dejar comida en el plato, aunque “todavía quede”, o parar aunque sea un alimento que nos gusta mucho.
Para muchas personas, esto es difícil porque han aprendido a comer según normas externas: horarios rígidos, platos “permitidos”, cantidades fijas. Recuperar la escucha lleva tiempo y práctica.
El equilibrio no se impone
Durante años se nos ha hecho creer que el control es la solución. Sin embargo, cuanto más rígidas son las reglas, más frágil se vuelve la relación con la comida.

Foto de John Carey
Un ejemplo habitual: alguien que se prohíbe el pan o el chocolate durante la semana y acaba comiéndolos con ansiedad el fin de semana. Cuando el cuerpo y la mente perciben escasez, responden con urgencia.
El equilibrio no se impone desde fuera. Se aprende con la experiencia, con pequeños ajustes, no con castigos.
El placer como medida
El verdadero problema nunca fue el disfrute, sino su ausencia.
Cuando el placer desaparece, aparece la ansiedad. Cuando comer deja de ser un acto amable, se vuelve compulsivo o automático. Disfrutar no significa perder el control, sino recuperar la medida. El placer bien integrado no empuja al exceso: lo previene. Comer algo que gusta, con atención y sin culpa, suele llevar a parar antes que hacerlo con miedo. Muchas personas descubren que, cuando un alimento deja de estar prohibido, deja también de ser obsesivo.

Simplificar
Comer bien hoy es, en gran parte, un acto de resistencia.
Resistir al exceso de normas, al lenguaje bélico de la dieta, a la idea de que cuidarse es castigarse. Simplificar no es descuidarse. Es volver a lo esencial: comida suficiente, tiempo, contexto, atención. Y, sobre todo, una relación con el cuerpo basada más en la confianza que en la vigilancia. No se trata de hacerlo perfecto, sino habitable.
Comer como acto cotidiano, no como examen
La alimentación no debería ser una prueba diaria que aprobar. Debería acompañar la vida, no ocuparla entera. Comer lo justo y disfrutar más no es una consigna optimista, sino una forma de reconciliación. Porque comer bien hoy no consiste en hacerlo impecable, sino en hacerlo posible, repetible y humano.
Como recuerda Michael Pollan en «Saber Comer» , más allá de reglas concretas, comer debería ayudarnos a vivir mejor, no a vivir en tensión permanente con la comida.

Foto de Mohammad Fayzul Mowla, Love
