Francisco de Goya (1746-1828). Autorretrato con el Dr. Arrieta (1820)

 

A partir de un texto fundamental de Sigmund Freud, Das Unheimliche, el historiador de arte Eugenio Carmona ha vinculado la obra del pintor José Gutiérrez Solana con las nociones de “inquietante” y de “extrañamiento”, categorías que definirían uno de los rasgos más conspicuos de su pintura, en la que plasmaba, con efecto perturbador para el receptor de su obra, lo vivo como inanimado y lo inanimado como vivo, sensación que supo muy bien concretar Antonio Machado: “Ese pintor –tan impresionante– que ve lo vivo muerto y lo muerto vivo […] es un pintor que ha visto la vida donde nosotros no la vemos, y que ha reparado mejor que nosotros en la muerte que llevamos encima. A mí me parece sencillamente un artista genial, puesto que, viendo las cosas como nosotros no las vemos, nos obliga a verlas como él las ve” (Carmona, E.: 2004: 121-189; Machado, A. [1936], 1972: 170).

Ambas nociones jugaron también un papel, sino determinante, sí al menos recurrente, en los escritos de Ramón Gómez de la Serna –como en muchos otros autores de su tiempo, escritores o pintores, cuya obra bascula entre lo nuevo y la vanguardia, en especial desde la Pintura Metafísica y el Surrealismo– fascinado siempre por acercarse y retratar a personajes extraños e inquietantes. Uno de estos personajes fue este médico (o pseudomédico), Aureliano Rodríguez Gallardo, calificado por sí mismo de “loco”, al que  Ramón dedicó un extenso artículo en el periódico La Tribuna, “Variaciones. Yo he hablado con el macabro médico loco”, publicado el 24 de julio de 1920, núm. 3.111, págs.7-8 [1].

Antes de entrar a considerar este complejo artículo ramoniano, mezcla de entrevista, reproducción de “documentos” y reportaje, uno de los más extensos de cuantos publicó en aquel periódico, sí merece la pena recordar, como ejemplo mutuo de aquella fascinación por lo siniestro y lo macabro, que el tándem Ramón & Solana escribieron sobre un atrabiliario personaje madrileño, un tal Garibaldi, alcohólico, al que he dedicado recientemente un artículo en el contexto de la “mala vida en Madrid” (Alaminos López, E.: 2024), por no citar, que sería un sinfín, los numerosísimos personajes inquietantes que aparecen en sus respectivos escritos. A título rápido de ejemplo véanse los artículos ramonianos “Silueta. Tipos raros de Pombo” o “Cosas de Pombo. Nuevos lunáticos” publicados en Estampa y recogidos recientemente por Ricardo Fernández Romero (Fernández Romero, R.: 2018: 340-352), o espíguense, si el lector se siente con ánimo y ganas, las páginas solanescas de Madrid, escenas y costumbres (1913 y 1918) y Madrid callejero (1923) y La España Negra (1920). O recórranse las páginas de Pío Baroja.   

Como ya he señalado, Ramón publicó un artículo, a cuatro columnas, sobre este curioso personaje, Aureliano Rodríguez Gallardo, “médico” que acogía en su humilde consulta en una casa de la carretera de Aragón, más allá de las Ventas del Espíritu Santo, a desahuciados, y al que calificaba en el íncipit del mismo de “hombre extraordinario y estrafalario”. La muerte es un tema dominante del artículo, cuya composición tipográfica se diferenciaba de lo que era habitual en sus entregas al periódico, pues tanto el título de la sección, “Variaciones”, como el propio del artículo iban encerrados en un rectángulo a cuatro columnas, que nos hace pensar que Ramón dio bastante importancia a esta semblanza al destacarla tipográficamente y de esta manera alertar y atraer al lector.

A lo largo del artículo, Ramón va caracterizando al personaje mediante otros calificativos: el de extraño tipo, sencillo y EXPERTO, utilizando para este último el reclamo de las versales, pero no sin cierta ironía aplicada a este último. También alude a él de forma comparativa, pues comenta que parece “un obrero enterrador” y que “huele como los cacheteros o tablajeros”, oficios que no dejaban de tener una connotación expresivamente siniestra y macabra.

 

El médico loco

 

El artículo va acompañado de una fotografía de Aureliano de tres cuartos. Su fisonomía y vestimenta parece  la propia de un obrero, arreglado, con cierta cualificación. Le distingue una gorra de visera y no se corresponde con la alusión que recoge Ramón casi al final del artículo en la que se le describe como “un señor con una blusa sucia, llena de manchas”. De su fisonomía física lo que impresiona es el gesto adusto, la firmeza de la mirada y sobre todo la línea marcadamente fina y cerrada de sus labios.

