Foto de Amberes a comienzos del siglo XX

 

¿Qué es Amberes? ¿Es una novela? ¿O no lo es? Bolaño explica, en el prólogo de su obra, que durante la escritura del libro sentía un “desprecio por la literatura oficial” pero que aún “creía en la literatura, es decir, en los gestos inútiles, en el destino”.  Amberes no parece ser la típica novela que la tradición hispánica —siempre obediente y preocupada por su linaje— suele defender. No hay en ella una historia en el sentido literal de la palabra, ni una arquitectura narrativa que responda a las normas del desarrollo clásico de planteamiento, nudo y desenlace. Lo que ofrece Roberto Bolaño es una narrativa caótica sin centro ni periferia, hecha con fragmentos, escenas sueltas, voces sin coordenadas.

Desde su primera página, Amberes se afirma como un gesto de insurrección. En el estudio “Amberes de Roberto Bolaño: problemática de fragmentación y ambigüedad”, Juan Pablo Contreras cita de la entrevista que le realizó Andrés Braithwaite: “de la única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible”, dice. Su estructura es deliberadamente indescifrable. Salvo que Bolaño no es críptico por coquetería ni por pose vanguardista (aún cuando perteneció al infrarrealismo, tan cercano al dadaísmo) sino que su elección estética es aquí una forma de verdad. Parece abrevar para su arte en las más puras aguas del devenir de la vida humana que no tiene argumentos claros ni trayectorias previsibles. Quizás porque leyó a Restif de la Bretonne y al marqués de Sade, tienda a considerar que las novelas que intentan imponerle sentido a la experiencia sólo la empobrecen. Amberes, en cambio, avanza a golpes de intuición, de imágenes que aparecen y desaparecen como si uno viera una película rota (Memento, de Christopher Nolan, tal vez), en ocasiones es una caja de rompecabezas dada vuelta sobre la mesa a merced del azar: dice Jonathan Lethem en la contratapa de Alfaguara que “el lector se enfrenta a un tablero sobre el que se encuentran todas las piezas que necesita, aunque estén desordenadas”.

Cada fragmento —algunos de apenas un pequeño párrafo; otros, de tres párrafos alternados por un dibujo de la playa y el mar en Castelldefels; los más extensos, de dos páginas y media— parece poseer una autonomía feroz. Y sin embargo, entre ellos se construye un clima, una persistencia, un ritmo obsesivo. Los elementos se repiten como sueños recurrentes: un camping, crímenes, una pelirroja y un jorobado, policías y escritores, y la poesía cifrada que entredice bondad entre tanto mal. Pero todo ello es periférico. Lo que importa en Amberes no es el qué, sino el cómo, al igual que en El arco iris de gravedad de Pynchon, en el Ulises de Joyce, en El Quijote de Cervantes o en toda buena literatura.

 

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El propio Bolaño, que contaba con Julio Cortázar entre sus preferencias literarias, había celebrado en 62. Modelo para armar ese mismo gesto de fractura. “Es una novela en la que puedes entrar por cualquier parte, de la que puedes salir por cualquier parte”, dijo. En ambas obras lo importante no es el orden, sino cierto vértigo, el relato perdido entre capas de reflexiones y descripciones, el escape de lo lineal.

Al prólogo, Bolaño lo tituló “Anarquía total”, y tal anarquía en el arte, puede confundirse con desprolijidad cuando en realidad constituye un tránsito por los caminos de la informalidad. No hay jerarquía entre escenas ni progresión alguna, el esmero está puesto en la experimentación y en el uso de los recursos literarios. En este aspecto, Heidegger no pensaba “el florecer de la flor, el salir de una mariposa de su capullo, la caída de una cascada cuando la nieve comienza a derretirse” como meros acontecimientos físicos, sino como instantes en los que el ser se muestra. Una irrupción ontológica. En Amberes, la literatura emerge, es respiración o es un sueño y un delirio. Como fuera, cualquier intento de interpretación sistemática está condenado al fracaso, a menos que se lea con la misma consigna que Bolaño: “en la cabecera de la cama había pegado con una chincheta un papel que decía, ‘Anarquía total’”.

Así, la novela se convierte en una suerte de artefacto contra las convenciones. Amberes no busca lectores dóciles, porque Bolaño no la escribió para ningún público, sino “para los fantasmas, que son los únicos que tienen tiempo porque están fuera del tiempo”. Pero si ha de tener lectores, deben surgir del caos. Y deben inquirir, como Pascal en el lema del libro, por “los espacios que ignoramos y que nos ignoran”, en los que Bolaño, es probable, diga más de lo que uno imagina.

 

Roberto Bolaño