Alegoría de la colonización de Sierra Morena por Pablo de Olavide en el reinado de Carlos III. Colección familia Sanz Fuertes. Zaragoza. (1805)
Colonizador de Sierra Morena y reo de la Inquisición, Pablo Antonio de Olavide y Jáuregui tuvo una vida singular. Nacido en Lima, era hijo de un próspero comerciante navarro casado con una joven limeña. Comenzó sus estudios en el Colegio San Martín de los jesuitas, para después ingresar en la Universidad limeña de San Marcos, licenciándose en Derecho y alcanzando el título de Doctor en Teología. A los dieciséis años, fue nombrado abogado del Cabildo de la capital del virreinato peruano, entre otros cargos. Tenía una acelerada carrera política cuando, tras el terremoto de Lima en 1746, huyó de su tierra al ser acusado de malversación de los fondos públicos destinados a la reconstrucción.
En su periplo hacía la metrópoli, realizó varios negocios en distintos puertos sudamericanos, hasta desembarcar en Cádiz, y de ahí se trasladó a Sevilla y Madrid, avalado por dudosas cartas de recomendación. Hombre apuesto y galante, casó con una rica viuda diez años mayor que él, quien le legó su fortuna y le abrió las puertas de la alta sociedad madrileña. Ante este cambio de fortuna, Olavide se dedicó a recorrer durante más de un lustro las principales ciudades europeas (Florencia, Roma, Napoles, Venecia, Padua, Turín, Milán, Marsella, Lyon, Paris), vinculándose para siempre con los valores de la Ilustración y las enseñanzas de los fisiócratas franceses. Fue huésped de Voltaire en su mansión “Las Delicias”, pero mantuvo una diferencia esencial con los creadores de La Enciclopedia: respetó la monarquía hispánica y aceptó los principios de la Iglesia Católica si bien matizados por la corriente jansenista.

Al regresar a Madrid en 1765, hace amistad con Campomanes, entonces fiscal del Consejo de Castilla, y con el ministro de Hacienda Miguel Múzquiz. Y tras el motín de Esquilache, al llegar el Conde de Aranda al poder en 1766, Olavide se incorpora al Gobierno como director de los Hospicios de Mendigos y Vagabundos de San Fernando. Con Jovellanos y el propio Campomanes, integra la tripleta de figuras reformistas del momento. Luego llegará la caída de Aranda en 1794 y el advenimiento de Godoy. Mientras tanto, impulsa nuevas medidas sociales, racionalizando la gestión en tales hospedajes. Esta ejecutoria le catapulta en 1767 a la mayor empresa llevada a cabo en el reinado de Carlos III: la repoblación de Sierra Morena. Era su hora mejor. Nombrado Intendente del ejército en los cuatro reinos de Andalucía (Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada), al igual que Superintendente de las rentas provinciales de Sevilla y las Nuevas Poblaciones, dado el atraso de la economía española, dominantemente agraria, propuso modificaciones legales que transformasen el sistema de propiedad privada y la relación cría-cultivo que aún favorecía de forma decisiva a la ganadería (la Mesta medieval) en detrimento de la agricultura.
Algunos resultados positivos no se hicieron esperar. Con mando en Sevilla, siendo Olavide un universitario conocedor de las contradicciones de la Escolástica, tiene tiempo aún de enviar a Madrid su Informe de Reforma Universitaria, que le conducirá al juicio inquisitorial, acusado de impiedad, materialismo y herejía. El enfoque ilustrado en la enseñanza chocaba con numerosos intereses ocultos. Cinco años de cárcel es el tiempo que permanece en distintas prisiones del país, hasta que huye a Francia y se exilia allí durante diecisiete años, a la espera del indulto de Carlos IV, que llega en 1798. En el destierro, escribe novelas, comedias y textos religiosos como El Evangelio en triunfo, del que todavía se duda si se trata de una sincera reconciliación con la Iglesia o de una estrategia de supervivencia. Baeza será su última estación vital, donde fallece agotado pocos años después. En la estela de sus colegas, con luces y sombras, Olavide había desbrozado numerosos estorbos que aclaraban el camino del siglo XIX español.

