Una escena de Hiroshima mon amour (1959), dirigida por Alain Resnais
Si detienes una serie de Netflix para mirar el móvil, la Nouvelle Vague puede ser una provocación insufrible. Este movimiento del cine francés, nacido a finales de los años cincuenta del siglo anterior, hizo exactamente lo contrario a lo que hoy consideramos que se debe hacer. Son películas sin prisa y con personajes que, en lugar de resolver conflictos, los discuten mientras fuman esa droga tan peligrosa llamada nicotina. Sin embargo, «La Nouvelle Vague» es también la abuela rebelde de muchas cosas que hoy se consumen en «streaming», aunque ella jamás lo admitiría.
Antes de la «Nouvelle Vague», el cine francés era correcto, educado y muy literario. Todo estaba bien iluminado y mejor explicado. Entonces apareció un grupo de jóvenes críticos de cine (básicamente, haters profesionales con una revista) que decidieron que aquello era aburrido. Se llamaban, entre otros, Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol y Varda, y pensaban que el cine debía parecerse más a la vida real: desordenada, imprevisible y un poco caótica.
Su primera decisión revolucionaria fue salir del estudio. Nada de decorados perfectos: rodaban en la calle, con gente real pasando por detrás y mirando a la cámara como quien se pregunta qué demonios está ocurriendo. Hoy esto es lo más normal del mundo, porque cualquier persona con un móvil lo hace. En 1960 era inaudito.

Una escena de «Les Quatre Cents Coups» (1959). Dirigida por François Truffaut
Si estás acostumbrado a Netflix, sabes que todo debe fluir sin que lo notes. La «Nouvelle Vague» hizo justo lo contrario: te recordaba constantemente que estabas viendo una película. Godard cortaba escenas en la mitad de una frase, saltaba en el tiempo sin avisar y rompía la continuidad como si fuera una sugerencia opcional. Es como si en una serie el protagonista detiene la acción, te mira y dice: “No sé dónde estoy ni que hago aquí, pero sigamos”.
Los personajes tampoco ayudaban a que espectador se aclarase. No había héroes claros ni objetivos definidos. Nadie quería “ganar”. Querían pensar, sentir, dudar y, sobre todo, hablar de cine dentro del cine, algo que hoy verías como con algo ingenioso o pedante, intelectualista o cosas peores, pero que entonces parecía puro sabotaje narrativo.
Si en Netflix buscas “personajes complejos”, aquí tienes el origen. Los protagonistas de la «Nouvelle Vague» eran jóvenes profundamente confusos. No salvaban el mundo, no resolvían misterios y a menudo ni siquiera aprendían una lección. Existían. Y eso ya era suficiente.

Una escena de «Cléo de 5 à 7» (1962) de Agnès Varda
Agnès Varda, en Cléo de 5 a 7, siguió a una mujer durante dos horas de su vida mientras esperaba el resultado de una prueba médica. No pasa “nada”, pero siente el paso del tiempo, la ansiedad, la identidad. Si hoy una serie dedica un episodio entero a un personaje caminando y pensando, puede que alguien en la sala de guionistas haya visto a Varda y sea despedido.
Ya te aviso de que la «Nouvelle Vague» no es un asunto fácil. No está hecha para que te tragues cinco episodios seguidos de noche y vayas al trabajo al día siguiente habiendo dormido solo cuatro horas. No tiene finales en suspenso. Si Netflix te pregunta “¿Sigues ahí?”, estas películas responderían: “¿Y tú?”. Requieren atención, paciencia y aceptar que no todo va a explicarse.
Entonces, ¿por qué debería importarte este movimiento de cine? Porque muchas de las cosas que hoy te parecen modernas -jugar con el tiempo, personajes que narran su propia historia, finales abiertos- nacieron con la «Nouvelle Vague» que nos enseñó que el cine (y por extensión las series) podía ser algo personal y arriesgado.
Tienes que ver alguna película de la «Nouvelle Vague» es como una serie lenta, sin algoritmo, sin recap y sin miedo a aburrirte para hacerte pensar. Puede que no quieras verla un sábado por la noche después de una dura semana laboral, pero si en algún momento de tu vida ves alguna, descubrirás que mucho de lo que hoy miras en «streaming» empezó cuando estos franceses decidieron que el cine no tenía por qué guardar las formas.

Una escena de «A bout de souffle» (1960), de Jean-Luc Godard
