La humanidad vive un cambio silencioso, profundo y potencialmente irreversible: por primera vez en la historia moderna, nuestra especie se enfrenta no al exceso de población, sino a su progresiva desaparición. Esta es la advertencia de los economistas Dean Spears y Michael Geruso, autores del libro «After the Spike» (Después de la subida), quienes aseguran que el descenso sostenido de la natalidad mundial podría convertir el siglo XXI en el preludio del “gran vacío demográfico”.
El año 2012 marcó un récord histórico: nacieron 146 millones de niños en todo el planeta. Desde entonces, la cifra se ha reducido año tras año. Los demógrafos no prevén un repunte. Si la fertilidad mundial se estabilizara en el nivel europeo actual de 1,5 hijos por mujer, los nacimientos caerían un 25% en una sola generación, pasando de 132 millones a 99 millones anuales.
Spears y Geruso van más allá en sus proyecciones y sostienen que si la tendencia continúa durante siete generaciones, la población global podría reducirse en un 87%. En ese escenario, el 80% de todos los seres humanos que alguna vez existirán ya habrían nacido. Apenas unos 30.000 millones de personas vivirían después de nosotros antes de la extinción final.
Detrás de estas cifras hay una realidad. Más de dos tercios de la población mundial reside en países con tasas de natalidad por debajo del nivel de reemplazo (2,1 hijos por mujer), y una cuarta parte vive en naciones donde esa cifra ni siquiera alcanza 1,25. Ninguno de los veintiséis países que alguna vez cayó por debajo de 1,9 ha logrado volver a superar el umbral de reemplazo.
El fenómeno se inscribe en la conocida transición demográfica, observada por primera vez en Suecia en 1749. Esta teoría describe cómo las sociedades evolucionan desde altas tasas de mortalidad y natalidad hasta niveles bajos de ambas. En la etapa intermedia, cuando las muertes disminuyen pero los nacimientos se mantienen altos, se produce el auge poblacional.
A escala global, ese punto máximo llegó en 1968. Desde entonces, las tasas de fertilidad han caído casi sin excepciones. Incluso en la África subsahariana, tradicionalmente el último reducto de alta natalidad, ha reducido sus cifras de 6,8 hijos por mujer hace cuarenta años a 4,2 en 2025, y sigue descendiendo.
Según los cálculos de Spears y Geruso, la población mundial alcanzará su pico alrededor del año 2080. A partir de entonces, el retroceso podría ser vertiginoso: menos de 2.000 millones de personas en tres siglos si la tasa global se mantiene en 1,6 hijos.
Uno de los argumentos más recurrentes en las últimas décadas ha sido el temor al crecimiento poblacional como causa del cambio climático. Sin embargo, Spears y Geruso sostienen que esta preocupación es exagerada. Compararon dos escenarios: uno con una población estabilizada en 12.000 millones de personas y otro con 8.500 millones hacia 2150. El resultado sorprende: la temperatura media del planeta solo aumentaría 0,06°C más en el escenario con 3.500 millones de habitantes adicionales.
“Miles de millones de vidas marcarían una pequeña diferencia”, concluyen los autores. Su argumento se apoya en el progreso hacia la neutralidad climática: si la humanidad logra reducir las emisiones netas a cero en el próximo siglo, unos cuantos miles de millones más de emisores no alterarían de forma significativa el balance global. Además, la huella de carbono por persona disminuye con cada generación más sostenible.

© WHO India/Sanchita Sharma
Para estos economistas, temer al crecimiento es desconocer el motor del progreso. Lejos de ser una amenaza, una población mayor puede ser la base para más innovación, más prosperidad y más resiliencia.
La idea es simple: el conocimiento se multiplica cuando hay más mentes pensantes. Cuantas más personas existan, más probable es que surjan ideas transformadoras. Además, los grandes costes de investigación y desarrollo se reparten entre más usuarios, haciéndolos viables.
Como ejemplo de esto último afirma que los multimillonarios no pueden tener su propio modelo exclusivo de teléfono móvil; ni siquiera su fortuna cubriría los costes de desarrollo. Pero vender 100 millones de dispositivos a 1.000 dólares permite amortizar la inversión y hacer rentable la innovación. Lo mismo ocurre con las vacunas de ARNm, las tecnologías de captura de carbono o las misiones espaciales. Sin escala poblacional, buena parte del progreso humano sería inviable.
Más allá de la economía, el ensayo plantea un dilema moral: si la vida humana es un valor positivo, ¿no deberíamos preferir un mundo con más vidas plenas? Los autores sostienen que “si vale la pena vivir ahora, valdrá la pena vivir también en el futuro”. Su postura combina principios éticos fundamentales como la imparcialidad, el bienestar comparado y la independencia entre opciones.
Spears y Geruso proponen que imaginemos que la mitad de las personas en una foto familiar nunca hubieran nacido. Esa ausencia invisible refleja lo que se perdería con la despoblación: vidas reales, valiosas, llenas de significado que jamás llegarían a existir.

