Alejandra Pizarnik (1936-1972) (FOTO Vía: www.argentina.gob.ar)
I
Leí “sobre” Alejandra Pizarnik antes de leer “a” Alejandra Pizarnik. Un suplemento cultural del diario Clarín de hace veintitrés años, y que todavía conservo, contenía varios artículos sobre su legado, su reputación de poeta maldita, la lucha por no “perder ese estado primigenio en el que el artífice de la palabra no utiliza el lenguaje sino que lo crea” (en palabras de Ana María Moix), además de fragmentos de sus cartas y diarios íntimos.
En una carta a León Ostrov, Pizarnik escribía: “Hago —se hacen— algunos poemas. Sigo dibujando pequeños monstruos. Y leo al “perro de Lautreamont”. Escribo minuciosamente mi diario. Y envejezco”.
En esas cinco oraciones se puede tener un panorama de la Pizarnik que el mundillo literario argentino acogió en los años ‘60: una obrera de la poesía pero dependiente de la inspiración, una mente que transformaba pesadillas en arte, una condenada a la palabra influenciada por los incomprendidos franceses del siglo XIX, una buscadora constante de un estilo propio, un ser humano preocupado por la ineludible naturaleza y sus angustias.

II
En el oscuro (pero también fulgurante) corpus poético de Alejandra Pizarnik, Árbol de Diana (1962) (incluido en su Poesía completa (2000) de Editorial Lumen) se yergue como una constelación de heridas, un herbario de silencios que se dicen con violencia lírica: “he nacido tanto / y doblemente sufrido / en la memoria de aquí y de allá”, escribe. Compuesto por treinta y ocho poemas breves, el libro es un alarido contenido, un susurro que corta, un descenso a la sima de la subjetividad escindida. Leerlos —leerla— convoca una experiencia donde el lenguaje, lejos de ser un vehículo de comunicación, se torna materia de exploración, instrumento de redención, forma de desocultamiento de lo real insoportable. En sus páginas, la palabra poética es a la vez bisturí y cicatriz.
El libro abre con el prólogo de Octavio Paz que más que presentar la obra, la fecunda con claves interpretativas esenciales. Paz, iluminado de lucidez poética, define al “árbol de Diana” desde diferentes categorías a modo de los indicadores de dominio de un diccionario. Destacan en él las descripciones químicas (“cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional”) y botánicas (“las hojas son pequeñas, cubiertas por cuatro o cinco líneas de escritura fosforescente”) que advierten una economía verbal radical, donde cada poema es una suerte de ofrenda mínima y terrible que participa tanto de la belleza como del abismo. Al señalar que el árbol de Pizarnik es de una «extraordinaria transparencia» y que “colocado frente al sol, refleja sus rayos y los reúne en un foco central llamado poema”, Paz la inscribe en una genealogía de la mística desgarrada, en la que el lenguaje se aproxima a su propio límite, no para clausurarse, sino para revelar el temblor de lo que aún no ha sido dicho: “ella tiene miedo de no saber nombrar / lo que no existe”, escribe Pizarnik.

Alejandra Pizarnik
III
Desde su título, Árbol de Diana sugiere una imagen de tensiones contrapuestas: el árbol, símbolo de crecimiento y arraigo, se une a la figura de Diana, diosa cazadora y lunar, emblema de la soledad, la castidad y la noche. La conjunción apunta ya a una poética de separación dolorosa: entre cuerpo y espíritu, entre el deseo y su negación, entre la palabra y el silencio. Así, la obra se despliega como un itinerario íntimo de fractura, una cartografía del dolor que no busca alivio sino visibilidad: “dice que tiene miedo de la muerte del amor”.
Y es hermosa la historia de Diana de Poitiers. Diana fue cortesana y luego duquesa, y mientras tanto fue amante de Enrique II. En esa posición, recibió extraordinarios regalos como el castillo de Chenonceau y valiosas joyas de la corona. Tras la muerte del soberano en 1559, sin embargo, fue rechazada por la familia real y hasta se le negó su presencia en los funerales. En sus restos mortales, rescatados de una fosa común y estudiados en 2009, se encontró una alta concentración de oro. Se dice que su obsesión por la eterna juventud la habría llevado a tomar cada día el llamado “elixir de la vida”, una solución líquida de oro para mantenerse bella y blanca.
Esa Diana plantó un plátano de sombra en 1556 y que aún puede disfrutarse en el Parque de Diana en la población de Les Clayes-sous-Bois, en el departamento francés de Yvelines. El árbol que Diana plantó cuando todavía era amada.

