No son pocos los que piensan que este primer cuarto del siglo XX está siendo testigo de la emergencia de Málaga a la capitalidad del Mediterráneo occidental, porque en efecto el Mare Nostrum, el estudiado por Fernand Braudel y por David Abulafia y actual, no es uno sino dos: el estrecho de Sicilia separa dos mundos y no sólo por razones religiosas. Para formular esa afirmación puede invocarse los goles en propia puerta de las cuatro ciudades por así decir más históricas -Marbella, Génova, Nápoles y, entre nosotros, Barcelona: el Titanic hundido, en la metáfora de Félix de Azúa hace ya algunos años- pero también los méritos propios de la capital de la Costa del Sol: la naturaleza -la geografía, incluyendo el clima, que en efecto resulta envidiable- pero también, como siempre sucede, el capital humano, empezando por lo que desde Hegel, y en contraposición a los políticos, se llama la sociedad civil: de allí son, y lo ejercen, embajadores universales como Antonio Banderas y Pablo Alborán, y también personas de la calidad intelectual y humana, por citar sólo unos cuantos, de la estatura de un Salvador Moreno Peralta en Arquitectura, un Federico Soriguer en Medicina, un Antonio Diéguez en Filosofía o Epistemología, un Antonio Soler en Novela o un Teodoro León Gross en Periodismo. Y eso sin contar con el plantel de Catedráticos de Derecho Administrativo.
Y, además, con instituciones -privadas- tan relevantes como la Academia de Ciencias o la Real Sociedad Económica de Amigos del País, entre otras.
No me olvido del papel de los Alcaldes, gremio poco agraciado y entre los que suelen abundar los que (con su mejor buena fe, eso sí) se dedican a perjudicar gravemente a su ciudad y a los vecinos: piénsese, en Madrid, en las lumbreras que (primero en 2011-2012 y luego en 2017-2019) autorizaron la ampliación del estadio Santiago Bernabéu para que se pudieran celebrar conciertos o, en Barcelona, en los ideólogos de la política de vivienda que está llevando a que los precios de los arrendamientos se hayan disparado de forma absolutamente artificial. Sobre la Málaga democrática, la posterior a 1979, hace casi cincuenta años, no ha caído ninguna de esas plagas: lejos de ello, Pedro Aparicio (de cuya mano se aprobó el Plan General de 1983, Premio Nacional de Urbanismo, con Salvador Moreno Peralta por cierto como Gerente), Celia Villalobos y Francisco de la Torre -siendo cada uno de ellos de su padre y de su madre- han desplegado una gestión brillantísima. El esquema ideal: un mundo privado de primer orden y unos gestores públicos, de una u otra sigla, que eso resulta casi anecdótico, que no sólo no impiden la prosperidad, sino que la alientan. Bingo.

Poner en marcha la colección Tintablanca, sobre ciudades, con su texto escrito y también sus cuadros, ha sido una magnífica iniciativa. Recuérdese, por ejemplo, el libro sobre Sevilla, con el subtítulo de El pretérito perfecto, a cargo de la pluma de Ignacio Camacho y el pincel de Ricardo Suárez. Para Málaga no había mejores candidatos que, respectivamente, Rafael Porras -granadino de origen y con trabajo actual en Sevilla, pero esto último es, como diría Ortega, sólo una peripecia de la vida- y Salvador Moreno Peralta, que, a dibujante, nada tiene que envidiar a su (doble) colega Peridis, como por cierto se ha demostrado hace poco con la exposición de sus trabajos para la que fue la memorable rehabilitación de Melilla la vieja.
La mera reproducción de los capítulos del libro resulta no ya expresiva sino incluso entusiasmante. Así:
– Ansias de modernidad (páginas 13 a 30). Con referencia a los fenicios, a los romanos y, cómo no, a los tres pronombres del siglo XIX: Manuel Agustín Heredia, el de los altos hornos; Martín Larios y Herreros, el textil; y Jorge Lóring Oyarzábal, el de la pasa y el vino locales.
Y también, por supuesto, mencionando a Alberto Jiménez Fraud y José Moreno Villa, sin los que no se entiende la Residencia de Estudiantes ni en general la vida intelectual española de la llamada -con razón- Edad de Plata.
– El mar de Alcántara (páginas 33 a 54). También allí se acumulan los nombres propios (aparte, claro está, del propio del inolvidado Manolo, el del Dry maestrini): Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Alfonso Canales, Luis Cernuda, Arthur Koestler, Mercedes Formica y Ernest Hewingway, todos ellos del siglo XX en sus diferentes coyunturas y épocas. Con mención singular al Torremolinos de los años sesenta y, claro está, al Hotel Pez Espada, como símbolo del despegue del turismo y, en general, de la feliz modernización -normalización, occidentalización o como la queremos llamar- que se experimentó en aquella década, que sin hipérbole puede calificarse de prodigiosa. Y que, desde el punto de vista artístico, sin olvidar su colofón en 2003 con el CAC ubicado en el antiguo Mercado de Mayoristas (de Pescado) junto al río Guadalmedina.