Vista aérea de El Cairo
Entonces, ¿por qué cada vez hay cada vez menos hijos? La respuesta, sugieren los autores, está en los crecientes costes de oportunidad de la paternidad. Criar hijos siempre implicó sacrificios, pero ahora esos sacrificios son más altos porque las alternativas son mejores.
La prosperidad, la educación y las múltiples opciones de entretenimiento hacen que “la paternidad compita con más rivales que nunca”. Hoy las personas pueden viajar, estudiar, disfrutar del ocio o desarrollar una carrera profesional con una intensidad impensable hace un siglo. En ese contexto, formar una familia se percibe como una pérdida de libertad y tiempo.
Paradójicamente, la mejora de la calidad de vida ha hecho menos atractiva la reproducción. Los datos muestran además que los padres actuales emplean mucho más tiempo en la crianza que las generaciones anteriores. En Estados Unidos, los padres varones del siglo XXI dedican tanto tiempo como lo hacían las madres hace 50 años. Pero ese mayor compromiso no ha revertido el declive demográfico.
Ni los subsidios, ni las políticas coercitivas, ni los avances médicos han mostrado resultados duraderos. Suecia, con su generoso sistema de ayudas familiares, sigue estancada en una tasa de fertilidad de 1,7. Los controles de natalidad impuestos por los gobiernos —desde la Rumanía de Ceaușescu hasta la China del hijo único— dejaron secuelas morales, pero no cambiaron la tendencia de fondo.

Densidad de la población mundial
Tampoco las técnicas de fertilidad ni la biotecnología resuelven el problema, apuntan Spears y Geruso. Incluso si existiera un “botón” para tener bebés sin esfuerzo, lo que escasea no es la capacidad biológica sino el tiempo y la energía emocional que exige criarlos.
Los demógrafos también rechazan la idea de que grupos religiosos o culturales con alta natalidad “heredarán la Tierra”. Citan el caso de los amish o la población musulmana de India, cuya tasa de fertilidad pasó de 4,4 en 1992 a 2,4 en 2021. A largo plazo, la modernidad alcanza a todos.
Todo apunta a que el descenso de la natalidad no obedece solo a factores económicos, sino a un cambio de valores. Los estudios de los economistas estadounidenses Melissa Kearney y Phillip Levine muestran que la caída reciente de la fertilidad en EE. UU. no puede explicarse por política ni por recesiones, sino por una “redefinición de prioridades” entre los jóvenes adultos.
Para muchos de ellos, los hijos ya no son una inversión ni un placer. Se perciben, más bien, como una carga que limita proyectos personales. Esta transformación cultural, advierten Spears y Geruso, puede ser más difícil de revertir que cualquier crisis financiera.

Madrid, Puerta del Sol (Luana Fisher)
Y existe un riesgo añadido: que los sectores más populistas y autoritarios exploten la “crisis demográfica” para fines ideológicos, promoviendo agendas excluyentes o nacionalistas. “Si esperamos demasiado, las voces menos amables y menos inclusivas serán las que definan el problema”, alertan los autores.
Pese a su diagnóstico pesimista, Spears y Geruso no ofrecen un manual de soluciones cerradas. Imaginan un mundo donde un niño nacido hoy pudiera elegir entre tener más hijos, más ocio o más desarrollo personal sin renunciar a ninguno. Pero reconocen que el tiempo es finito: solo hay 24 horas en un día.
Apuntan, sin embargo, a un objetivo concreto: reducir el coste de la paternidad, especialmente para las mujeres, mediante una participación aún mayor de los hombres en el cuidado infantil. Pero incluso eso podría no ser suficiente. La sociedad moderna necesita redefinir colectivamente la idea de éxito y encontrar nuevamente un espacio para la familia dentro de la vida aspiracional.
El desafío demográfico no es solo una cuestión de números, sino de sentido. Cada década de inacción nos acerca a un punto de no retorno, donde la caída poblacional se hará estructuralmente irreversible. Recuperar el valor existencial de traer vida al mundo puede ser, paradójicamente, el mayor proyecto del siglo XXI. Porque el futuro, advierten los autores, no estará marcado por el ruido de las multitudes, sino por el silencio de las cunas.


