El diseñador italiano Bruno Munari

 

¡Ah, Italia! La eterna tragicomedia donde la historia no se escribe sólo con tinta, sino también con sangre, venganza y un poco de diseño industrial para disimular el caos. El escritor Giampiero Mughini, ese veterano del periodismo italiano que ha sobrevivido a más ideologías que un camaleón a sus mudas de piel, nos ofrece con su último libro «Contrahistoria de Italia. De la muerte de Mussolini a la era Berlusconi» (Bompiani, 2024) un puñetazo en la mesa disfrazado de ensayo. No es un libro para nostálgicos de batallas perdidas ni puristas que aún sueñan con un paraíso terrenal. No, señores: es una disección feroz de más de setenta años de política, cultura y sociedad italiana, donde Mughini, con su pluma afilada como una navaja siciliana, que por algo nació en Catania, desmonta los tabúes fundacionales de la República.

Y lo hace mezclando la historia con su memoria personal, la crítica con la investigación, los libros con las imágenes y personajes que han moldeado –o deformado– ese maravilloso país. Desde los anhelos fratricidas de la posguerra hasta la guerrilla ideológica de los años 70, pasando por los linchamientos físicos y mediáticos de la Segunda República con Pasolini, Bilenchi, Ramelli, Craxi, Berlusconi… Mughini organiza un circo de tres pistas donde los payasos son los ideólogos y los leones, los hechos históricos.

Empecemos por el meollo, ese «tabú fundacional» que Mughini clava como una estaca en el corazón de la narrativa oficial italiana. La República, nos dice, nació de una «Guerra Civil», aunque duela admitirlo. Para los que aún guardan nostalgia de la lucha armada, como si fueran veteranos de un videojuego revolucionario; para los que creen que la «Liberación» fue un acto que borró el mal del mapa, como un detergente milagroso; para los que olvidan que ayer eran fascistas irreductibles y hoy expartisanos de toda la vida, cambiando de chaqueta más rápido que un político en campaña; y para los que saben, en el fondo, que toda intransigencia ideológica revela los «fundamentos bestiales del proselitismo».

 

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Mughini no deja vía de escape y expone la hipocresía colectiva como sábanas recién lavadas y tendidas al sol del mediodía. Mantiene un tono que mezcla la confesión con el latigazo y nos obliga a mirarnos en el espejo de la historia, donde el reflejo no es heroico, sino un mosaico de ambigüedades y contradicciones. ¿Guerra Civil? Sí, y no una de esas románticas de Hollywood, sino una que dejó un reguero de odios que aún infecta el debate público en 2026, cuando ya deberíamos estar discutiendo sobre la inteligencia artificial y los nuevos excesos del siglo XXI en lugar de revivir los fantasmas de 1945.

Pero Mughini no se queda en la nostalgia más o menos sangrienta. Eso sería demasiado predecible para un intelectual que ha recorrido la segunda mitad del siglo XX desde los ángulos más variados… Su libro no es un lamento por las locuras políticas –desde los escuadristas fascistas hasta los terroristas rojos–, sino una celebración irónica de la Italia que vive en la sombra perpetua, o tal vez, sería mejor decir en la amnesia interesada.

Un tercio del ensayo está dedicado al deporte, el diseño y la fotografía, esa «Italia diferente» que los historiadores profesionales relegan al pie de página, como si fuera un apéndice menor. Mughini eleva a Carlo Collino. Bruno Munari, Ferdinando Scianna, Enzo Mari…  al mismo pedestal que los políticos. ¿Por qué? Porque está convencido de que el genio humano brilla más en los objetos cotidianos que en los discursos pomposos. Esos diseños producidos en masa para «la elevación estética de millones de personas» revelan más sobre nosotros que cualquier manifiesto ideológico. Es una bofetada a la idea de que «todo es política», ese rosario que ha convertido a Italia en un ring de boxeo eterno. (¿Les recuerda algo?) Mughini, con su ferocidad sutil, nos dice: basta de obsesionarnos con los poderosos; miremos los claroscuros, donde la política se entreteje con las relaciones personales, y tampoco los héroes son perfectos. Si la historia enseñara algo, sería la complejidad, no el maniqueísmo.

