Foto de Ralph Gibson

 

Tiempos raros los actuales, muy raros. No es solo lo que ocurre sino la abrumadora sucesión de acontecimientos que vemos en un instante y que, ni siquiera, podemos procesar.  Así, el entretenimiento anodino de escrolear en las redes sociales parece haber transformado el ocio en  tiempo muerto y el espíritu crítico, en una voluntad anestesiada.

 ¿De dónde proviene la expresión “tiempo muerto”? En principio puede ser rastreada en distintos campos, uno de ellos es el deporte. En el baloncesto se le llama así a una pausa solicitada para que los entrenadores den instrucciones. En la industria, se la  vincula al lapso en el que la maquinaria o los empleados ¿son sinónimos?—se encuentran inactivos.  Mientras que, en cuanto al procesamiento de señales, el tiempo muerto  o “eficiencia de detección cero” es aquel en el que los sistemas de control externos no pueden detectar una señal eléctrica de salida y, por ende, es incapaz de producir una respuesta. En general el concepto se asocia al rendimiento por lo que, trasladado a la lógica empresarial, pasó a formar parte del campo semántico de la productividad.

 

Por otro lado, la metáfora del tiempo muerto es un oxímorom que posee una forma: el reloj y un lugar concreto: los cementerios. Este signo presente en viejas lápidas y panteones argentinos estuvo muy en boga entre fines del siglo XIX y comienzos del XX y llegó a nuestras tierras de la mano de la gran oleada inmigratoria europea. Las manecillas tiesas señalando el instante del deceso es un símbolo que alude  a la finitud de la vida, al memento mori o el paso del tiempo a la eternidad.

 

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Podría pensarse, en este sentido, que es un registro preciso —pero inútil— de lo que hasta entonces se creía que debía ser la vida: una trayectoria  lineal y ascendente. Esta creencia de cuño moderno se enmarca dentro toda una serie de  cambios ocurridos en las últimas décadas del siglo XIX, en plena revolución industrial y en el auge del capitalismo imperialista que anudó la relación de dependencia de nuestra economía al modelo agroexportador que aún persiste.

 

Esa oleada modernizadora de hierro y cristal trajo consigo grandes inventos en consonancia con el pensamiento positivista de la época. Uno de ellos fue la creación de los husos horarios en 1870.  Pero recién en 1884, el mismo año en que se realizó el Congreso de Berlín, 27 países se reunieron en Washington, en la «Conferencia del Meridiano» y aprobaron este sistema horario mundial creado por el ingeniero Sir Sandford Fleming que dividió  al mundo en 24 franjas o zonas horarias. El hito fue Greenwich, en el Reino Unido,  lugar que se instituyó como punto de partida para los cambios de hora. Así, la sigla GMT es la abreviatura de Greenwich Mean Time (Tiempo promedio de Greenwich) que, además, es equivalente al Tiempo Universal Coordinado (UTC).

 

 Como dato de color, la Argentina adoptó oficialmente el sistema de husos horarios recién en 1920. Hasta entonces, cada provincia o ferrocarril solía guiarse por su propia hora solar local (generalmente la de Buenos Aires o Córdoba).

 

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De modo que la” hora fatal” es histórica e instituida porque la  pretención de detener el tiempo en un momento depende de coordenadas instauradas en una época determinada. Como también lo es la noción de “ocio”. En efecto, también es una creación decimonónica cuando se anuda la idea de que el tiempo dedicado al esparcimiento se contrapone al trabajo y equivale a una liberación periódica de las presiones de una vida productiva sometida a rutinas.

 

 Hoy día, en medio del  “capitalismo caníbal” —retomando la expresión contundente de Nancy Fraser—,  el ocio se confunde con el entretenimiento. Ya no es considerado creativo porque las personas, gracias  a él, pueden dedicarse a la contemplación, a la creación o a la reflexión filosófica. Hoy tenemos el teléfono celular para escrolear contenido variopinto y en general también inútil, mientras vemos pasar el tiempo con la cabeza gacha y el pulgar activo. Pero lo peor no es eso, sino la cantidad de contenidos violentos simultáneos que recibimos como metralla y que, de tan abrumador, no podemos siquiera detenernos y analizarlo.

 

En fin, mientras pienso en estas cosas, el mundo se vuelve cada vez más incomprensible. Por eso trato de escribir, si no es para encontrar respuestas; al menos, para descansar el pulgar y descontracturar las cervicales.

 

 

 

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