Si las cartas del tarot no pueden predecir el futuro, ¿por qué nos siguen atrayendo? La permanencia del tarot tiene menos que ver con libros secretos egipcios o códigos cabalísticos ocultos que con algo mucho más íntimo, la psique humana. Para comprender la continuidad del tarot, es más fácil recurrir al psiquiatra y ensayista suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) que repasar las coloridas pero dudosas leyendas de la historia del ocultismo. Para Jung, el tarot no era una reliquia de la sabiduría antigua ni un instrumento sobrenatural. Era algo posiblemente más profundo: un sistema simbólico que refleja las estructuras profundas del inconsciente.
La psicología de Jung surgió en parte como respuesta al reduccionismo que percibía en el psicoanálisis de Freud. Mientras Freud incidía en la represión personal y la sexualidad, Jung amplió el mapa de la psique. Propuso que bajo el inconsciente personal se encuentra una capa más profunda compartida por toda la humanidad: el inconsciente colectivo. Esta zona contiene arquetipos como patrones universales o principios organizativos que dan forma a la imaginación, el comportamiento y los mitos humanos. Los arquetipos no son ideas heredadas, sino posibilidades de representación. Estructuran la forma en que experimentamos las fases fundamentales de la vida humana: el nacimiento, la muerte, el amor, el conflicto, la transformación.
La riqueza simbólica del tarot se alinea de manera sorprendente con esta teoría. El propio Jung no era un estudioso del desarrollo histórico del tarot. Aceptaba la idea romántica de que las cartas estaban relacionadas con los adivinos gitanos y las tradiciones antiguas. Sin embargo, lo que realmente le interesaba no era su origen, sino su función. En seminarios celebrados a principios de la década de los años treinta, Jung describió las imágenes del tarot como imágenes psicológicas, símbolos con los que se juega, al igual que el inconsciente juega con su contenido. En su opinión, las cartas se asemejaban a imágenes oníricas, ya que se organizan y desorganizan como en un juego, formando patrones que reflejan la dinámica interior.

Esta noción de «juego» es fundamental. Jung creía que la psique no es estática, sino dinámica. Los sueños, las fantasías y las imágenes espontáneas surgen como compensaciones de las actitudes conscientes. Echar las cartas del tarot, con sus combinaciones aleatorias, imita esta aparición espontánea de las imágenes. La baraja mezclada produce una constelación de símbolos que pueden evocar una intuición, al igual que lo hace un sueño. El significado no lo imponen las cartas en sí, sino que surge de la interacción entre el símbolo y la psique.
Para Jung, la imaginación activa implica dialogar con imágenes internas, que vienen a ser figuras que aparecen en sueños o fantasías, y permitir que se desarrollen de forma autónoma. El objetivo no es la interpretación pasiva, sino un compromiso activo con el material simbólico. El tarot puede funcionar de manera similar. Cuando alguien contempla «El Loco», «El ahorcado» o «La Rueda de la Fortuna», no descifra un código secreto, sino que se encuentra con motivos arquetípicos que anidan en su propia estructura psíquica.
Consideremos los Arcanos Mayores, que vienen a ser el corazón de la baraja del tarot. Desde una perspectiva junguiana, estas cartas forman una secuencia simbólica de la propia identidad, y que viene a ser el proceso por el cual una persona alcanza la integridad psicológica.

«El Loco» puede entenderse como el arquetipo del «Yo» en su potencialidad o como el comienzo del viaje hacia la propia identidad. En términos junguianos, representa el estado original indiferenciado antes de que se imponga la conciencia del ego. Le sigue «El Mago», que simboliza el despertar de la voluntad consciente y la capacidad de manipular el entorno. «La Gran Sacerdotisa» evoca las misteriosas profundidades del inconsciente: la intuición, el conocimiento oculto, la figura del alma en la psique del hombre.
En las otras cartas nos encontramos con «La Emperatriz y el Emperador», el guía espiritual en «El Sumo Sacerdote», la tensión de los opuestos en «Los Enamorados» y la afirmación del poder del eg en «El Carro». Cada imagen representa conflictos universales como la autoridad y la rebelión, el instinto y la moderación, el deseo y el deber.
En cuanto a «La Muerte», «El Diablo» y «La Torre», Jung insistía en que el crecimiento psicológico requiere la confrontación con la sombra, los aspectos reprimidos, negados o no reconocidos de la personalidad. «El Diablo» puede interpretarse como la adicción, la proyección, la sumisión a los impulsos inconscientes. «La Torre», con su derrumbe tras ser alcanzada por un rayo, se asemeja a lo que Jung dijo que se produce cuando una actitud consciente unilateral se vuelve insostenible. La psique compensa, a menudo de forma dramática esos momentos que pueden parecer catastróficos, pero que son transformadores.

