La historia del terrorismo de extrema izquierda en España continúa siendo un terreno poco transitado por la investigación y prácticamente desconocido para la memoria colectiva. A diferencia de otros grupos armados cuya presencia marcó generaciones enteras, los GRAPO —Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre— sobreviven hoy como un recuerdo difuso, pese a haber sido el segundo grupo terrorista más letal del país y causar 93 víctimas. El libro Terrorismo revolucionario en España. El PCE(r) y los GRAPO, (Sílex) del historiador Lorenzo Castro Moral, presentado recientemente en la librería Antonio Machado de Madrid, busca llenar este vacío mediante un análisis exhaustivo del Partido Comunista de España (reconstituido) y su brazo armado, los Grapo.
En diálogo con el historiador Gaizka Fernández Soldevilla, Castro Moral explicó los principales ejes de su obra, que combina investigación documental, testimonios directos y una reconstrucción de los procesos internos que explican la elección de la violencia política por este grupo, su persistencia y su decadencia final. El libro aspira a esclarecer cómo un grupo marginal pudo sostener durante décadas un proyecto armado en un país en plena y acelerada democratización.
Para entender el origen del PCE(r) y los GRAPO es necesario situarse en el clima internacional de finales de los años sesenta. En aquel periodo, sociedades de todo el mundo vivían ciclos de protesta, transformaciones culturales y expectativas revolucionarias. La masificación universitaria, la difusión de discursos antiimperialistas y la percepción de que el orden mundial estaba en transición generaron un ambiente propicio para la radicalización política.

España, aún bajo la dictadura franquista, no fue ajena a estas dinámicas. Proliferaron pequeños grupos marxistas-leninistas y maoístas que desafiaban la línea oficial del Partido Comunista de España (PCE), el mayo opositor a la dictadura de Franco y que actuaba en la clandestinidad. De la OMLE (Organización de Marxistas-Leninistas Españoles), uno de esos grupúsculos, surgiría el PCE(r), que se presentaba como heredero legítimo del comunismo de la Guerra Civil y denunciaba al PCE de Santiago Carrillo como un partido «burgués» y «revisionista».
Castro Moral subraya que, en este contexto, la violencia se convirtió para algunos colectivos radicalizados en un método para hacerse visibles y competir dentro del propio espectro de la extrema izquierda. La transición política que se avecinaba tras la inminente muerte de Franco abrió una ventana de oportunidad que estos grupos interpretaron como decisiva: era necesario, según su análisis, impedir que el país avanzara hacia una democracia pactada y no revolucionaria.
La gestación del GRAPO y la lógica de la clandestinidad
Aunque los GRAPO, que toman el nombre como evocación del asesinato de cuatro policías el primero de octubre de 1975 en Madrid en respuesta a los fusilamientos del 27 de septiembre de ese año de militantes del FRAP y ETA acusados de varios asesinatos, se mostraron públicamente por primera vez en octubre de 1976, la estructura que los haría posibles nació antes en el seno del PCE(r). Su “sección técnica” se encargaba de falsificaciones, sabotajes, amenazas internas y obtención clandestina de fondos mediante atracos. Era un dispositivo separado del resto de la militancia que funcionaba con estricta disciplina y compartimentos estancos.

Lorenzo Castro Moral (izqda) y Gaizka Fernández Soldevilla (dcha) en la presentación del libro el pasado 12 de noviembre en la librería Machado de Madrid
A partir de ese momento, los GRAPO se definieron como organización armada con capacidad operativa propia, aunque vinculada ideológicamente al PCE(r). Entre 1976 y 1977 cometieron sus primeros asesinatos, en un momento especialmente convulso en el que las protestas obreras y estudiantiles convivían con las primeras negociaciones políticas que conducirían a la Transición a la democracia en España.
Uno de los elementos que Castro Moral analiza con mayor detalle es el carácter sectario y endogámico del grupo. La clandestinidad favoreció la creación de un espacio cerrado, con códigos propios, parejas formadas dentro de la organización y una militancia intensiva en la que la vida personal y la política se confundían. Ese entorno facilitó la cohesión interna, pero también contribuyó a su aislamiento social y político.
La figura de Manuel Pérez Martínez, conocido como camarada Arenas, ocupa un lugar central en la historia del PCE(r). Procedente de una familia humilde, pasó por varias organizaciones comunistas antes de convertirse, ya en prisión, en máximo dirigente del partido. Su liderazgo se mantuvo durante décadas y, según Castro Moral, no se basó tanto en el carisma como en la capacidad para ofrecer coherencia doctrinal y estabilidad interna.