IV
La voz que habita estos poemas no narra ni describe: se expone. Su tono es confesional pero no sentimental, incisivo pero no discursivo. “Alguna vez tal vez / me iré sin quedarme / me iré como quien se va”, se lee en uno de los poemas. Aquí, la identidad no es un punto fijo sino una oscilación, una herida abierta entre presencia y ausencia, entre la cobardía y el valor para sobrevivir. La repetición de motivos como la noche, el silencio, la sombra y la muerte (extrañamente aquí no hay lilas, aquellas flores por las que sentía una devoción literaria) crea un entramado simbólico donde el yo poético se descompone y reconstituye sin cesar, como si la única forma de habitar el mundo fuera la de una perpetua metamorfosis.
Pizarnik sabe que el lenguaje no basta, y sin embargo lo explora hasta el agotamiento. En sus versos cortos, casi aforísticos, se percibe una lucha con la palabra, una tensión entre lo que se quiere decir y lo que apenas se logra articular. “El poema que no digo, / el que no merezco”, escribe. Cada poema es un intento fallido y hermoso de nombrar lo innombrable, de capturar una verdad que siempre se escurre entre los dedos del lenguaje. Esta frustración se convierte en estilo, y el estilo, en testimonio de una conciencia herida por su propia lucidez.
La muerte, más que un tema, es una presencia que recorre toda la obra. No como clausura sino como sombra constante, como horizonte que define la forma de la vida misma. En Pizarnik, la muerte no es final sino interrogante, no es destino sino interlocutora. La poetisa parece dialogar con ella en cada verso, menos con temor que con una extraña familiaridad que evoca a los románticos alemanes o a los simbolistas franceses. De hecho, la filiación de Pizarnik con la poesía de Rimbaud, Trakl (poeta austríaco pero en lengua alemana) o Artaud es perceptible en su uso de imágenes intensas, en su búsqueda de un lenguaje que traspase los límites de lo racional, en su insaciable sed de absoluto.
Lo que resulta particularmente inquietante en Árbol de Diana es la relación entre lo poético y lo vital. No hay aquí una distinción entre obra y vida, entre creación y existencia. Cada poema parece extraído del núcleo mismo de su ser, como si escribir fuera un acto vital y agónico a la vez. Esta identificación entre la poesía y la herida, entre la escritura y el desgarro, confiere a la obra una intensidad que estremece y enternece. Leer a Pizarnik es ingresar en una zona de riesgo, en un espacio donde el yo se desintegra para mostrar lo que queda cuando todo ha sido dicho, menos lo esencial.
En aquel suplemento cultural, Raquel Garzón se preguntaba “¿Quién fue Pizarnik?” y se contestaba, enumerando las múltiples personalidades que configuraban una unidad sensible: “la transgresora que coquetea con la obscenidad […]; la silenciosa […]; la Alejandra caleidoscópica, tan dada al ruido y la bohemia como a la melancolía […]; una niña eterna, torturada por el insomnio y el miedo a la locura”.
Árbol de Diana condensa el drama moderno de la subjetividad poética: su escisión, su fragilidad, su deseo de ser y de no ser al mismo tiempo. Es, como Pizarnik misma advierte, una poesía que se arriesga en el filo del silencio, que se consume en la llama de su propia palabra, “Días en que una palabra lejana se apodera de mí”, escribe. Con su arte severo y estremecedor, deja un legado en el que la belleza no cura, pero sí revela; un árbol que, al igual que Diana, caza lo invisible y lo torna carne de poema.

