Max Schmeling en 1930
Algo tiene en común Joseph Roth (1894-1939) con Manuel Chaves Nogales (1897-1944) y Albert Camus (1913-1960), aparte -dato no menor- de haber muerto muy jóvenes, varios años antes de cumplir los cincuenta: que fueron no ya escritores letraheridos, en todos los sentidos del término, sino también personas que, por debajo del éxito aparente -su obra escrita, sobre todo periodística, fue muy conocida y celebrada-, llevaron una existencia que sin exagerar puede calificarse de trágica. No sólo es que les tocó vivir en una época de grandes conflictos, sino que ellos los experimentaron de manera íntima: los llevaban dentro, a modo de una maldición.
Si acaso, podría decirse que el precursor de todos ellos fue Franz Kafka (1883-1924), también, como Roth, de familia judía y además oriental, entendiendo este calificativo geográfico en la acepción europea del término, esto es, la extensión por el este de lo que hasta 1918 fue el Imperio austrohúngaro, incluyendo Galitzien, región hoy ubicada entre el sur de Polonia y el oeste de Ucrania, donde -en la shtetl o aldea de Brody- nació precisamente Roth.
Sí, los años veinte y treinta del siglo XX -ahora se conmemora una centuria- fueron en todo el continente años de cambios profundos, sobre todo porque se consolidaron la industrialización y la urbanización -dos fenómenos tan trenzados que apenas resultan disociables-, que a su vez trajeron lo que entre nosotros se llamó la rebelión de las masas, título del famosísimo libro que se publicó a partir de 1927 en forma de artículos y luego como libro en 1930. La alfabetización se extendió y, por las nuevas formas de trabajo, apareció el concepto de ocio, que tuvo en el deporte -sobre todo, el boxeo y el ciclismo: el fútbol tardaría un poco más en llegar- y en el cine sus manifestaciones más evidentes. Es, en el arte, la época en que estallan las vanguardias, sobre todo, aunque no sólo, en pintura.

Los libros de Juan Manuel Bonet y Juan Francisco Fuentes lo han explicado muy bien en lo que hace a España: las palabras modernización y americanización (en buena medida, otra pareja de sinónimos) resultan de mención obligada.
Por supuesto que, con ese nuevo sustrato sociológico y un marco de mentalidades muy renovado, las instituciones políticas -teóricamente democráticas aunque dando a esa palabra un significado que entre tanto había pasado a quedar obsoleto- no podía quedar al margen: el sufragio universal (ahora, también femenino: lo sucedido entonces no se entiende sin la emergencia del papel de las mujeres) dio lugar a partidos absolutamente nuevos, por no hablar de otras muchas cosas. Sí, lo que se abrió en 1919 con el Tratado de Versalles -no sólo el mapa, sino también los contenidos- era distinto y como siempre sucede en esas circunstancias, lo que primero hubo fueron bandazos o incluso retrocesos: primero, en 1922, en Italia, el laboratorio del mundo; luego, en 1923, en España; y, en fin, en 1933, en Alemania. En teoría, Francia y el Reino Unido quedaron -felizmente- a salvo, pero por debajo de las fachadas, la vida, también en lo político -de ordinario, el último lugar al que llegara la renovación de los aires de la sociedad- había devenido otra cosa. Y veinte años más tarde, en 1939, se volvió a caer en las andadas: hay quien sigue hablando de “los felices años veinte”, pero, si nos referimos a las dos décadas -o sea, incluyendo también a los treinta-, es más correcta la denominación -habitual- del período de entreguerras: la alegría fue sólo un paréntesis.
Por supuesto que estamos hablando de fenómenos universales o al menos europeos, aunque se convendrá en que lo de aquel Berlín (que había tomado el relevo de Viena como capital de la cultura germánica) fue algo singular. Baste recordar la película Cabaret (1972) y la reciente serie Babylon Berlin. Los españoles tuvieron la suerte de contar allí con magníficos corresponsales, cuyas crónicas, que se han editado como libros, se leen hoy como un auténtico tesoro: piénsese en Eugenio Xammar (El huevo de la serpiente), en Josep Pla o en Felipe Fernández Armesto, alias Augusto Assia.

Berlín, 1928
De Joseph Roth no puede decirse que nos falte información a los lectores de la lengua de Cervantes. Su Marcha Radetsky (la novela de 1932 que, a través de la familia Trotta, relata la decadencia del imperio vienés: un texto en la estela de lo que en 1901 habían sido Los Buddenbrook de Thomas Mann) es bien cercana para cualquier persona medianamente culta. Pero resulta igualmente sabido, y aplaudido, que Roth también escribió obras de ficción mucho menos extensas, entre las que destaca La leyenda del santo bebedor, con protagonismo de Andreas, un vagabundo parisino. Hace pocos meses, a finales de 2024, se han publicado entre nosotros sus Cuentos completos, traducidos del alemán -en buena hora- por Alberto Gordo, y que incluye ese texto. Y, en lo que concierne a las biografías del escritor, resultan de referencia obligada la de Eduardo Gil Bera, Esta canalla de literatura, y también la de Berta Ares Yáñez, La leyenda del santo bebedor. Legado y testamento de Josehp Roth, que insiste de manera especialmente profunda, y acertada, en las raíces judeo-orientales de Roth, que, por razones en las que no hace falta extenderse -todo aquello era la tierra de los progromos-, le daba (se tratase o no de hablantes de la lengua yidis en sentido estricto) un singular dramatismo a la existencia humana.
Pero nos faltaba una recopilación de los trabajos periodísticos de nuestro personaje, que fueron apareciendo en medios de las cuatro ciudades en las que vivió: Viena, Berlín, Moscú y París. Francisco Uzcanga Meinecke -mitad donostiarra, mitad alemán: sus apellidos lo delatan- ha tenido la buena idea de seleccionar y traducir (y redactar el prólogo) treinta y nueve de ellos, muchos de los cuales referidos a eventos de aquel Berlín.
Para el título del libro ha tomado el de un artículo de febrero de 1930 en el que daba cuenta de que “un cura católico vestido con una larga sotana daba clases de boxeo a un par de feligreses”. Se trataba del capellán Fahsel, que había protagonizado cinco años antes un artículo llamado Glaudius Dei, “la espada de Dios, que se alza como un sacerdote de un tiempo olvidado, de una época en que la Iglesia católica aún disponía de lenguas de fuego”.

