Foto de Jasmine Carey

 

«Hay varias mujeres, en mi entorno, que han atravesado un recorrido similar al de una amiga que anda llevando y trayendo por media ciudad los abrigos de pieles». Parece semisomnámbula, o un poco zombi, preguntándose qué hacer con esa dichosa herencia. Camina con los brazos extendidos, a modo de bandeja, donde reposan las valiosas prendas, con una actitud de ofrenda fúnebre y una ambivalencia persistente: por un lado, “no quiero desprenderme de esto”; por otro, “no sé si quiero quedarme con estos restos”.

En ese estado aturdido va una y otra vez —alguien tiene que hacer limpieza y poner orden— a la casa de donde proceden el visón y el cadáver de zorro. El domicilio en donde vivió la fallecida propietaria, atendida, cuidada y también soportada por la heredera, que ahora se encuentra descentrada, agotada y dolida, preguntándose cómo se reorganiza el orden universal sin la primera figura que te constituyó.

Y así, medio ausente, ocurre que al entrar en el hogar —en su momento centro y orbe familiar— tropieza con un mueble traicionero. El desgraciado dedo meñique recibe un golpe seco, queda amoratado e inflamado, mientras ella jura en arameo entre lágrimas de dolor y rabia.

Se ha tropezado con ese vetusto y elegante arcón donde se guardan los recuerdos de la estirpe, de la tribu. El mueble le propina un topetazo para hacerse presente, para exigir ser abierto, mirado, tenido en cuenta. Porque lo que contiene sigue ahí, muy vivo, y si no se lo atiende, duele. Como acaba de demostrar. Tropieza con normas de educación, culturas, palabras, creencias y sueños de un linaje que atraviesa el tiempo y exige revisión, o atenerse a las consecuencias.

 

Foto de Lisetta Carmi

 

Una vez entablillado el dedo, sonados los mocos y secadas las lágrimas, arrodillada ante los antepasados, comienza a seleccionar qué objetos quiere que sigan acompañándola: fotos de abuelos serios y rigurosos, tías orondas y risueñas, postales de paisajes arcaicos, monederos de plata, reliquias preciosas, figuritas de mármol, jarrones chinos o de Teruel. Joyas de recuerdos vitales, de alegría y abundancia: identidad y valores envueltos en celofán de caricias y abrazos. Se deshace, en cambio, de medallas militares, historiales médicos, cartillas de racionamiento, vestigios de tiempos de locura y dolor. El coscorrón del meñique ha tenido su sentido, su porqué.

Al día siguiente, una vez más, toca abrir vitrinas, destripar armarios y revolver trasteros, donde se va encontrando lo que se busca y lo que no.

Los abrigos de pieles reposan sobre alguna cama, en posición yacente, esperando un destino incierto. En sus idas y venidas por la casa, mi amiga los mira de reojo, con aprensión y cariño, buscando una salida que parece imposible.

Uno de esos días toca afrontar la vitrina con las copas de cristal, la vajilla de porcelana y las mantelerías de hilo bordadas con caballitos de mar y flores de agua. Preciosidades inútiles a las que hay que encontrar sentido.

 

Foto de Brett Lloyd

 

Al abrir las puertas del enorme mueble acristalado, ve al fondo de un estante una caja brillante de ébano y, al alargar el brazo para cogerla, sin saberlo roza una polilla hibernada. El insecto despierta y cruza el aire proyectando una sombra oscura y fugaz. El sobresalto es monumental: un movimiento defensivo e inesperado la obliga a soltar la caja negra, que se estrella contra el suelo, mientras algunas copas, borrachas, se tambalean y caen con un estrépito acompasado.

Acurrucada y pequeña —como Alicia después de beber de la botellita que la encoge—, protegiéndose de la lluvia de cristales rotos, ve salir de la caja de ébano pulido sapos y culebras, demonios cornudos de lengua bífida, murciélagos babosos de colmillos sanguinolentos. En su cabeza resuenan ecos de maldiciones inconscientes: “¡Imbécil!”, “¡déjame en paz!”, “¡te odio!”, “¡ojalá te mueras!”, “¡yo no te pedí nacer!”, y otras lindezas del mismo estilo.

Una vez visto y oído el espectáculo, y espantados los monstruos con palabras de comprensión, perdón y consuelo, llega la calma. Quedan heridas leves, algún corte que necesita una tirita de sutura, un par de vasos de agua para pasar el trago y recuperar el ritmo de la respiración y la estatura. Aire.

De nuevo frente a la vitrina, hace recuento de daños. Se detiene a observar cómo la luz atraviesa una copa de vino y se descompone en colores, proyectándose esta vez sobre la librería que ocupa toda la pared a su espalda. Se gira siguiendo el haz de luz y se encuentra con el espectro, señalando los volúmenes de London, Stevenson, Shakespeare, Baroja, Julio Verne, Delibes, Mark Twain, Machado, Chandler, Calvino, Voltaire, Pessoa, Moravia, Bergamín, Tolstoi… Más aire. Más palabras.

 

Foto de Nathaniel Goldberg

 

Finalmente, decidida, toma de nuevo entre sus brazos los queridos y temidos ropajes de piel y sale a la calle en busca de la tienda que vio el día anterior, dedicada a arreglos y reformas, regentada por un amable y experto marroquí. Le entrega el enorme hatillo. Con tacto y delicadeza, él le explica que lo adecuado es adaptar esa noble herencia a los gustos y usos de su actual dueña. Eligen reformas: quitar peso, aligerar, dar un nuevo aire.

Con el mismo impulso, al salir de la tienda entra en una agencia de viajes y se para a contratar vuelos y estancias a Estambul o a Budapest, o San Petersburgo….

 Calentita, arropada y ligera, ya podría ir a la Antártida, si quisiera, tras poner algo de orden y concierto en la casa/cabeza que ha quedado vacía de presencia y cargada de recuerdos.

Para atravesar el dolor del duelo hay que ser paciente y valiente.

Que la fuerza te acompañe. Buen viaje, amiga

 

Foto de Mads Nissen