Me encanta San Valentín. Sí, claro, es una comercialización obscena y descarada del amor, una orgía de color rojo y tipografías cursis. Pero tampoco se pierde mucho por regalar una caja de bombones con forma de corazón. Frente a los que detestan San Valentín y le dedican memes airados, mejor aceptarlo como lo que es: la quintaesencia de la tradición kitsch.
Ya sabemos que el amor es un asunto distinto. En cambio, San Valentín no exige profundidad ni grandes gestos. Tiene sus fórmulas megasabidas. Un ramo de flores. Un corazón de cartulina rosa. Una mesa en un bonito restaurante con velas. Un poco de sexo. No es tan difícil. Es una coreografía que conocemos a la perfección. Y tampoco hace falta inventarse palabras altisonantes, poesías amorosas y pareados acerca de San Valentín, el amor sin fin. Solo hay que seguir las normas.

Foto de Douglas Kirkland
Pero, ¿cómo una festividad organizada para vendernos el amor romántico se enfrenta a una cultura cada vez más individualista y sexualmente menos activa?
Los expertos dicen que la recesión sexual, como la económica, no es inevitable. Es estructural. Y las estructuras pueden cambiarse. Tranquiliza saber que nuestra crisis puede ser detenida. Luego vemos en las estadísticas que a la hora de querer formar una pareja, salir a la calle con alguien mas que una mascota, son mayoría quienes no salen con nadie ni están interesadas en buscar pareja. Eso no significa que no quieran tener ninguna relación.

Puede ser que en esta sociedad cada vez más individualista y tecnificada, ya no sabemos cómo comunicarnos sin mediación tecnológica. Nos aterra acercarnos a alguien sin haber investigado antes su historial digital completo. Ahora el mundo real nos parece escaso, defectuoso, mal formateado.
Sufrimos parálisis a la hora de elegir. Cuando todo el mundo parece disponible en una escenografía virtual ilimitada, nadie en el bar de la esquina parece interesante. Solo podemos imaginar una posible pareja dentro de lo analógico, con su carrera, su afiliación política y la lista de fobias y filias visibles. Sin un link que lo especifique y un video adjunto que lo certifique, la atracción es un error del sistema.

Foto de Christophe Von Hohenberg
Además, las normas de género son rígidas e inexistentes al mismo tiempo. Se espera que los hombres seduzcan, pero con extrema responsabilidad. Se anima a las mujeres a ser libres, pero bajo la amenaza del juicio moral. Nadie sabe muy bien cómo se “supone” que debemos actuar.
Los hombres temen ser percibidos como acosadores. Las mujeres han interiorizado que muchos hombres pueden ser peligrosos. Parte de esa cautela está justificada, pero iniciar una conversación en público con un desconocido se convierte en un riesgo. ¿Y si es un maniaco sexual? Como es raro, parece sospechoso.
Pensamos lo peor de los demás. Nos alcanza el ácido de la guerra de género: que si a ellas solo les interesan los ricos y poderosos; que si ellos carecen de empatía. Y mientras tanto, nos citamos online porque es más fácil mantener la distancia emocional que arriesgarnos a que nos digan a la cara que no molestemos, por favor.

Foto de Stephen Shames
La primera cita se convierte en una prueba de evaluación. «Cuéntame de tu vida, que la mía ya me la sé», dicen. Presentamos nuestro currículum romántico, calculamos la devolución emocional de la inversión y si hay éxito firmamos contrato con un beso de reconocimiento. Tal vez la solución no sea abolir San Valentín ni esperar que una nueva tecnología determine nuestra pareja. Bastaría hablar con alguien sin haber leído antes su biografía digital. Aceptar el rechazo. No convertir cada interacción en un plebiscito moral.
Es por eso que San Valentín resulta igual de entrañable que un abuelo al que vemos poco. Es honesto. No pretende cambiar nada ni ser una app de citas. Es un recordatorio anual, cursi y azucarado, de que el amor, en su versión comercial, necesita que estemos presentes en una mesa compartida, o que hagamos un gesto concreto. Pero tampoco estamos obligados a celebrarlo. Incluso podemos regalarnos a nosotros mismos la caja de bombones porque de lo que todos estamos seguros, es que nos queremos un montón a nosotros mismos.
Pero si incluso terminamos celebrando el 14 de febrero solos, estaremos mejor en un bar de mala muerte con amigos y conocidos que mirando perfiles digitales que nos recuerdan que el amor, este año, sigue de rebajas.