Retrato del escritor y político español Pablo Antonio José de Olavide y Jáuregui (1725–1803). Biblioteca Nacional de España.
Pueden entender los lectores de “Libros, Nocturnidad y Alevosía” que una existencia y una actividad así sólo podría tener el tratamiento que merece a través de una obra como Pablo de Olavide (1725-1803). El Ilustrado (2025), cuyo autor es Luis Perdices de Blas, Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid. El libro ha sido, por cierto, cuidadosamente editado de nuevo por la Universidad Pablo de Olavide y la Fundación de Municipios Pablo de Olavide. El profesor Perdices señala que los tres objetivos de la empresa colonizadora de nuestro protagonista fueron: 1) crear una sociedad que sirviera de modelo para otros proyectos de similar índole; 2) acabar con el bandolerismo en la vía de comunicación que unía a Andalucía con la Corte; y 3) poblar las zonas desiertas existentes en Jaén (La Carolina, Navas de Tolosa, Santa Elena, Guarromán, etc.), Córdoba (La Carlota) y Sevilla (La Luisiana).
Luis Perdices nos explica que la reforma agraria olavideña tenía dos líneas bien diferenciadas. Si se trataba de tierras estatales (baldíos) o concejiles (propios y comunales) debían aplicarse las reglas maestras del esquema colonizador suscritas en la Real Cédula redactada por Campomanes y él mismo, y supervisada por Aranda y Múzquiz. Si eran tierras particulares, la táctica fue la persuasión: las “demostraciones oculares” de óptimos métodos de cultivo y arado que convenciesen a propios y extraños; es decir, los métodos indirectos que alejasen cualquier atisbo de revolución, pues señala el autor que “en ningún momento, Olavide propuso un cambio de régimen social existente, no fue un utopista, pues ni criticó el régimen social existente, ni proyectó un patrón de vida colectivo”.

El rey Carlos III, acompañado por Campomanes, frente a Olavide, arrodillado. Monumento en el municipio de La Carlota.
La clave de la colonización resultó ser el dominio útil de la tierra gracias a un censo enfitéutico. El Estado dotaba a los labradores de medios (semillas, horticultura, plantío de árboles) para explotar las fincas, además de propiciar la primigenia llegada de campesinos alemanes católicos que repoblasen aquellas extensiones, la cual se convirtió en sí en toda una aventura. Las industrias populares, a cargo de las familias de agricultores en los momentos de ocio, junto al establecimiento de fábricas privadas con la maquinaria y los métodos de producción más adelantados de Europa, completarían el proceso colonizador con economías de escala y alcance. Además, si añadimos una educación dirigida a los nobles y eclesiásticos que los inclinara hacia el bien común, más el establecimiento de Sociedades de Amigos del País que fomentasen la productividad nacional, y la extensión de la libertad de comercio interior que beneficiase a consumidores y productores, el éxito estaba asegurado. No obstante, los obstáculos políticos y técnicos del proyecto, lo mismo que las contradicciones teóricas, se sucedieron. Dejamos a nuestros lectores que descubran el desarrollo y desenlace de estos factores a lo largo de las páginas del libro.
Para concluir, nos encontramos con un texto importante. La investigación del profesor Perdices es una refutación en toda regla de la tesis que formuló Marcelin Defourneaux en Pablo de Olavide ou l’ Afrancesado (1959). El historiador galo presentaba a nuestro protagonista como un hombre puente entre las Luces de Francia y la resistencia española; una suerte de embajador cultural. Perdices defiende, por el contrario, la adaptación y el pragmatismo de Olavide. Deforneaux veía en Sierra Morena una utopía social; Perdices analiza un modelo de desarrollo económico. No hay, pues, un giro dramático en la conversión final de El Evangelio en triunfo, sino una producción intelectual tardía que debe observarse con rigor documental. De Olavide queda hoy una cadena de espléndidas ciudades, una universidad homónima, y este gran título para quien quiera comprender las especificidades de la Ilustración española.

Luis Perdices de Blas
