Foto de Pablo Pérez Mínguez. De izq a dcha: Alaska, Sigfrido Martín Begué, Fabio de Miguel, Blanca Sánchez, Antonio Alvarado y Tino Casal

 

En el “Refractario pictórico”, el texto incluido en el catálogo «Los 80. Figuración en los años de la Movida» sobre la exposición de la Galería madrileña Guillermo de Osma, cuya primera parte se inaugura este 10 de febrero hasta el 10 de abril de 2026, Virginia Torrente reconstruye la escena pictórica madrileña de los años ochenta como un momento excepcional de libertad, efervescencia creativa y renovación profunda del arte español, inseparable del contexto político y social de la recién estrenada democracia. En aquel Madrid de la Transición, la democracia no era una consigna gastada, sino una experiencia cotidiana que impregnaba la vida cultural con entusiasmo, alegría y una confianza inédita en lo nuevo. Pintar, crear y exponer se convertían en actos vitales y casi militantes: el activismo de la época consistía en pintar.

 

 

La autora describe un ecosistema artístico abierto y accesible, donde el presupuesto era secundario frente a la energía creativa y donde existía un público receptivo, exigente pero generoso. Galerías e instituciones estaban atentas a lo que surgía en el presente inmediato, y los artistas podían pasar con rapidez de premios y exposiciones colectivas a muestras en salas comerciales. Madrid funcionaba como escaparate nacional ineludible, con generaciones nuevas apareciendo a gran velocidad y conviviendo sin complejos con artistas ya consolidados, en un clima de ruptura definitiva con el pasado reciente.

 

 

Uno de los rasgos centrales de la época fue la hibridación natural entre pintura y música. Las inauguraciones eran auténticas fiestas que conectaban galerías como Ovidio, Vandrés o Vijande con salas míticas como Rock-Ola o El Sol. La llegada de Andy Warhol a Madrid en 1983 simboliza ese momento de modernidad desbordante, donde convivían artistas de la Movida, músicos, pintores, críticos y miembros de la aristocracia en una suerte de celebración continua. No había jerarquías rígidas: maestros y principiantes compartían tertulias, copas y debates, unidos por una curiosidad voraz y una falta de prejuicios generacional.

 

 

El texto subraya cómo este espíritu madrileño se expandió también a otras ciudades, incorporando artistas de Sevilla, Valencia u otros lugares, algunos más inclinados hacia lo neo-geo o las influencias norteamericanas. Casos como Juan Ugalde y Patricia Gadea ejemplifican el diálogo directo con Nueva York, entonces centro mundial del arte. Su experiencia estadounidense reforzó su lenguaje propio y les permitió comprender los circuitos internacionales, aunque el regreso a Madrid resultara brusco por contraste.

 

 

Pese a ir por detrás de Nueva York, el Madrid de los ochenta vivió hitos fundamentales: el nacimiento de ARCO, la llegada del Guernica, la creación del Museo Reina Sofía. Todo se vivía con naturalidad, sin excesiva solemnidad ni conciencia inmediata de trascendencia histórica, dentro de un ambiente lúdico, democrático y abierto a la experimentación. La pintura reflejaba esa intensidad vital, renovando un gremio estancado durante décadas y absorbiendo influencias de la música, la moda, el cine o la literatura.

 

 

La autora insiste en la vitalidad inagotable de la pintura, negando su supuesto “fin”. En los ochenta convivieron figuración y abstracción, colorismo pop y metafísica, automatismo, conceptualismo o hiperrealismo, en una amalgama radicalmente democrática. El color fue un elemento central: audaz, eléctrico, excesivo, como en las obras de Carlos Alcolea o Guillermo Pérez Villalta, donde narración, inconsciente y placer estético se entrelazaban.

 

 

Un eje fundamental del texto es la galería Buades, auténtico epicentro de esta efervescencia. Más que una empresa comercial, funcionó como laboratorio cultural, espacio conspirativo y lugar de encuentro. Buades acogió artistas diversos, impulsó debates, publicaciones y exposiciones, y se convirtió en un referente imprescindible del arte español contemporáneo. Desde allí se consolidaron trayectorias y surgieron también posturas más críticas y combativas, como las de Ugalde, Gadea o los colectivos Estrujenbank y Libres para siempre, que introdujeron una inteligencia mordaz y una mirada política más incómoda.

 

 

El artículo concluye afirmando que la pintura madrileña de los ochenta no fue una moda pasajera, sino un periodo decisivo que caló en tiempo real y abrió un ciclo de enorme productividad. Fue una constelación marcada por la libertad, el entusiasmo y la confianza en el arte como impulso vital, cuyos efectos siguen siendo visibles en la historia de la pintura española.

 

https://guillermodeosma.com/wp-content/uploads/2026/01/Los-80.-Catalogo.pdf

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