Foto de Lawrence Schiller

 

Un señor muy francés, bastante erudito y combativo -Jacques Lacan- trabajó un concepto que llamó el Estadio del Espejo. Idea que antes había planteado otro señor también erudito, no tan combativo, pero si muy francés -Henri Wallon-. Ambos se tomaron un tiempo en reflexionar sobre lo que ocurre dentro de la mente de un niño cuando entre los 6 y 18 meses se ve en un espejo, en una imagen especular, se contempla a sí mismo entero, observa su cuerpo y se reconoce como, por ejemplo: Yo Manolito, o Yo Lucia, o Yo María del Carmen.

En algún momento de esa crucial etapa estará acompañado por papá o mamá, quien le dice: “Mira ese eres tú, Manolito”. Aquí quien te mira, con quien te has mirado, te define Manolito.

Plantean estos señores que gracias a esas miradas por dentro se va aunando una identidad: Así es Manolito, gordito, con mofletes, el tesoro de mamá, con mocos, babas, un peluche en una mano y un coche en la otra; soy mirado y nombrado, soy importante, en el mejor de los casos.

Esa mirada es por si sola algo que tiene vida propia, una batuta que va a dirigir la orquesta de nuestra vida.

 

Foto de Yamamoto Masao

 

También sabemos, que, por lo visto, la realidad subatómica es de una manera, y que, si hay un observador, si es atravesada por una mirada, cambia y se convierte en otra opción diferente, en otra realidad.

Buñuel lo abordó desde una forma surrealista totalmente perturbadora en su película “Un perro andaluz” al rasgar un ojo con una cuchilla. Creo que no hay escena en el mundo que de mas grima. Acuchillar la mirada, dejarnos en el vacío, sin referencia, sin deseo.

Desde una faceta más cotidiana estas grandes y potentes ideas las experimentamos constantemente y dan cuenta de ellas nuestro mundo afectivo y sentimental. La vibra, que se dice desde el mundo magufo.

Al comienzo de nuestras vidas nos reconfortan las miradas entrañables: de las que recibimos el cariño y la aprobación del que te observa, eso te hace sentir seguro, capaz y vital. Es un sobreentendido de tu valía, una aceptación confiada y familiar. Provienen de padres y de abuelos; los mayores poseedores de una perspectiva circular amplia, que da importancia a lo fundamental: a la vida y a la existencia, a tu ser.

Esta mirada esta cargada de un gran componente de afecto y deliciosa ternura, se traduce en mimos y cariños explosivos, sin peros ni condiciones. Se alegran de verte. Tu presencia les aporta sentido. Es la esencia de la aceptación incondicional. Como un sofá con manta, un chocolate caliente, un abrazo sensible. Cobijo y seguridad. Alimenta la confianza y la fe en la vida.

 

Según hemos ido crecido e interaccionando con el mundo también hemos recibido la mirada severa. Esa que te pone en la cuerda floja, proveniente de la autoridad, que te deja ahí pendiente de juicio, con la sangre un poco helada, tragando saliva a la espera de veredicto. Depende del tipo de autoridad que se haya ejercido sobre ti te marcará de una u otra forma: si es sádica y autoritaria, te deja temblando para el resto de tu vida. Te inocula miedo y rabia.

Por el contrario, si es una autoridad comprensiva y bondadosa, lo que te trasmite son límites; viene a ser como una señal de advertencia sobre los caminos que no debes transitar.  Lo más probable es que se transforme en mirada comprensiva, o que forme parte de un semblante serio que cambia de tercio sin llegar matar.   Por ahí se inscribe el juicio, la seguridad y sentido de realidad. No todo vale.

Con los amigos, los hermanos, es decir, los iguales, toma relevancia la mirada de complicidad: la camaradería es su bandera, está a las puertas de la risa, te busca para compartir, para sentirte a la par en las hazañas. Te trasmite comprensión y fuerza. Sustentada por un rosario de lugares comunes y experiencias compartidas. Añade en tu vida sentido de pertenencia al grupo.  Compañía.

Las miradas no necesitan muchas explicaciones, estas van adheridas.

En otra dimensión más inquietante nos topamos con la mirada de deseo. Esa que te pone en órbita en un instante, con subidón de hormonas lanzadas por las flechas contaminadas del consabido Eros. Nos emborracha de sueños de completitud, promesas de que la falta se diluirá en el éter y seréis uno flotando el limbo del placer eterno. Promesas de fiesta y ternura. Abrazos, besos, penetración y fusión. Te lleva al borde del abismo y saltas yendo a parar a una nube de laxitud donde las coordenadas de la existencia se ajustan en armonía feliz. La esencia del goce de la vida, la alegría de gustar y ser deseado. Te infla de valor y vitalidad, alimenta el sueño del amor y la vida eterna.

 

José Bassit

 

También están las miradas de soslayo que son pura intriga, cuyo secreto a desentrañar depende, como siempre, de lo que bulle en la cabeza de quien la recibe. Las miradas asesinas de las que sobran comentarios, las miradas frías, las de desaprobación, las de desprecio, etc… Se podría hacer un gran catálogo de esos entes que llamamos “Las miradas”. Son como objetos que andan flotando en el ambiente cual insectos y que te pican, te inyectan sustancias psíquicas que te transforman. Y lo más importante: te hacen ser consciente de que ya no solo miras tú, el otro también te mira y tú eres mirado y te afecta.

Y andando, andando por estos largo y enredados caminos de la civilización nos llegamos a topar con las miradas virtuales. ¿Qué pasa con la obsesión de ser visto, de enseñar, de mirar constantemente, de buscar ser mirado sin pausa, de ese voyerismo y/o exhibicionismo que se está adueñando de la vida compulsivamente?  Una adicción, de capturar los momentos, de regalar imágenes, de mostrar, de exponer hasta lo más íntimo y descarnado. Puede que se nos esté yendo el exceso de las manos y nos va a explotar en la cara a modo de delirios, manías, falsos ideales, sobre-exigencias, falta de sentido de realidad y enajenación mental, por si nos parece poco.

Sin secreto y sin silencio la excitación ni empieza ni termina de acabar nunca, empujándonos a la adicción del consumo sin fin, ni filtro, ni satisfacción, ni capacidad de frustración. Bombas intermitentes de estímulos que buscan calmar la angustia, pero por el contrario la nutren alimentando exóticos ejemplares de locura.

Si le quitamos a la expresión “háztelo mirar”, toda la carga irónica, puede que nos quede una sabia recomendación que nos indica que la experiencia de ser mirado por otro va a aportar una gran riqueza de matices y un ahorro inmenso de sufrimiento. Verlo desde otra perspectiva puede cambiar la visión del mundo.

Depende de cómo se mire.