Rafael Porras
– Agitación y serenidad (páginas 57 a 76) es el nombre que se da a los relatos sobre los pintores y los museos, empezando por el que, con su apertura en 2016, es el de Málaga, en el Palacio de la Aduana, cuya colección refunda los que fueron de Bellas Artes (de 1916) y Arqueológico (de 1947).
– Picasso persigue Palomas (páginas 79 a 98). No hace falta decir de qué va la historia: Plaza de la Merced y Casa Natal.
– La calle inventada (páginas 101 a 122). Ella es, por supuesto, la que lleva el nombre de Larios, con sus doce manzanas a cada lado, desde la Alameda hasta la plaza de la Constitución, que no habría sido posible sin haber ganado al mar, en época de Cánovas del Castillo, que era de allí, los terrenos de los que llamamos el Parque. La calle es hoy peatonal. “No están, era de esperar, los comercios tradicionales -cerrada la cafetería Lepanto, los últimos de Filipinas son la heladería Casa Mira, la farmacia Mata y la joyería Marcos-, pero Larios no ha perdido su función de paseo, de lugar de encuentro, de espacio público donde mirar y ser visto, donde asistir a los acontecimientos que colorean en rojo los días principales del calendario local”.
– Los ojos del mar (páginas 127 a 144). Y es que, hasta el ferrocarril desde Córdoba de 1865 y las carreteras -atravesando los montes o, mejor, subiéndolos y bajándolos- de comienzos del siglo XX, Málaga era casi una isla, que sólo se comunicaba con el exterior por el puerto. También ahí se encuentran deliciosas disertaciones sobre los barrios marineros del Este, como los Baños del Carmen, Pedregalito y, cómo no, El Palo, el del famoso internado de los jesuitas donde estudió, por cierto, el citado Ortega.
– Postales de un tiempo detenido (páginas 147-168). Mucho sobre palabras del dialecto local, como “merdellón” y “pechá”.

Procesión del “El cautivo” en la calle Larios durante la Semana Santa en Málaga
– Elogio de mitos, ritos y costumbres (páginas 173-192). Acerca de la Semana Santa, la Feria de agosto y los verdiales. Y también los iconos gastronómicos, con el espeto de sardinas a la cabeza.
– Los puertos del mar, el cielo y la tierra (páginas 197-214). Se narran, en efecto, las dificultades que la orografía pone para las comunicaciones. Y, claro está, también se habla del Aeropuerto, hoy una infraestructura internacional de primer orden, sin la que no sería posible el turismo ni, tampoco el poderoso Parque Tecnológico en el que gente tan cualificada ha encontrado su ecosistema.
– El mapa azul por descubrir (páginas 217-236). Es una suerte de síntesis y también de mirada al futuro, no sin desdeñar los riesgos de “morir de éxito”, porque, en el centro urbano, “la gentrificación creciente encarece la oferta hasta niveles insostenibles para el ciudadano medio”.
Hasta aquí, en apretadísima síntesis, el contenido del libro. Los autores no son neutrales: Málaga, la histórica y la actual, les entusiasma y son sus propagandistas. El autor de esta breve reseña tiene que confesar que a él no hay que convencerlo de nada porque, sin ser su ciudad natal ni haber vivido nunca allí, hace mucho tiempo que la frecuenta y la disfruta. Sí, hay muchas razones para pensar que, el Mediterráneo occidental ha acertado esta vez al elegir su ciudad insignia y ojalá que, hasta que llegue el turno de Alicante, que está llamando a la puerta, el reinado dure mucho.

Salvador Moreno Peralta
