Foto de Chloe Meynier
Me mandaron a una paciente a la que esperaba aquella tarde agradablemente soleada, en la que yo veía desde el ventanal pasear y solazarse alegremente a la gente por la plaza, contentos por ver y sentir el calor y la luz del sol. El cielo, por fin, iba escampando. No para todos.
Acudió muy puntual a la hora acordada. Cuando le abrí la puerta me sorprendió verla entrar haciendo auténticos equilibrios y maniobras, pues venía con dos fardos enormes de paja —también tienen el curioso nombre de “pacas”—, uno a cada lado de su cuerpo, a los que apenas alcanzaba a abarcar con el perímetro de sus brazos. Y otro más grande aún encima de su cabeza, por lo cual tuvo que agacharse, contonearse y perfeccionar sus destrezas para pasar con semejantes cargas, tan voluminosas como inverosímiles.
Se sentó en la butaca correspondiente, que yo me había esforzado —con mucho interés— en elegir cómoda, confortable y amplia. Pero aun así todo le venía, lógicamente, muy justo. No se desprendió ni un instante de sus inmensos paquetes, que rebosaban junto con sus brazos a ambos lados del asiento. Yo miraba, atenta y sorprendida, el inmenso cilindro —la “gran paca”— que reposaba con absoluta naturalidad y destreza encima de su cabeza.
Las personas que vienen a la consulta a veces traen cosas, aparentemente sorprendentes, en sus cabezas.

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La mujer comenzó a hablar. Me contó que estaba desolada y desgarrada en medio de un proceso de divorcio. No daba crédito al comportamiento de su marido. Nunca, jamás en su vida, hubiera imaginado que fuera capaz de determinados actos que la tenían tristona y enfadadísima. No entendía cómo había podido traicionar de esa manera la idea que ella tenía de él ni los ideales que habían compartido juntos.
Habían tenido que contratar abogados, los dos, porque no había manera de acordar nada. Ella no quería ni una brizna de él, ni que se quedara con absolutamente nada de lo compartido.
Yo le comenté que parecía que la imagen ideal que ella tenía de su pareja, o de su matrimonio, se había roto. Me respondió, derramada en lágrimas, que estaba destrozada, hecha añicos como un maldito jarrón chino estampado contra el suelo. Se preguntaba, en voz alta, cómo había podido querer tanto a una persona a la que ahora mismo odiaba tanto, y cómo podía haber sido tan tonta de no ver la realidad.
Torpe e ingenuamente le dije:
—Está usted escindida.
Ella dio un respingo intenso, provocando que algunas pajas del fardo de su cabeza fueran cayendo sobre ella y sobre el entorno, dejando briznas por doquier.
—¡Pues claro que estoy encendida! —respondió—. ¡Estoy que trino, estoy que echo chispas!

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Durante un instante temí que la combustión de su ánimo hiciera prender la yesca. Y, contrariada conmigo misma por haber utilizado un tecnicismo poco compatible con el buen hacer terapéutico, le expliqué que cuando nos decepcionamos sentimos un dolor profundo y que, en esos momentos, puede resultarnos imposible conciliar el amor, el cariño y el respeto que se ha tenido por alguien con el enfado y la rabia producto de la decepción. Le expliqué que los psicoanalistas llamamos a eso “escisión”: una división interna que separa lo bueno de lo malo para poder soportar el impacto emocional. Pero añadí que su interpretación —la de estar encendida— era muy valiosa y reveladora, porque describía con precisión la intensidad de sus sentimientos.
La decepción, por mucho que duela, es una experiencia enriquecedora y necesaria para organizarse con la vida. La distancia entre lo que se deseó y lo que efectivamente hay produce una convulsión tremenda que daña la idea de los demás y también la de uno mismo. Si se atraviesa adecuadamente, sin negarla y sin liarla parda, la decepción puede ayudar a reorganizar, y facilitar vivir más en contacto con la realidad que con los ideales y añoranzas, haciendo más viable la posibilidad de estar tranquilos, contentos y conformes con la vida.
La tensión desconcertante del fallo de lo encumbrado eleva los niveles de agresividad y enciende deseos furiosos de ataque, que los astutos abogados rentabilizan holgadamente. Uno se va cargando de fardos de razones —tan evidentes, tan fútiles y voluminosas como aquellas “pacas”— que ponen en peligro la integridad del pensamiento. Cada fardo este compuesto de un montón de certeza incuestionables: A mayor dolor, mayor necesidad de simplificación, y mayor dificultad para asumir la divertida complejidad de la vida con la menor carga de tragedia por centímetro cuadrado posible. La escisión protege del colapso, pero al precio de empobrecer la complejidad.

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De puntillas le señalé que dentro de ella convivían dos versiones de su marido: el hombre amado y el hombre odiado. Y que ambas podían ser verdaderas, aunque ahora resultara insoportable pensarlas juntas. Significa aceptar que el objeto amado no es idéntico al ideal, y que en los juegos de amor siempre hay una cuota de desconocimiento que abre la vía de la decepción. Así son las cosas del querer.
Pequeños montones de briznas de paja se iban soltando de los fardos aligerando el peso y el volumen de la monumental tragedia.
La decepción marca el final de una ilusión, pero también el comienzo de una vida más real con uno mismo y con los otros. Supone aceptar que el otro es otro, con zonas luminosas y zonas opacas.
El cielo escampa a su ritmo. A veces primero afuera. Después, lentamente, adentro.

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