Me interesa centrar esta entrega en la parte “documental” del artículo, pues Ramón transcribe unas hojas impresas o prospectos –también los llama anuncios– en los que se despliegan una serie de datos “autobiográficos” del personaje y que son los causantes que impulsan a Ramón a conocerlo personalmente, hecho que ocurre, como relata, en la imprenta “bohemia y liberal de los Berriatúas”.

Leamos ahora esos documentos que transcribo íntegramente pues forman parte la autopromoción y de la verosimilitud que quiere trasladar el personaje a sus potenciales clientes:

“EL FAMOSO MEDICO LOCO

Hechos y no palabras. Muertos resucitados por el médico loco. Cartas cantan. Curaciones asombrosas.

AURELIANO RODRIGUEZ GALLARDO

Todo lo… cura. Todo lo… cura y todo lo cura.

Grandes descubrimientos para los enfermos desahuciados.”

Hasta aquí la transcripción de una de esas hojas impresas. Pero también Ramón comenta que en algunos de esos prospectos “venía su autobiografía” ofreciéndola a continuación:

“Secuestro bien probado al médico… muerto… resucitado.

EL MEDICO LOCO  /  AL PUEBLO DE MADRID

Miles de almas me asedian preguntándome: –¿Por qué usted usa y aun abusa de ese seudónimo tan original y peregrino, y siendo usted, don Aureliano, el maestro de los catedráticos de la filosofía de la risa, de la guasa, de la alegría y la paradoja, pues siempre enseñó riendo y aprende practicando con su inimitable iniciativa?

Verán ustedes:

Según testigos, nací en Salamanca, aunque no lo vi, pues tenía los ojos cerrados. Tuve un padre maestro de jugadores; me educaba en pedagogía croupier; me sentí rebelde, me escapé a ver una corrida de toros, me sentí muy español, y por eso y por lo otro, el tal papá, despechado porque yo le descubría francamente, valientemente y precozmente para justificarse en una sociedad frívola, hipócrita, llena de prejuicios, convencionalismos e inmoralidades, trató de justificarse, asegurando que yo estaba loco.

Transcurrió el tiempo, y unos preceptores, abusando de mi precocidad, me pusieron a estudiar a los ocho años de edad, sin preparación y obligado a alternar con condiscípulos de veinticinco años; me rebelé, me resistí y… Aureliano es loco.

Después, a los diez y nueve años, me hicieron médico, fui a los pueblos, y porque convivía feliz en el ambiente rural y no era señorito ni médico presuntuoso como los del Rey que rabió, está loco, es excéntrico, extravagante, y Aureliano está loco, porque además es el primer entusiasta de las corridas de toros.

Después me casé con una dipsómana (borracha); ingresé en el Ejército, a quien idolatro. Y porque me separé de aquella finca, y porque renuncié al sueldo de teniente coronel, y porque me robaron falsificando, falsificando firmas, nueve mil pesetas y otras cosas de la Comisión liquidadora de Ultramar, y porque yo fui bueno y reservado y no descubrí este pastel, que lo sabe toda Salamanca, y me resigné a ser víctima, ¡Aureliano está loco, no le hagáis caso!, me amordazaron y veinte meses preso, piadosamente, para evitar el escándalo.

A pesar de ese ambiente de lucha desigual, titánica (me tiraban a matar, yo estorbaba), empezaba a sentirme médico con voluntad y altruismo para trabajar desesperadamente y llegar arriba, después de descender a lo más bajo.

Y fui a varias provincias, y luché y triunfé e impuse mi escuela, pobremente; los que restaban simpatías y los médicos, piadosamente, decían: – ¡Está loco!

Y trabajé en Cáceres, y me instalé en la fonda de doña Mariquita. Gané honra y provecho, de los que se apercibió un señor que se hizo amigo íntimo mío.”

Ramón corta aquí la transcripción calificando de “prosa pintoresca” la de Aureliano. Comenta que las autoridades le encarcelan y le llaman “anarquista, ateo, hereje y padre del demonio”. Un poco más adelante vuelve a transcribir otra perorata, impresa también:

“ADVERTENCIA

Es mentecato quien me juzgue literato. Yo sé, y tengo olvidado, que no sé más que de médico afamado, de ojo clínico privilegiado, que al mundo ha asombrado por los millones de enfermos que he curado. Sé que de vivo fui enterrado, y hasta alguien me dio un veneno para volverme loco el muy animal. Sé que me anunciaron muerto, desaparecido; no asustarse, es muy cierto, yo mismo lo he leído, ¡qué suerte perra!, en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra.

Queda demostrado, y es muy cierto, que fui envenenado, secuestrado y muerto.

