El escritor Salman Rushdie. EFE/ JJ Guillén

 

I

El intento de asesinato del escritor Salman Rushdie en el mundo real en 2022 comenzó a gestarse en 1988 con la publicación de su novela «Los versos satánicos», o antes, con la escritura de sus borradores. Lo cierto es que no hay comunión posible entre la ficción y la vida real, en tanto lo ficticio no existe y lo real sí. Lo que existen son causas y consecuencias. Y Rushdie, escribiendo una ficción, estaba creando derivaciones inimaginables para su futuro.

El mundo musulmán se sintió ofendido por la novela a causa de la supuesta falta de respeto hacia Mahoma, y Rushdie, antes profeso de la fe islámica, fue acusado de apóstata. En 1989, un edicto religioso instó a la ejecución del escritor. Además, se ofreció una recompensa de tres millones de dólares por su muerte. Treinta y tres años después, sobrevivió a las doce puñaladas que le asestó su agresor mientras se preparaba para dar un discurso en la Institución Chautauqua en Chautauqua, Nueva York. Antes de eso, su novela había sido cancelada por el Vaticano, su traductor al italiano fue atacado con arma blanca y su traductor al japonés fue asesinado, Inglaterra e Irán rompieron relaciones y varias manifestaciones y atentados se cobraban decenas de vidas.

 

 

II

El escritor goza de una reputación que lo ubica en el territorio de la consulta intelectual, de la observación de la coyuntura política y la evaluación social. Se convierte en una especie de figura sacerdotal que todo lo sabe y cuya palabra —sagaz y objetiva— es creíble. Por ello, en la realidad o en la ficción, el asesinato de un escritor toma una dimensión mítica, de deicidio. Pero es una fantasía. No hay razones para creer que el escritor sea capaz de una lectura más clara de los acontecimientos mundiales o del panorama social que tiende a teñirse de consideraciones éticas que la que pueda realizar un analista, un periodista o un profesor. No, y sin embargo, porque su uso de la palabra es constante y elevado, lo creen dueño de la palabra o su hacedor. Esa dimensión fabulosa lo eleva en la hipotética escala de super hombre, quedando, naturalmente, excluido de la escala de lo humano.  

 

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III

No se puede escribir con inocencia. El lenguaje es una provocación —parafraseando a Emil Ciorán, se debe escribir como dando una bofetada—, incluso cuando se desea lo contrario. La historia literaria de Occidente está repleta de escritores que activaron mecanismos de realidad sin preverlo del todo, como el que lanza una piedra en un lago y no sabe cuántos círculos concéntricos despertará. La ficción, que algunos consideran una forma protegida del discurso, puede ser, para otros, una amenaza directa. En el caso de Rushdie, la literatura se volvió crimen, herejía, diplomacia internacional y finalmente intento de asesinato.

Algo de esta lógica —menos trágica pero igual de implacable— estructura el primer cuento del volumen La muerte de Ulises, del griego Petros Márkaris. En “El asesinato de un inmortal”, la víctima no es un hombre cualquiera, sino un escritor consagrado, Lambros Spajís, cuyo cuerpo aparece sin vida en su estudio. Aquí no hay herejía ni religión involucradas, pero sí un universo tan cerrado como peligroso: el de la literatura nacional, sus jerarquías arbitrarias, sus mezquindades subterráneas, sus venganzas lentas: “Hay dos maneras de distinguirse. La segunda consiste en desprestigiar a todos los demás, para que al final seas tú el único digno de mención”, dice. Márkaris ironiza con acidez sobre ese ecosistema enrarecido, donde el crimen no es una aberración sino una extensión lógica del resentimiento.

Spajís, como Rushdie, era culpable de haber escrito. ¿Mejor que otros, más aclamado, más traducido, más citado? En el contexto mezquino del cuento, cualquier excusa basta para ser condenado. El asesinato no lo comete un fanático, sino alguien más cercano: un compañero de letras, un adversario discreto, un colega corroído. El crimen no surge de la diferencia entre civilizaciones, sino del parecido sofocante de los egos: “Me llaman maestro del pequeño formato. Del “pequeño”, éste es el problema. Quise sentirme grande por una vez, ganar estatura.”

 

Petros Márkaris

 

Así como la fatwa sobre Rushdie tradujo la ficción al terreno del castigo teológico, el asesinato en el cuento de Márkaris traduce el éxito literario al terreno del delito pasional, sin romanticismo alguno. No hay dioses ni multitudes ofendidas. Sólo escritores menores, editores resentidos y la certeza de que la envidia puede llegar tan lejos como una ideología radical. “En este país, los que intentan triunfar sin enchufes ni contactos son asesinos en potencia”, sentencia.

En ambos casos, escribir es tocar una fibra sensible. No una fibra ficticia, ni siquiera una de verdad, basta con que sea humana para que revuelva los instintos naturales a todos —el fanatismo, la miseria o el amor y la razón dirigidos con odio.

 

Lucas Damián Cortiana