«La Muerte» está unida a la idea de transformación de Jung. Arquetípicamente, la muerte rara vez es literal; significa el final de una fase psíquica. Jung veía el proceso de individuación como una serie de muertes y renacimientos simbólicos. Las viejas identificaciones deben disolverse para que surjan nuevas formas de conciencia. Por eso la carta es menos un presagio de fatalidad que un recordatorio de la naturaleza cíclica de la vida.
«La Templanza», «La Estrella», «La Luna», «El Sol», «El Juicio» y «El Mundo» pueden interpretarse como etapas de integración. «La Templanza» sugiere la reconciliación de los opuestos, un tema central de Jung. «La Estrella» evoca la esperanza y la orientación hacia un principio rector. «La Luna» refleja la inquietante ambigüedad del inconsciente, donde abundan las proyecciones y las ilusiones. «El Sol» simboliza la claridad y la vitalidad. «El Juicio» y «El Mundo» pueden ser el despertar a una identidad más amplia que trasciende el ego estrecho.
El concepto de sincronicidad de Jung también arroja luz sobre el atractivo del tarot. La sincronicidad se refiere a una coincidencia significativa, una conexión acausal entre acontecimientos internos y externos. Cuando alguien baraja una baraja y saca una carta que parece extrañamente relevante, se puede experimentar una sincronicidad. Jung sostenía que la psique y la materia pueden estar vinculadas de forma que no se reducen a la causalidad lineal. Echar las cartas del tarot tiene sentido porque representa una situación psicológica en un momento concreto.

Jung veía en el tarot una herramienta para acceder a la sabiduría inconsciente. Las cartas no predicen el futuro, sino que articulan el panorama psíquico del presente. El «futuro» que revelan es a menudo la trayectoria implícita de la actitud actual de cada uno. Al hacer visibles las tendencias inconscientes, el tarot puede alterar esa trayectoria.
Jung y sus colegas del instituto de Zúrich experimentaron con el tarot. Estas exploraciones reflejan su apertura hacia los sistemas simbólicos. Jung era un gran conocedor de la alquimia, el gnosticismo y las tradiciones herméticas, no porque creyera en sus afirmaciones, sino porque veía en ellas las expresiones simbólicas de los procesos psicológicos. El tarot puede entenderse como un lenguaje simbólico que codifica el cambio psíquico.
Jung no negaba la importancia de la ciencia, pero argumentaba que el significado no puede reducirse a la medición. La psique se ocupa de símbolos, no de estadísticas. Para Jung, un símbolo es algo que no puede explicarse por completo; siempre apunta más allá de sí mismo. Las imágenes del tarot funcionan como símbolos. No se agotan con una sola interpretación.

Carl Jung
Esta inagotabilidad es precisamente la razón por la que el tarot ha llegado hasta nosotros. El mito de que las cartas descienden del perdido «Libro de Thoth» carece de fundamento histórico, pero expresa el deseo de los seres humanos de conectar con una sabiduría más profunda. Desde el punto de vista junguiano, el valor terapéutico del tarot no reside en la predicción, sino en el diálogo. El lector no es tanto un profeta como un analista. En la persona que consulta sus conflictos internos en las cartas salen a la superficie los deseos ocultos.
En una época aún marcada por el racionalismo, el tarot puede servir de contrapeso. La Ilustración valoraba la razón, la claridad y la prueba empírica. Jung no rechazaba estos logros, pero advertía que una visión del mundo exclusivamente racional empobrece el alma. Cuando se descuida la vida simbólica, esta regresa en formas distorsionadas: movimientos de masas, fanatismo, neurosis. Sistemas como el tarot ofrecen un espacio en el que el pensamiento simbólico puede florecer con seguridad.
Jung nos ayuda a entender el tarot no como una reliquia de sociedades secretas, sino como un espejo de la arquitectura de la psique. Las cartas dramatizan el viaje arquetípico que todo ser humano emprende a lo largo de la vida. Exteriorizan los procesos internos, dándoles forma y narrativa. Ya sea que se llame a esto viaje arquetípico, búsqueda de la propia identidad o autodescubrimiento, la esencia es siempre la misma. Buscar un significado a nuestras vidas.