Perdonad mi poca ciencia y estilo estrafalario, pues carezco de experiencia de cómico en escenario.

Soy obrero del pueblo, ídolo de la gente, hablo la verdad muy elocuente, y en mis escritos me pasé de listo por incompetente.

Son antiliterarias mis producciones, y conociéndome salí de apuros en ocasiones comprando literatos al precio de melones muy baratos, más de ciento por un duro.

Quien mi escrito juzgue incoherente, hace me alto honor, tima a la gente, creyéndose autor y literato; yo jamás escribí, fueron mis cuartos.

Está patente que en mis escritos me pasé de listo por incompetente, dando buenos cuartos a eminentes literatos, a cuyos señores (o gente) pagué como autores (comprados) religiosamente. (Ande yo caliente y… sea incoherente).

Queda bien puntualizado el papel que en mis escritos he llevado: pagar, firmar y autor acreditado.

Mil veces preso por mentecatos, injustamente me quedé sin cuartos, naturalmente.

Así es que, señores, no puedo pagar más literatos, por insolvente.

Sin luz, ¿cómo iluminar las redentoras?…

Siendo de urgente necesidad escribir mi primera y última barbaridad.

Con perdón de la autoridad.

A LOS SABIOS

Escuchar de vuestros labios quiero, e ilustración, la siguiente contestación a primera y última profanación o barbaridad de urgencia. ¿Verdad que sin ciencia jamás hubo incoherencia de esa ciencia? Habrá carencia de facultad de competencia, negación por falta de educación, defecto de formación. No va mal mi primera profanación.

Perdóneme V. E. esta  incongruencia, como yo a usted perdono aquella impertinencia. Y para que conste, firmo esta advertencia.

POSDATA.–Denunciado por no ser médico por los jefes de Sanidad de Montilla, Baza, hasta en Valladolid, con grandísimos escándalos fui sentado en el banquillo de los acusados, detenido arbitrariamente, coaccionado y multado, induciendo al público a que desatara sus iras en contra mía, haciendo propaganda inicua y cobarde con toda la Policía en la calle, asegurando que yo era un loco que se fingía médico.”

Ramón nos advierte que han sido numerosísimos los prospectos que “ha lanzado el médico loco durante su vida” y en ellos, al parecer, recogía los comentarios –que asemeja a los exvotos– de algunos “pacientes salvados” de los que ofrece ejemplos:

“Don Juan Casero; mi hijo, en diez días, aumentó un kilo y medio de peso. ¡Bendita sea su locura!… Don Rafael García: yo estaba muerto; usted me curó; luego usted resucita a los muertos. ¡Bendita sea su locura! Doña María de Arcos; nadie llegó a ser profeta en su tierra, como usted, después QUE LE PRENDIERON MONSTRUOSAMENTE. ¡Bendita sea su locura! Doña Ana del Río; todo el mundo creía que yo me moriría, y usted me curó. ¡Bendita sea su locura! Don Policarpo Royamoza; yo estaba muerto. ¡Bendita sea su locura! Don Quintín Yuste; yo me volvía loco de sufrir; me arruinaba. ¡Bendita sea su locura! Doña Concepción Villasarte; yo le debo cien vidas ¡Bendita sea su locura! Doña Cirila de Serrano; catorce años sufriendo… Usted me curó; le remito el número  …………..  de la lotería a ver si se hace rico, que vamos para viejos. ¡Bendita sea su locura!”

 

Lawrence Alma-Tadema (1836-1912). Dr. Washington Epps, my Doctor (1888)

 

Tras estas frases de agradecimiento que Ramón califica de letanías o exvotos, viene siempre –comenta– la parte del anuncio, cuyas pequeñas notas transcribe igualmente:

“Es el mago de los enfermos desahuciados, el que sufrió vejámenes, prisiones injustas, detenciones arbitrarias, discusiones apasionadas y amenazas que le sentaron en el banquillo de los acusados, porque decía que no era español, ni médico, ni siquiera de Salamanca.

Es el médico que ostenta más cruces, diplomas, ascensos Reales, cédulas, honores oficiales, etc… concedidos por su Majestad el Rey Don Alfonso XIII (q. D. g.), al que está agradecido eternamente.

Es el médico más pobre; ni tiene sillas ni accesorios; su casa es reducida, sin comodidades, ni tiene criados ni ayudantes; pero todo lo… cura o… desengaña. No fiarse de las apariencias ni de las personas que hoy digan que no parezco médico, porque soy humilde. No fiaros de lo que oigáis de mí, sino de lo que veáis en mí. Grandes descubrimientos para los enfermos desahuciados, y estupendos [sic] para los del estómago”.

