En Los amigos fieles (Ediciones B) Javier Rovira utiliza el andamiaje de la novela negra para formular una pregunta incómoda: ¿cuántas cosas estamos dispuestos a justificar en nombre de la lealtad? Desde las primeras páginas, la novela plantea que la amistad —ese valor socialmente blindado— puede operar como una forma de violencia lenta, un pacto de silencio que sustituye la ética por la costumbre y la responsabilidad por la nostalgia compartida.
La novela, cuyo título no alude a un final sino un comienzo, señala que la fidelidad no es una elección consciente sino una inercia, una obediencia a lo que se fue y ya no es. Los personajes no permanecen unidos por el afecto, sino por el miedo a romper el relato común, a asumir que los años compartidos no condujeron a ningún lugar habitable. En ese sentido, Javier Rovira propone una inversión radical del imaginario sentimental porque no hay traición más grave que decir la verdad demasiado tarde.
El detonante narrativo ocurre en una cala perdida del Cabo de Gata, cuando aparece una barca con un extraño maniquí que interrumpe el sexo que practica con entusiasmo una pareja. Un lugar en el que dos familias, cuya amistad nació en el Madrid de los años ochenta, han decidido pasar unas vacaciones idílicas en una lujosa casa de la costa almeriense.

Pero este maniquí, como el posterior adolescente desaparecido, importa menos por su función criminal que por su potencia simbólica. Es el signo de algo falso que ocupa el lugar de un cuerpo, de una ausencia que exige ser explicada. Javier Rovira prescinde deliberadamente de las fuerzas del orden (la Guardia Civil en este caso) porque la resolución del caso no vendrá de fuera. No hay redención posible a través de la ley cuando el problema no es lo que se hizo, sino lo que se aceptó durante décadas sin protestar.
La dimensión generacional es clave en este planteamiento moral. La Movida madrileña aparece despojada de romanticismo. Ya no es la edad de oro cultural, sino un laboratorio de irresponsabilidad colectiva donde se confundieron libertad y falta de consecuencias. Aquellos adolescentes de Carabanchel que soñaban con ser estrellas con un grupo de música, fracasan no solo en términos vitales, sino éticos. La novela sugiere que ciertas generaciones no envejecen: simplemente arrastran sus errores hasta que el contexto —otro país, otro paisaje, otro clima— los hace visibles.
En este sentido, el Cabo de Gata no es un escenario, sino una metáfora moral. Su belleza extrema no ofrece consuelo; al contrario, funciona como contraste frente a la degradación interior de los personajes. Como en el mejor noir, el entorno no refleja la verdad, la contradice. El sol no ilumina, expone. El mar no limpia, devuelve restos. Todo lo que parecía enterrado reaparece deformado, como si la naturaleza misma se negara a seguir guardando secretos humanos.

Una cala del Cabo de Gata
La crítica social que atraviesa la novela —la trata de personas, las pateras, la violencia económica— no opera como denuncia externa, sino como espejo. Javier Rovira evita el gesto tranquilizador del señalamiento moral hacia otros porque sabe que el verdadero núcleo de su novela es más incómodo: la certeza de que el mal no irrumpe, se administra. Se negocia día a día en pequeñas renuncias, en silencios estratégicos, en la decisión reiterada de no mirar demasiado cerca.
«Los amigos fieles» propone, en última instancia, una ética del desgaste. No hay caída abrupta ni un acto irreparable único, sino una suma de concesiones que terminan por vaciar de sentido palabras como amistad, compromiso o memoria. El suspense no reside en descubrir la verdad, sino en comprobar hasta qué punto todos los personajes la conocen y aun así continúan viviendo como si no fuera con ellos.
Javier Rovira ha escrito una buena novela negra que no resulta fácil dejar de leer. Pero lo ha hecho desde un noir psicológico donde algunas relaciones no se rompen porque duelan, sino porque ofrecen una coartada perfecta para no cambiar. Y que hay afectos que no salvan, solo retrasan el momento de aceptar la propia responsabilidad. Cuando ese momento llega —si llega— ya no queda nadie a quien culpar sin mentirse de nuevo.

Javier Rovira
Javier Rovira (Almería, 1967) es novelista y pianista profesional, profesor de conservatorio en Madrid y licenciado en Filología Hispánica. Ha estudiado en Madrid, París y Bruselas, y ofrecido recitales en diversos países. Fundó y dirige el Festival Clásicos en el Parque, que se celebra anualmente en Rodalquilar, en el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar (Almería). Ha publicado las novelas «Sesión Privada» (Temas de Hoy, 2012) y «Mala mar» (RBA, 2023).