Una escena de la serie Babylon Berlín
Para la portada, Uzcanga ha elegido un retrato de Max Schmelling, el boxeador que entre 1930 y 1932 fue campeón del mundo de los pesos pesados (y que luego vivió mucho más: no falleció hasta 2005, a punto de cumplir los cien). Y es que muchos de los artículos seleccionados tienen que ver con esa actividad. Por ejemplo, El boxeador (23 de septiembre de 1919), Entrenamiento (8 de abril de 1921), El campeón en el museo (2 de mayo de 1922), Los boxeadores (1 de mayo de 1923), Bíceps en la cátedra (18 de febrero de 1924) o La batalla por el campeonato (3 de marzo del mismo año).
No faltan las carreras de caballos: Jinetes domingueros (2 de agosto de 2022) o La muerte del “Rey midas”, que era el nombre de un équido famoso (7 de mayo de 1924). O el tenis: El campeón de tenis, 16 de abril de 1931. O ciclismo, en varias ocasiones también.
Pero no todo iba a ser deporte. También hay artículos sobre teatro, como Entre bastidores (18 de mayo de 1921) o Alegrías de la vida (6 de noviembre del mismo año). O sobre ópera o -con el protagonista que podemos imaginar- sobre veladas literarias: Ludwig Hart recita a Franz Kafka, de 8 de noviembre de 1924, donde Roth concluye lamentándose de que el de Praga haya fallecido “joven, solo y pobre”, así como deplorando que “en Alemania son pocos los que lo conocen”.

Joseph Roth (derecha) montando a caballo con su mujer Frederika (centro) en Viena en los años veinte
Por supuesto que no todos los trabajos de Roth que se recogen en el libro tienen por objeto lo que sucedía en Berlín. También los hay sobre la capital de Francia -donde fue corresponsal antes de tenerse que exiliar-, sobre Moscú y, claro está, sobre Viena: Concierto en el Volksgarten, de 8 de abril de 1928.
¿El tono, la ideología del autor? Digamos que cada vez menos entusiasta hacia lo nuevo y bien se comprende. Por ejemplo, su artículo de 1 de mayo de 1930 titulado La industria del ocio berlinesa empieza con palabras que lo dicen todo: “A veces, en un acceso de incurable melancolía, entro en uno de los habituales locales nocturnos de Berlín, no en busca de diversión, sino para regodearme malévolamente con el panorama que ofrece la alegría industrializada”. Industria es una palabra que se emplea con tono acusatorio -casi como mercantilización– y con un deje de nostalgia hacia lo que eran antes “los locales de ocio berlineses”, en los que “el dueño iba de mesa en mesa y asentía y dejaba vivir a la gente y la animaba a pecar como es debido. Los chistes eran malos pero los clientes divertidos; las mujeres muy vestidas, pero de carne y hueso, y no el resultado de un entrenamiento higiénico. Al fin y al cabo, la diversión era todavía un negocio y no una industria”.
¡Qué no decir cuando los malos augurios se confirmaron y en enero de 1933 se llegó al desastre absoluto!

Tumba de Joseph Roth en el cementerio parisino de Thiais
El último de los trabajos que recoge el libro es de mayo de 1939, pocos días antes de morir -alcoholizado y en la indigencia- en París y con la invasión de Polonia a las puertas (y, para poner las cosas den su sazón hispánica, recién terminada entre nosotros la guerra civil). Es un texto muy corto, que pone el foco en el campo de concentración de Buchenwald (donde, unos años más tarde, en 1943, dicho también de paso, entraría preso Jorge Semprún), junto a la ciudad de Weimar, en Turingia. Y se trata de un verdadero obituario de la cultura alemana: El roble de Goethe en Buchenwald.
A Francisco Uzcanga Meinecke le debemos libros memorables sobre la vida cultural del mundo germánico en el período entre 1919 y 1933. Primero puso el foco en el añorado Romanische café para escribir -el título es tan acertado como el contenido- El café sobre el volcán. Una crónica del Berlín de entreguerras (1922-1933). Luego, en 2024 nos ha regalado La simbiosis imposible: escritores judíos en la Alemania de entreguerras, otro lujazo de obra, en el que viene a defender que, desde mucho antes de enero de 1933, el holocausto se veía venir, porque la atmósfera se estaba volviendo irrespirable y las cosas no suceden de la noche a la mañana. Ahora lo que he hecho es servir de introductor de un tercero, aunque sucede es que ese tercero -el autor- es nada menos que Joseph Roth. Se dice pronto.

Francisco Uzcanga Meinecke