De entre esos prospectos destaca Ramón uno lanzado en Valladolid que tilda de proclama y compara, por su tamaño, con un cartel de toros, que llevaba “en grandes caracteres esta cabecera:

EL MÉDICO LOCO EN VALLADOLID

CURACIONES A MILLARES

¿Era médico o no era médico?

Ja… Ja… Ja…

EL MEDICO DE LOS DESAHUCIADOS

AURELIANO RODRIGUEZ GALLARDO

El famoso médico loco  – Todo lo… cura.

Todo lo… cura. Y todo lo… cura.

O… desengaña.

NOTA IMPORTANTE.– No visito a domicilio.

No curo niños, ni admito menores de edad

Ni señoras que no vengan acompañadas de

padres, esposos o personas que las representen;

tampoco admito a quien no guarde compostura debida.

Califica Ramón estos “documentos” de “historia fantástica”. Esta calificación así como la prosa alusiva y reiterativa del tal Aureliano Rodríguez Gallardo parecen ajustarse a aquellas categorías que expresan inquietud y extrañamiento, categorías (o cualidades, aunque un tanto atrabiliarias) que nuestro escritor supo captar en la personalidad de este personaje que se publicitaba a sí mismo como si hablara de otra persona bajo la especie de un relato desbordado.

Casi dos meses después, el 7 de septiembre de 1920, Ramón publicaba también en La Tribuna otro artículo, “Variaciones. Campón y Trotsky” en el que alude de nuevo a Aureliano Rodríguez Gallardo y donde nos ofrece su comprensión de este tipo de personajes y el porqué de su atracción hacia ellos:

“Siguen viniendo a mí estos tipos, como Nogales, como Pedro Boluda, como “El médico loco”, como Campón. Yo les oigo, les comprendo y veo lo grandes tipos que son. Más que teorizantes son reales personajes de la vida y tienen un gran papel de contraste en la comedia. Alborotan, descomponen, desordenan todo el drama de la vida solo con su presencia en la escena. Yo les trato como a personajes y les dedico una gran atención, aunque, eso sí, les descubra que no creo en ellos. Me percato, les miro con atención; pero sé que no podrán salir de lo que son, que en su frente y en sus sienes taponadas llevan la fatalidad. Las paredes de su cráneo suelen ser espesas, formidables, paredes de cripta. Sus cabezas imponen el espanto, y aunque se ría uno atrozmente con ellos y se les haga las preguntas de la ironía, todo resulta macabro, y bajo la línea ondulada de nuestra sonrisa aparece la línea quebrada del escalofrío”.

BIBLIOGRAFIA

Alaminos López, E. (2024). “Garibaldi y la mala vida de Madrid a fines del XIX, a ojos de Bernaldo de Quirós, Gómez de la Serna y Gutiérrez Solana. En fronterad. Revista digital, 15 de febrero de 2024.

Carmona, E. (2004): “Solana. El invitado, el primitivo y lo inquietante”. En Catálogo de la exposición José Gutiérrez Solana. Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Machado, A. ([1936], 1972). Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936). Edición, introducción y notas de José Mª Valverde. Madrid, Editorial Castalia.

Fernández Romero, R. (2018). Ramón Gómez de la Serna. Color de diciembre y otras cosas. Colaboraciones en el diario Ahora y en la revista Estampa, 1935-1936. Edición y estudio preliminar de Ricardo Fernández Romero. Sevilla, Renacimiento.

[1] Transcribí parcialmente este artículo en Ramón Gómez de la Serna. Retratos, semblanzas y caricaturas variadas. La Tribuna, 1912-1922. Edición de Eduardo Alaminos López. Madrid, Ediciones Ulises, 2021, págs. 211-216, donde no recogía la transcripción de lo que he llamado parte documental de este artículo y que hago ahora aquí. Igualmente en aquella edición incluí un artículo dedicado a Campón y Trotsky, págs. 218-223. De Pedro Campón escribía allí Ramón que era un “tipo macabro y disparatado”. Buceando por Internet encuentro un artículo de Antonio Sevillano en el Diario de Almería publicado el 21 de diciembre de 2014 titulado “Listín de médicos (X). El médico loco” que abre con esta consideración: “Embaucador. El autoproclamado «Médico Loco» apareció en Almería en el verano de 1921 y trajo en jaque a las autoridades sanitarias con sus excentricidades y propaganda agresiva”. Más abajo le nombra como Aureliano Rodríguez García en lugar de Gallardo y cuenta algunas de sus peripecias en aquella ciudad. https://www.diariodealmeria.es/almeria/Listin-Medicos-XEl-medico-loco_0_873213171.html (consultado el 25 de julio de 2024).

 

The Doctor exhibited 1891 Sir Luke Fildes 1843-1927 Presented by Sir Henry Tate 1894