Manuel Pérez Martínez, jefe de los Grapo, durante unl juicio en la Audiencia en 2011. EFEPOOL
El debate sobre si la decisión de pasar a la lucha armada fue una iniciativa personal de Arenas o una apuesta colectiva sigue abierto. El historiador destaca que, en los entornos más radicales del PCE(r), había militantes aún más extremistas que el propio líder, lo que dificulta la atribución de responsabilidades individuales en decisiones estratégicas.
Los GRAPO durante la Transición: sabotaje y escalada violenta
La irrupción de los GRAPO coincidió con el periodo más delicado de la Transición. Mientras las fuerzas políticas negociaban los primeros consensos y las movilizaciones sociales comenzaban a estabilizarse, el PCE(r) interpretaba que se abría una oportunidad única para impedir una “democratización burguesa”. Su objetivo declarado era provocar una crisis profunda que derivara en una situación revolucionaria.
Entre 1976 y comienzos de los años ochenta, los GRAPO iniciaron una escalada que incluyó asesinatos de policías y guardias civiles, secuestros de figuras públicas, atentados con explosivos y un gran número de atracos destinados a financiar la estructura clandestina. Uno de los episodios más graves que situó al Gobierno contra las cuerdas tuvo lugar el 11 de diciembre de 1976, cuando un comando de los GRAPO secuestró a Antonio María de Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado. El golpe sacudió al Ejecutivo de Adolfo Suárez en un momento crítico: a solo cuatro días del referéndum sobre la Ley para la Reforma Política que fue aprobada. El 24 de enero de 1977, los Grapo secuestraron al teniente general Emilio Villaescusa, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar. El grupo terrorista acumulaba así dos rehenes de máxima relevancia —uno civil y otro militar— en un momento de enorme fragilidad institucional. El golpe afectó directamente a las Fuerzas Armadas, un actor clave y todavía sensible ante cualquier intento de desestabilización.

Portadas de los diarios»ABC» y «El País» con la noticia del secuestro de Oriol
Este doble secuestro, junto con los episodios de violencia en las calles, llevó la joven democracia española a uno de sus momentos más críticos. Fue la única ocasión en que los Grapo consiguieron poner verdaderamente en jaque al Gobierno de Suárez. Sin embargo, los dos secuestrados fueron liberados por la policía en febrero de 1977. Otro de sus atentados mas sonados fue en la cafetería de Madrid California, 47, en mayo de 1979, que causó nueve muertos y decenas de heridos.
Ese mismo año, el grupo puso en marcha la llamada campaña del “100 por 1”, una respuesta violenta en cadena tras la muerte de varios de sus miembros. Según Castro Moral, esta escalada —que no tuvo precedentes en otras organizaciones de extrema izquierda en España— situó al grupo en un nivel de letalidad muy superior al que su reducido tamaño permitiría prever.
Aislamiento, conspiraciones y mitología
A pesar de sus acciones, los GRAPO nunca lograron influencia política real ni apoyo social significativo. Su aislamiento favoreció la aparición de múltiples teorías conspirativas que atribuían su existencia a servicios secretos extranjeros o a infiltraciones policiales profundas. Castro Moral desmitifica estas interpretaciones: aunque hubo contactos puntuales con los servicios secretos argelinos o traficantes de armas, la organización actuó esencialmente de manera autónoma y con recursos propios, obtenidos en gran medida mediante atracos.

Atentado del GRAPO en 1979 en la cafetería California 47
La ausencia de memoria pública sobre los GRAPO a diferencia de la ETA tiene, según el autor, una explicación clara: mientras ETA condicionó la vida política y social de varias generaciones y fue un problema de Estado, los GRAPO permanecieron en un ámbito marginal. Su violencia fue intensa, pero su influencia política, nula. Se trató —explica— de un “problema policial”, no de un “problema de Estado”.
A diferencia de ETA, que anunció oficialmente su disolución en 2018, los GRAPO nunca emitieron un comunicado final. Sin embargo, la organización está de hecho extinguida. Con un liderazgo de edad muy avanzada y sin relevo generacional, el grupo ha desaparecido como actor operativo. Solo quedan pequeñas redes locales de apoyo a antiguos presos, más vinculadas a lazos personales que a una estructura política organizada.
Para Castro Moral, la historia del PCE(r) y los GRAPO es la de un proyecto revolucionario que se fue cerrando sobre sí mismo hasta convertirse en un microcosmos aislado, sostenido más por la inercia interna que por expectativas reales de transformación política. Su estudio permite comprender cómo la radicalización, la clandestinidad y la lógica sectaria pueden generar dinámicas violentas incluso en contextos democráticos.
El libro ofrece una contribución fundamental a un ámbito historiográfico que, pese a su importancia, aún está lejos de haber sido explorado en su totalidad.

