Maryní Callejo en el estudio de grabación con el grupo musical Los Brincos

 

Hoy, queridos lectores, no vamos a beber Dry Martini. El cóctel del día será el “cap” preparado en la ensaladera más grande de la casa familiar: vino de mesa (no vamos a llamarlo “peleón”…), Kas de limón, ginebra, ron y fruta cortada en trozos. El “cap”, el “pickup” y la carabina eran los tres elementos indispensables para cualquier guateque que se preciara, y el guateque, para quien no lo sepa, era un elemento indispensable en el ocio de los jóvenes de mediados de los sesenta en España, el rayo de luz que entraba por la ventana y llenaba de colores los primeros salones con suelo de parquet de un país en blanco y negro.

Vaya, ya me he puesto cursi. Pero no es mi intención ponerme nostálgica: nada más lejos. Yo solo he vivido los guateques por personas interpuestas —mis primos mayores— y gracias a las películas y las revistas antiguas que veía con mi madre que, la verdad, me contaba poco de todo aquello, salvo la receta del “cap”. En la época de los guateques ella ya había pasado esa etapa de la segunda juventud, pero era buena documentalista. Ama de casa en primer término, robaba tiempo al descanso y al sueño para “coser para fuera” (era modista, muy buena) y se enfadó mucho cuando yo decidí ser traductora y trabajar en casa. Eso tan moderno hoy del teletrabajo era entonces sinónimo de prolongar la esclavitud que imponía la casa. Me inculcó siempre la necesidad de aprender una profesión o un oficio y desempeñarlo.

 

 

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Y eso es lo que he encontrado en este libro de Esther Zecco: la historia de una mujer pionera en su oficio, una mujer a la que yo tampoco conocía. Tuve noticia de su existencia porque este libro de entrevistas figuraba en una carta a los Reyes Magos, y me lancé a la caza y captura para cumplir el deseo del peticionario. Un libro de entrevistas sobre una productora musical… Not my cup of tea, desde luego. Pero cuando uno aprende a no juzgar un libro por las tapas, aprende también lo valioso de dejarse atrapar por el texto de contra, arriba transcrito. Así que decidí leerlo antes de dejarlo en las sacas de sus Majestades de Oriente.  

Los libros de entrevistas me resultan aburridos en general. No ha sido el caso con este. Tampoco es una biografía al uso: Esther Zecco se las arregla para, haciendo las preguntas justas y pertinentes, dejar que Maryní se explaye y cuente su vida de la manera más llana y accesible que pueda imaginarse. El interés del libro se debe, en parte, a este estilo de contar, y en parte a la materia prima. Porque Maryní Callejo hizo dos cosas importantes: una, formarse; la otra, atreverse, a pesar de la confesión de la introducción: “¿Pero tú crees que esto le interesará a alguien? […] te cuento mi vida y me parece algo tan normal”, dice Maryní. “Como si vivir una vida no fuera suficiente”, remacha la autora, “Una vida dedicada a la música, el secreto mejor guardado del pop español.”

 

Maryní Callejo con el grupo Fórmula V

 

Productora, arreglista, asesora musical, pianista de formación clásica en conservatorio y enamorada de su oficio, lo que leemos en este libro es la historia de una vocación, del amor por lo que uno hace. Una historia en la que no había montaña demasiado alta, ni río demasiado ancho para Maryní, siempre dispuesta a aprender y a adaptarse a los cambios de un sector que ha vivido muchos desde el momento en que ella aterrizó en los estudios de grabación, siempre curiosa, siempre dispuesta a aprender llevada por un interés genuino en la tarea y por el afán de hacerla lo mejor posible, un perfeccionismo controlado que permitía en el cien por cien de los casos lanzarse al vacío para salvar un bache (que en los directos no son pocos) o para lograr el punto de excelencia cuando las cosas ya eran suficientemente buenas. El que opta por jugársela para que un resultado sea óptimo es casi siempre el que gana: cuando el miedo a fallar atenaza al perfeccionista, suele ocurrir que las cosas no salen todo lo bien que podrían haber salido. Maryní Callejo supo combinar esa valentía con un esfuerzo sin rebajas y con unos conocimientos teóricos de música que poca gente tenía en su sector en aquel momento. Ella llegó a tiempo, eso es verdad, pero no es menos verdad que no se amilanó por ser una mujer en un mundo de hombres ni una muchacha que no había cumplido aún los veinte años en un entorno lleno, seguramente, de señores sabelotodo y paternalistas. Ya en el mundo laboral combinó varios empleos y se siguió formando e informando, conoció de primera mano los modus operandi más modernos de Europa y América, y fue una visionaria, responsable del nombre y estilo de algunos de los grupos más rompedores y de más éxito de los sesenta y los primeros setenta, como Los Brincos y Fórmula V. Esto queda para que el lector lo descubra, porque es curioso y entretenido. Con 17 años ya tocaba en un grupo musical que refundó poco después; en 1962 grabaron un disco. Los Beatles triunfaban en todas partes, pero aún no habían venido a España. Todavía no había despuntado el Swinging London. Las fotos de Maryní en esta etapa, aún con cara de niña, vestidos de corte años 50 y cardado beehive no nos dan la idea de la mujer rompedora que sin embargo fue, y que trasluce en otras imágenes de finales de la década ya con cazadora de cuero, botas altas, gafas grandes de montura ancha y minifalda. Para mí, que adoro esta época y me declaro fan de muchos de los grupos y artistas con los que trabajó, su historia ha sido un fantástico descubrimiento. En este momento de recuperación de mujeres profesionales que han quedado invisibilizadas, mujeres cuya historia no ha ascendido a Historia con mayúsculas, leer este libro sincero y ponderado ha resultado de lo más gratificante. Creo que con cada persona que lo lea y conozca esta vida entregada a la música se hará un poco de justicia al talento, el esfuerzo y la valentía de la primera productora y arreglista musical de este país que aún se movía a ritmo de copla y pasodoble y se mostraba en escala de grises.

 

 

Foto de Manuel Hernández de León (EFE)

  

Maryní Callejo es algo así como el secreto mejor guardado del pop español. Pionera en la producción discográfica, en 1964 lideró el lanzamiento de Los Brincos, un trabajo impensable para una mujer en aquel tiempo, en una industria dominada por hombres, cuando la propia figura del productor musical era toda una rareza. También arreglista, compositora y pianista de formación clásica, su meteórica carrera la llevó a colaborar con artistas como Massiel, Los Relámpagos, Marisol, Nino Bravo, Fórmula V, Mari Trini o Rocío Dúrcal […] no fue solo la primera productora del pop español, sino prácticamente la única hasta tiempos recientes, cuando otras mujeres han reclamado su sitio en trabajos que hasta hace muy poco eran exclusivamente masculinos. Desconocida para el gran público es, sin embargo, una de las figuras imprescindibles de la música española.

 

Mariny Callejo a comienzos de los años 2000