No se puede procrastinar, está prohibida la improductividad, está mal vista la desmotivación, toda acción debe tener un rendimiento medido en números. Por eso, Los oficios inútiles, de Héctor E. Dinsmann es especialmente real, tozudo en su interés por entregarse menos a narrar una historia que a poner en crisis el significado mismo del verbo “hacer”. Dinsmann examina los gestos humanos cuando ya han perdido toda finalidad práctica y convierte la planicie de la rutina en una aventura con riesgo de muerte. Los personajes de Dinsmann ejercen tareas, hábitos, rituales o manías que los mantienen atados a un sentido que se ha vuelto inservible. Y no tiene nada que ver con lo superfluo, sino con la imprevisible revelación de los cuerpos y las situaciones cuando se fuerzan más allá de lo esperado. Y de esa inutilidad nace una fuerza que esta sociedad de la rentabilidad no comprende; de ese fracaso, una belleza que la modernidad hecha con sangre del progreso desconoce.
Hay tres narraciones que me parecen deben ser destacadas:
En el primer relato, “Planta baja” —uno de los más perturbadores del volumen—, una mujer extrae de su cuerpo un cordón umbilical con un cuidado casi quirúrgico. Un ejemplo del buen mal uso de la belleza. La escena está escrita con una precisión física casi clínica, y también tiene algo de ceremonioso, de una solemnidad doméstica y frágil. La mujer, mientras tira de la materia viscosa, siente que “recupera el rol sagrado que le habían encomendado los dioses”, es decir, hay una conexión ideal entre lo biológico y lo ritual, lo asqueroso y la epifanía. Lo que en otro escritor sería poco menos que morbo, para Dinsmann es la manipulación de lo corporal-ordinario en aras de una delicadeza teológica. Pero está lejos del Houellebecq provocador y en ocasiones desagradable y crudo, más bien hay algo de Felisberto Hernández en esa voz que humaniza los objetos, que dota a la carne de conciencia, y algo de Silvina Ocampo en la crueldad silenciosa con que observa la intimidad.

El segundo cuento, “Malpaso”, se desplaza a un registro opuesto, con símbolos menos complejos para definir las formas del amor y la violencia. Un escenario es interrumpido por otro, se cohesionan; hay un atraco, una retirada bajo fuego cruzado, nombres del caribe narco pero de resonancia casi bíblica —El Chato, Malpaso, Aquiles— que funcionan como arquetipos. El relato se mueve entre la acción cinematográfica (con la misma voluntad con que Auster configura su Mr. Vértigo y la misma intención de gran pantalla western de Baricco en Abel) y la introspección súbita y el sarcasmo del destino. Mientras las balas atraviesan el aire, un hombre piensa en Julieta, en un pasaje prometido hacia Contadora o Miami. Ese instante de humanidad suspendida en medio del tiroteo resume la poética de Dinsmann porque sitúa la tensión entre lo heroico y lo absurdo, entre la acción y su inutilidad, y resuelve con la llamada “economía de palabras”, no por falta de riesgo ni por evitar el vómito compulsivo, sino por ponderar el ritmo y el clímax de todo el viaje. El detalle final —una cáscara de aguacate, el accidente ínfimo que precipita la muerte, casi de dibujo animado— transforma una posible épica en farsa, con el protagonista, Malpaso, dando el último paso malo.
El tercer relato, “Julián Sniokas”, en cambio, se adentra en la erosión del deseo, las perturbaciones de las relaciones. Julián y Raquel viven el desgaste erótico como un padecimiento angustioso y cínico. La prosa es minuciosa y en ocasiones se parece a un informe clínico de la descomposición sentimental: “No quería más sexo. Julián, en su desesperación…”; “La proximidad de la menopausia complicó el estado de ánimo…”. Aquí el amor se vuelve una tarea mecánica, un “oficio inútil” ejercido con la obstinación de quien sabe que ya no hay retorno; luego, deja de existir, pero eso no lo hace indistinguible, por el contrario, como cuando alguien dice que no piense en un elefante, lo primero que se hace es pensar en un elefante, el amor y el sexo mantienen su centralidad inalterable. Dinsmann analiza la anatomía de la intimidad con una distancia preciada: cada gesto, cada excusa, son evidencias de que los sentimientos pueden convertirse en imposiciones agobiantes. Sin embargo, aún en la frialdad hay una compasión conyugal discreta en tanto Dinsmann hace compatibles a la lucidez con la piedad.
Estos tres relatos, tan distintos en tono y espacio, conforman un mismo concepto en que el ser humano se enfrenta a la caída de sus sistemas de sentido. La inutilidad se manifiesta en el cuerpo (la mujer del cordón), la violencia (el ladrón que piensa en Julieta), y el amor (Julián y su deseo exhausto). Lo inútil reclama su presencia y ese énfasis reviste a las historias de desesperación y de una agria fiereza.

Este es un un tiempo donde todo debe justificar su ganancia —la vida, el trabajo, la literatura—, y Dinsmann escribe contra esa lógica, tan estrictamente moderna como falto de poética. Así, los personajes fracasan porque aún esperan que algo los redima y la obra se lee como un tratado sobre la obstinación humana, condición que nos lleva a seguir repitiendo gestos, oficios, palabras, aun cuando sabemos que no sirven para nada. Esa inutilidad adquiere un cariz romántico y rebelde, un bastión que nos salva de la barbarie civilizatoria.
Dinsmann parece decirnos que lo inútil es lo que nos mantiene humanos, que todavía nos pertenecen nuestros cuerpos y nuestras ideas, aun cuando parecen haber sido empeñadas al sistema. Y que escribir —igual que amar o morir, y parafraseando a Galeano que a su vez citó a Sartre quien dijo que ”el hombre es una pasión inútil”—, no es otra cosa que continuar con devoción ese antiguo oficio inútil.

Héctor E. Dinsmann
