La consagración de Napoleón y la coronación de Josefina (1806)

 

El pintor Jacques-Louis David (1748-1825) fue el camaleón que pintó la Revolución con sangre y el Imperio con oro. ¡Qué trayectoria tan coherente! El escritor e historiador David Chanteranne, autor de la biografía del pintor «Jacques-Louis David: L’empereur des peintres» (Passés Composés, 2025)  (Jacques-Louis David: El Emperador de los Pintores) nos desvela su historia de una forma ágil y reveladora. Chanteranne escribe que el pintor “abrazaba constantemente su pasado” para moldearlo a su gusto. Así, del regicida que firmaba sentencias de muerte al cortesano que diseñó la silla del Emperador Napoleón hay solo un pincel de diferencia… y una buena dosis de amnesia selectiva.

Nacido en 1748 en una modesta familia de clase media parisina, Jacques-Louis era un buen pintor que ganó un gran premio de pintura en 1773, lo que era esencial para hacerse notar y empezar su carrera. Desde entonces su estrella sube sin freno. En 1782 ya vive en el Louvre, se casa con una joven de 16 años, Marguerite-Charlotte Pécoul), entra en la Academia al año siguiente y en 1784 estrena El Juramento de los Horacios, ese manifiesto neoclásico que verán 60.000 personas. En su biografía, Chanteranne lo proclama “líder de los neoclásicos”. Líder, sí; pero del arte de caer siempre de pie.

 

 

 

Llega la Revolución y David se radicaliza con la velocidad de un oportunista profesional. La Bastilla cae y él pasa de pintar para la corte a desear que María Antonieta sea “estrangulada o descuartizada por los alborotadores”. Separado de su esposa monárquica en 1790 que no aguanta su fervor jacobino, firma la destrucción de las estatuas de Luis XIV, se une a los jacobinos, vota la muerte del rey y preside la Convención en 1794. Firma decretos para el cadalso, asiste al juicio de la reina, organiza la Fiesta del Ser Supremo (ese circo pomposo donde Robespierre quema una estatua del Ateísmo y sale chamuscado, provocando carcajadas generales). Chanteranne lo resume con fina ironía: “Francia acababa de caer en el abismo. Y con ella, el destino del pintor”. Mientras tanto, David inmortaliza mártires: Marat asesinado (una piedad laica con bañera por sepulcro), El joven Bara… Propaganda con aureola revolucionaria.

Pero el Terror tiene fecha de caducidad. Robespierre cae, y David suda, tartamudea. Apodado “el caradura” por sus enemigos pasará en la cárcel cuatro meses. En su defensa ante la Asamblea, balbucea: “¡No se imaginan hasta qué punto me engañó este desdichado de Robespierre!”. En el fondo David hace lo de siempre: denunciar al jefe caído para salvar el pellejo. Liberado “por motivos de salud”, el pintor emerge del abismo como si nada. El Directorio lo amnistía, las costumbres vuelven a ser del Antiguo Régimen (¡qué alivio para el ex jacobino!), y él pinta El rapto de las sabinas: desnudos masculinos juveniles imponiéndose a la modestia femenina. Clasicismo puro, escapismo conveniente. Y entonces entra en escena Napoleón Bonaparte.

 

Juramento de los Horacios de 1784.

 

Se encuentran en Italia, en 1797. Chanteranne lo celebra como una “pareja perfecta; nunca más se separarían”. El pintor que votó decapitar al rey para  a ser el que diseña uniformes consulares y se gana la absoluta confianza del Primer Cónsul, Napoleón Bonaparte. En 1804, con el Imperio proclamado: David, obtiene la  Legión de Honor y  pinta la Coronación (1808), donde Napoleón se corona a sí mismo y David inmortaliza el momento como si fuera el regreso de los Césares. Luego su hijo Eugène resultará herido en la batalla de Austerlitz, mientras él consolida el régimen con lienzos colosales. Ha entendido que el arte es siempre propaganda, aunque se pinten abejas. Instala su taller frente a los Jardines de Luxemburgo y forma un “ejército” de discípulos: Gros, Granet, Ingres… Diseña estandartes, sillas imperiales. En su entrevista con Pascal Boniface, Chanteranne afirma: “Sin darse cuenta, inventó una alegoría del Legislador” que sirvió de modelo  a todos los jefes de Estado franceses hasta Georges Pompidou (1911-1974). Jacques Louis David ha pasado en menos de diez años del terror jacobino al proto-fascismo estético.

 

Uniforme cívico de un ciudadano francés 1793

 

Cae Napoleón y en 1814 Luis XVIII vigila como si fuese un delincuente a David. Con el regreso de Napoleón al poder y sus Cien Días tendrá un breve reencuentro con el “gran hombre”. Pero David, enfermo de gota y previsor, huye a Bruselas el día antes de la derrota napoleonica. Llega el exilio definitivo. Chanteranne cuenta que rechaza pintar al Duque de  Wellington. “Solo pinto historia”, dice. Morirá en 1825 a los 77 años, coincidiendo con la onomástica de San David, un capricho divino, según el biógrafo. Carlos X impide el regreso del cadáver. Solo el Segundo Imperio lo rehabilitará. Ironía suprema del destino: el regicida exiliado por lealtad a un emperador será redimirá por otro emperador.

 

Napoleon cruzando los Alpes, 1801

 

Chanteranne defiende el paralelismo entre Napoleón y el pintor. Ambos viven la Revolución, el Terror, la rehabilitación, el exilio. David funda una escuela con 600 alumnos, pero desprecia las academias. Exige fortunas (60.000 francos por la Coronación, unos 4 millones de euros hoy). Subvierte iconos religiosos en mártires laicos (Marat). Los retratos íntimos (su autorretrato preso) se alternan con la propaganda monumental. El autor de la biografía admite el resentimiento del pintor contra las instituciones, pero también la arrogancia.

La exposición del Louvre, clausurada hace unos días, y el catálogo de la misma insistían en que David es un “político esencial” mas que un pintor neoclásico. Transformó la formas inserto el arte en la realidad. Delacroix lo reconoció: “Todo deriva de David”, pese a odiar su “gobierno tiránico”. Stendhal lo tildó de incapaz de pintar almas. Sin embargo, el revolucionario que guillotinaba mecenas acabó pintando al nuevo rey absoluto con más devoción que cualquier monárquico de nacimiento.

 

Madame Récamier (1800)

 

En su libro, David Chanteranne nos regala el retrato de un Proteo de la pintura. Un jacobino sanguinario que se convierte en propagandista imperial, un radical que impone la academia que desprecia, un regicida que muere exiliado por fidelidad a un tirano coronado. Pero también un oportunista genial porque fue un superviviente. Abrazó su pasado para venderlo al mejor postor. Un genio, sin duda. Y una contradicción ambulante. Como tantos y tantos otros.

 

La muerte de Marat (1793)