Heinrich Heine

 

Es un hecho notorio que, en Europa, la primera mitad del siglo XIX constituyó uno de esos períodos que se llaman fundacionales, porque a partir de ellos todo pasa a ser distinto. Fue la época de la industrialización y la urbanización (dos maneras de designar un fenómeno único), con el ferrocarril como realidad estelar: línea París-Saint Germain en 1837 y (nosotros, siempre con retraso) Madrid-Aranjuez en 1851. Orlando Figes, en su libro “Los europeos”, con protagonismo de Ivan Turgénev y Paulina Viardot (hija de Manuel García, por cierto) lo ha sabido retratar al milímetro.

Pero, como sucede con todo cambio, los aspectos positivos y de progreso no salen gratis porque siempre se quedan víctimas por el camino: de ahí las sacudidas políticas, que en aquella época se sucedieron una tras otra: las guerras contra las invasiones napoleónicas (hasta 1815), los hechos de julio de 1830 y, ya el remate, la resolución de marzo de 1848, que en el mundo germánico supuso un auténtico parteaguas. A lo anterior se le llama el Frühliberalismus von Vormarz o simplemente Vormarz. Lo previo a marzo.

Definir con precisión el cuadro del momento es lo propio de los intelectuales y en aquella sazón los hubo. Pudieran clasificarse por generaciones: la primera, la de Goethe (nacido en 1749), Saint-Simon (1760), Hegel (1770), y, a este lado de los Pirineos, Goya (1749); la segunda, la de Heinrich Heine (1797) y Honoré de Balzac (1799); y la tercera, la de Charles Dickens (1812), Karl Marx (1818) y los propios Turgenev (1818 también) y Viardot (1821). Quizá con nuestro Juan Donoso Cortés (1809) también, sin desmerecer.

 

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En Heine es en quien ahora hemos de poner el foco. En España, y aparte de los análisis de Marcelino Menéndez y Pelayo en 1884 y 1895, se le conoció sobre todo por la traducción que Manuel Sebastián, un marxista ortodoxo de los años sesenta y setenta del pasado siglo, hizo de algunas de sus obras, e incluso la redacción de trabajos tan valiosos como los que llevan por título “Heine, la conciencia vencida” o “Goethe y Heine”. A mencionar también Juan Carlos Velasco, editor en Alianza en 2008 de “Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania”, con traducción del propio Sebastián.

Y eso sin contar con el lujazo de haber dispuesto desde 1945 en nuestra lengua, debido a una editorial de Buenos Aires, de una versión de la biografía que a Heine dedicó nada menos que Max Brod, el amigo y editor de Kafka, que se dice pronto.

Mariano Zabía, el autor del libro que da lugar a esta breve reseña, es, por encima de todo, un sabio, de los que, por ejemplo, conoce que Michel es el nombre con el que se suele identificar al alemán promedio, como para nosotros sería Juan Español o en Francia le bon Jacques, el que explica que a las revueltas campesinas se les llama desde el siglo XIV jacqueries.

Mariano Zabía también está al corriente de que dentro de Alemania e incluso de Renania, la ciudad de Düsseldorf (literalmente, la aldea del río Düssel, un pequeño afluente del Rhin) formaba parte del ducado de Berg y que, sobre todo a partir de la invasión napoleónica, es de más francés de los lugares germánicos. La Königsallee, con las tiendas de moda, sólo podría ubicarse donde se ubica.

 

Mapa antiguo de Dusseldorf

 

En fin, y para no agotar el repertorio de menciones de conocimiento, digamos que el autor del libro es de los pocos que sabe de lo que habla cuando se refiere a la Crónica de Limburg, o Festi Limpurgenses, un documento de 1402, escrito por Tileman Elhen van Wolfhagen, que constituye una suerte de prontuario de las costumbres de finales del siglo XIV en Renania.

Un conocedor de Alemania, sí, de primer orden. Hay cada vez menos en el mundo y en España. Que se conozca, sólo otros dos, Antonio López Pina y Francisco Sosa Wagner. Ninguno de ellos un chaval, por cierto.