 

Comprando listones precortados de pino, clavos y un libro de instrucciones, el diseñador Ezio Mari construyó una silla utilizando solamente un martillo. El diseñador ideó la silla Sedia 1 frente al público de la Feria de Milán de 2010,

 

Cada capítulo de su libro va precedido por una imagen que actúa como un portal simbólico. La portada de un libro de Romano Bilenchi, una foto de Fausto Coppi, dibujos de Munari, la foto del asesinato de un guerrillero del Vietcong por un oficial de la policía survietnamita al que acaban de matar a su hijo… Estas ilustraciones no sirven de decorado; son armas narrativas. Preservan momentos que el tiempo borra, ayudan a memorizar eventos, y recuerdan que «los artículos se miran, las fotografías se leen», como decía el gran periodista Leo Longanesi.

Mughini, maestro del gusto, lo emplea para desarmar los tópicos. Su recorrido es transversal: historia, política, deportes, diseño, artes visuales, fascismo, minifaldas, amor, terrorismo rojo, Craxi, Berlusconi… Todo entrelazado con su autobiografía cultural, desde su Catania natal y la revista «Giovane Critica» hasta su despedida de la izquierda en «Compagni, addio» (1987), un libro que le cerró puertas como si fuera un hereje frente a la Inquisición. «Hubo una época en que me molestaba que alguien me insultara en un periódico. Hoy ya no me produce frío ni calor «.

Mughini no ahorra detalles personales, como su padre fascista –»un buen hombre, todo lo demás es basura». Una vivencia le que duele como un puñetazo: el joven Mughini, izquierdista radical, admira al «rebelde», solo para que su padre le revele la verdad. Resultado: las etiquetas ideológicas son máscaras que ocultan las contradicciones humanas.

 

El escritor y periodista Giampiero Mughini

 

El 25 de abril, aniversario de la Liberación italiana en la Segunda Guerra Mundial, no fue el paraíso prometido, sino el fin de una Guerra Civil trágica. La ola de esperanza fomentó ilusiones, pero la realidad fue ambigua: matices intermedios que no cabían en categorizar el bien/mal. Aún hay quienes explotan la polarización fascismo-antifascismo para fines instrumentales, ignorando que la República nació marcada por la sangre, la venganza y el odio mutuo, con la ayuda de los tanques estadounidenses. Mughini lo critica ferozmente: «¿Cuántos de quienes hablan de ‘fascismo’ y ‘antifascismo’ saben realmente de qué hablan?». Su evolución personal –de izquierdista a crítico transversal– se forjó en episodios como la muerte de Sergio Ramelli, un joven fascista asesinado en 1975, cuyo nombre antes se ignoraba como si hubiera muerto de gripe. Ahora, se menciona, y Mughini lo celebra como un paso hacia una narrativa unificadora, sin justificaciones. Una actitud que para él es parecida a la que mantiene hacia el antiguo líder del Partido Socialista italiano Bettino Craxi: exiliado, no fugitivo, un gran político olvidado merecedor de respeto tardío.

La cultura de la posguerra, nos dice, solo ilusoriamente estaba hecha de «hombres nuevos». Los veinteañeros de los años 60 bebieron la idea de una cultura radicalmente nueva, pero era falso. El filósofo Antonio Gramsci, muerto en la cárcel durante el fascismo, no agotaba todo.  Perfiles como el diseñador industrial Giò Ponti, el escritor Alberto Savinio, el pintor Giorgio De Chirico, el periodista Leo Longanesi, el diseñador Bruno Munari o el arquitecto Luigi Moretti persistieron. La equivocación fatal resulta de explicar todo por la división hostil entre fascismo y antifascismo, borrando vanguardias como el futurismo de Marinetti, por haberse entrelazado con el régimen fascista.

En el capítulo sobre Berlusconi, Mughini describe cómo este «hombre tan rico y poderoso» llenó el vacío de los partidos en crisis, convirtiendo la política italiana en un referéndum permanente en pro o en contra él. Los partidos, dice, ya no existen: faltan certezas absolutas. Esta «Contrahistoria» es también un elogio del individualismo humanista a través de biografías de artistas, escritores, actores… Mughini enseña que no todo es blanco o negro, y pide abandonar las ideologías petrificadas para no hacernos daño. Dediquémonos a lo hermoso: libros, diseño, pasiones. Su batalla contra el maniqueísmo, forjada con sus vivencias, nos enseña que la Historia es una contradicción que no invita a simplificar. Mughini nos invita a verlo con ironía y no ilusionarnos con mitos falsos. Un gran ensayo que no consuela, pero que ayuda a despertar del siglo XX cuando ha transcurrido más de un cuarto de siglo del posterior.

 

 

El tenedor del diseñador italiano Bruno Munari, 1958