Foto de Rodolfo Franchi
Hay ríos de tinta literarios, filosóficos, sociológicos y psicológicos sobre el infinito trajín que se desata en las fiestas de Navidad en Occidente. Según acabé la carrera, entré como becaria en el Departamento de Psicología Aplicada de la facultad y recuerdo que una de las primeras cosas en que nos encargaron a los felices protopsicólogos clínicos fue la preparación de un guion para un programa de radio dando indicaciones para afrontar las Navidades.
Mi sorpresa fue mayúscula; ¿Cómo? ¿afrontar las Navidades? A-F-R-O- N- T -A- R, como si de una pelea o un trauma se tratara. Para mi feliz ingenuidad, el tiempo de amor y paz por antonomasia no se afrontaba, se disfrutaba, se celebraba. La Nochebuena, los villancicos, el turrón, el confeti, los Reyes Magos, han sido siempre sinónimo de bienestar y vacaciones y alegría, para mi fortuna. Mi nombre lo traigo de ahí: “Campanas de Belén”. Esta en el recuerdo feliz de mi infancia, y creo que en la de muchos. La Navidad, gira en torno a un niño, pertenece a los niños y está inscrita en lo infantil de los adultos.
Al toparme con la elaboración de ese encargo radiofónico, fui oteando otras vivencias, y otras facetas más regulares que buenas, más enganchadas al trauma y la pelea que a la Noche de Paz.
Es un momento de excesos con todo lo que eso remueve, representa y desata.

Antoine – François Callet – Saturnalia, o El Invierno 1783. Museo del Louvre de París.
Heredera de las Saturnales romanos, la Navidad es un “tiempo fuera” en donde se da lugar a la excepción y se amplia la frontera del todo vale, con la diferencia de que ya no es una juerga, la Navidad convierte ese permiso de contravenir las normas, burlarse y excederse sin culpa por un tiempo limitado, en un disfrute moralizado, en una confrontación con “el deber ser”; hay que sentir y estar en modo bondadoso y correcto, con buenos sentimientos, con una familia feliz y celebrando la plenitud y esperanza que promete la cristiandad.
Las Saturnales coinciden con las fechas del solsticio de invierno, alejándose de la oscuridad y celebrado la vuelta a la luz y al Sol. La Navidad aprovechó las fechas y ciertas costumbres de esa popular festividad para celebrar la llegada de la Luz y la promesa de esperanza y vida eterna, huyendo de la oscuridad del pecado.
La fiesta romana marcaba el exceso en un tiempo determinado, y de esta forma confirmar el orden al contener y limitar el desorden. Malabarismos del poder.
En la Navidad el mensaje se trasforma: consiste en celebrar y seguir un modelo de comportamiento y sentimiento precisos, buenos y ejemplares, que puede entenderse como un Ideal del Yo que puede acabar siendo torturante porque la realidad es distinta a lo indicado. Y por ahí se cuelan los desvaríos.

Resulta que la familia puede que no sea una familia feliz y bien avenida. Para empezar las negociaciones sobre donde se pasan las fechas claves, con qué familias, la de origen o la política. A saber: Noche Buena, Navidad, Año viejo, Año nuevo y Reyes, en la mayoría de las ocasiones no tienen nada que envidiar a la complejidad de las negociaciones de la ONU. Y siempre suele acabar alguien mosqueado, porque tiene que pasar, en territorio enemigo, las ansiadas y temidas fiestas.
Y una vez sentados a la mesa, o reunidos en el reparto de regalos, el retorno de lo reprimido hace presencia como un fantasma cruel, cuando la jefa de la tribu reparte una tajada aparentemente mejor, o da un regalo percibido como más valioso, a la hermana, al cuñado, o a la hija del hermano. La rivalidad vuelve a re-sentirse, gamberreando como un fantasma entre las panderetas y confeti.
Otro lado oscuro es la tristeza que inunda y empapa el piso y las paredes llegando hasta el techo, goteando lágrimas de añoranza por aquellos imprescindibles que desaparecieron y no se encuentra manera de evitar la presencia de la ausencia.
También puede pesar el mandato de “¡se feliz que es Navidad!”, porque es posible que uno no encuentre en su cuerpo una brizna de salero que le sirva para estar de celebración en celebración y de fiesta en fiesta. El personaje “El Grinch”, que odia la Navidad, no debió ser inventado por casualidad.

Así que, si bien porque toca cenar en el lugar contrario al deseado -es mejor consolarse pasando el rato, de bocado en bocado y de trago en trago-; o bien porque afortunadamente, en esta ocasión -estoy en lugar seguro y voy a brindar por ello-.
En ambos casos, y como ya estamos copa en mano, podemos echarnos unas risas parodiando a la vecina del quinto que es una hortera, mientras degustamos turrón.
O porque estoy muy triste recordando quien me falta, o porque estoy feliz porque tengo a mi alrededor a la gente que quiero, brindamos, de nuevo, por su recuerdo y/o por los presentes, y comamos y disfrutemos los manjares que prepara siempre la abuela o, -como los preparaba la abuela-.
El caso es que las Saturnales, orgiásticas, permisivas y burlonas, se filtran en la Dulce Navidad que pretende ser casta y contenida pero no se le puede poner puertas al campo y los sedimentos de la historia nutren el presente y la naturaleza humana es la que es. No es incompatible ser terrenal y mundano con la esperanza y la bondad. Así que cuando suenen las “Campanas de Belén” estemos como estemos y donde estemos celebremos la vida, la alegría y la abundancia. La esperanza de la llegada de la Luz.