De Zabía, ya en lo que hace específicamente a la obra de Heine, hay que empezar destacando lo bien que se maneja en la dicotomía entre los helenos (la cultura clásica griega: lo bello, lo vital, lo sensual) y los nazarenos o cristianos, que, puestos a buscarles sus raíces helenas, las tendrían en Esparta, porque de Lacedemonia son el ascetismo y la renuncia. Con ese esquema principal, el autor del libro se enfrenta con la definición estereotipada del biografiado –“un poeta romántico alemán”- para poner en cuestión cada una de las tres afirmaciones: no fue sólo un poeta, no fue propiamente un romántico y desde luego no representó en rigor un alemán, porque las relaciones emocionales con su tierra nunca resultaron pacíficas y sólo se encontró a sí mismo cuando en 1831 marchó a París, donde vivió (plenamente integrado en aquel medio, por cierto: sus amigos eran la crema de la intelectualidad) hasta su muerte en 1859, ya bajo el segundo Imperio, el de Napoleón III. A Thomas Mann, por cierto, le acabaría sucediendo algo parecido a partir de 1933, en términos en los que ahora no procede extenderse: baste recordar que después de 1945, e incluso del venturoso 1949, estuvo entre quienes no quisieron volver. Y de Albert Einstein no hablemos: ambos optaron por morir fuera.

 

Thomas Mann 1916, retrato en el escritorio, coloreado | Foto (detalle): © picture alliance / ullstein bild

 

Más aún: lo que con toda crudeza se pone de manifiesto en este libro es que, como no resulta infrecuente en los tiempos de cambio, Heine fue un personaje esencialmente contradictorio, también en lo que hace a la ideología política y sobre todo a sus relaciones con el socialismo, primero el utópico de Saint-Simón y luego el científico de Marx (con el que por cierto coincidió en la ciudad del Sena en 1843-1844, tratándose personalmente y con aprecio recíproco). Contradictorio y desde luego cambiante. Pretender encasillarlo en las dicotomías de clichés al uso (revolucionario/reaccionario, izquierda/derecha) se antoja no ya muy forzado sino incluso abiertamente imposible.

¿Por qué el libro se llama, con evidente dramatismo, “la herida Heine”? Al final se explica todo: era, entre otras cosas, un hombre de raza judía pero que, ya mayorcito, se bautizó como cristiano; y, lo peor de todo, nunca pudo conciliar la contradicción entre la Ilustración y el Romanticismo o, dicho más ampliamente, la racionalidad de lo francés –“la peluca de Voltaire”- y la irracionalidad que, pese a todo, se embosca siempre en lo alemán. No lo consiguió Heine, como tampoco lo hizo Nietzsche, con toda probabilidad porque estamos ante un imposible: en la ontología, así nos hayamos ido alejando de Aristóteles, no se permite todo, por muchos juegos malabares que se hagan con la semántica.

Quizá por eso mismo el autor ha querido en el subtítulo hablar del “espíritu europeo”, porque del mismo forman parte todos esos elementos, así provengan de lo heleno o de lo nazareno. Una vez más, sin terminarse de fundir.

En este 2026 que acaba de empezar, Europa por cierto atraviesa uno de esos momentos de profundísima crisis que, al decir de Jean Monnet, son los que a partir del desastre de 1945 y su práctica desaparición frente a las dos superpotencias ganadoras de la guerra, han tenido paradójicamente la virtud de servir de acicate o impulso para avanzar en la integración. No resulta fácil la tarea que nos espera en el endiablado escenario geopolítico y geoeconómico (y geoenergético) de esta época y, desde luego, razones para el optimismo no nos asisten. Pero, si uno quiere contar con las hechuras intelectuales que hacen falta para no andar enteramente despistado y poder seguir los acontecimientos que nos aguardan, vendrá muy bien haber leído este libro de Zabía sobre Heine y la Europa -las mentalidades y los hábitos- de la primera mitad del siglo XIX. No es sólo la ventaja de haber ganado en erudición para lucirse en las tertulias, que también.

 

Un mapa a color de Europa del siglo XIX, compilado para su uso en colegios y escuelas británicas. British Library, London, UK / Bridgeman Images