Foto de Judith Balari
Lucas Damián Cortiana acaba de publicar Catálogo de maldades intelectuales (Editorial Sophie) donde combina ensayo, crónica y reflexión personal. En esta entrevista con Libros, nocturnidad y alevosía, nos cuenta sobre lo que trata su libro, que abarca desde la atención al detalle cotidiano, el cruce entre memoria e imaginación y la tensión entre lo íntimo y lo social. Pero también nos habla de su interés por figuras históricas y culturales como el Che Guevara, o la presencia del viaje como revelación y su desconfianza hacia los discursos oficiales y tecnológicos. Al final, como en toda entrevista a un escritor, Lucas explica su modo de trabajo, el papel de la duda en su estilo y el lugar de la poesía frente al algoritmo.
En Catálogo de maldades intelectuales hay una voluntad clara de mirar hacia los márgenes: una fotografía vieja, una barba, los chicos que juegan en la calle, un aniversario de novios o una necrológica. ¿Qué te interesa de lo desviado o de lo menor?
Justamente eso: que no tiene pretensión de tesis. Me interesa cuando una idea se desvía, no cuando se afirma en lugares comunes. Cuando una imagen insiste pero no se deja clasificar. En las pequeñas cuestiones cotidianas hay una libertad interesante, no hace falta aclarar porqué uno siente lo que siente, pero a la vez se corre el riesgo de que la exageración propia de lo literario atente con la fidelidad. Me parece que ahí, en lo mínimo, en lo que supuestamente es banal, puede haber algo radical. Algo que no responde al deber ser, ni al deber pensar. Es lo que intento plasmar en la “Parte II: Lo íntimo”. Lo menor no es frágil, es indócil. Lo menor puede ser incendiario, provocar conmoción. Y me conmueve más un gesto torcido que una gran proclamación. Las grandes proclamaciones me parecen siempre cercanas a los posicionamientos políticos; pienso en “I Have a Dream” de Arthur Luther King o en “sangre, sudor y lágrimas” de Churchill. Escribir, para mí, es acompañar las pequeñas torceduras sin buscar enderezarlas y en ese mismo movimiento alejarme del discurso estadístico o administrativo.
Uno de los textos más delicados del libro es “El beso en París”, donde usás la excusa de una fotografía para hablar del olvido, del deseo y del sentido que buscamos dejar en el mundo. ¿Cómo llegaste a ese texto?
Fue a partir de una noticia breve: la muerte de Françoise Bornet, la mujer del famoso “Beso frente al Hôtel de Ville”. Vi su nombre y me sorprendió no haberlo conocido antes, a pesar de haber visto su imagen miles de veces. Ese contraste entre el anonimato y la eternidad me resultó profundamente poético. Lo olvidable y lo inolvidable, compartiendo una misma inmensidad, que es la de la memoria y la de la historia. Pensé que todos dejamos restos: no una obra, no una estatua, no una foto trascendental tal vez, pero sí algo. Un modo de mirar, una forma de tocar. Escribí ese texto con la sensación de que lo importante no era ella, ni siquiera la foto, sino ese beso como “pago para las noches sin amor del futuro”, como escribí ahí.

Hay una línea muy sutil entre lo ensayístico y lo narrativo en tu escritura. A veces parece que estás argumentando, pero en realidad estás evocando. ¿Cómo pensás esa forma?
No pienso en convencer a nadie. Me incomoda mucho la idea de tener razón. Eso es algo que se aprende con los años, desprenderse del ego que discute y se justifica. Lo que busco es convocar una atmósfera, una incomodidad, una emoción que no sabe bien por qué está ahí. A veces la idea me llega desde una imagen —una foto, un recuerdo, un gesto de mi padre o de un desconocido—, y desde ahí empiezo a tirar del hilo. Empiezo a limpiarme de esas imágenes porque si no se apilan y pesan en el corazón o en la mente. Pero no tengo un método. Tengo intuiciones. Y me dejo conducir con mano no tan firme pero sí inevitable. Y tengo una desconfianza casi alérgica hacia las certezas. El ensayo, tal como lo concibo, es un pensamiento que tantea, que duda con elegancia. Por eso admiro a Martínez Estrada, por ejemplo, a quien no podría imitar aunque quisiera, porque escribe con la determinación del que tiene la última palabra.
¿Dirías que ese tanteo tiene algo de nostálgico? En “Barba”, por ejemplo, aparece la figura del padre, del abuelo, y la infancia como zona de resistencia frente a la transformación.
Sí, claro. Pero no es nostalgia de postal ni de almanaque. Es una nostalgia conflictiva. No quiero volver a la infancia, pero para el escritor la infancia es una de sus principales herramientas. Como un espejo raro. Porque uno vuelve a mirarse pero está entrando en un territorio que ya no le pertenece. Y es difícil no rezongar con el que somos, con el que nos hemos convertido, porque casi siempre no somos lo que nos hemos prometido ser cuando éramos niños. Yo le prometí al niño que fui ser un músico, un futbolista, un trotamundos. En “Barba” quise trabajar esa transformación corporal que a veces uno vive como una traición. La barba como señal de envejecimiento, de masculinidad impuesta, de pérdida de inocencia. De hecho, el texto arranca casi con una idea sacrílega: que la barba es una cicatriz. Hay ternura, sí, pero también incomodidad, rechazo, ironía. Pocas veces la memoria responde como uno espera, entonces uno va inventándose recuerdos, completando recuerdos fragmentados con imaginación, con mentiras.
¿Esa incomodidad también te lleva a escribir sobre figuras complejas como el Che Guevara? Lo que hacés en “La ruta de Guevara al Che” no es una apología ni una crítica, más bien parece una especie de cartografía emocional.
Me interesa el Che como figura de tránsito. Como alguien que no nació símbolo. El crecimiento de un hombre que escuchaba el ruido del motor, la ruta y la naturaleza antes que los disparos y el estallido de la guerrilla. La pregunta no es por el ícono, sino por el trayecto. ¿Dónde empieza la transformación? ¿Qué lo corrió de lugar? ¿Qué le hizo decir, “yo ya no soy el mismo”? Esa zona de transición es la que me parece fértil. Y además hay algo que me fascina: cómo ciertos viajes iluminan cosas que uno tenía adentro, como en la frase de Miguel Ángel que uso en el texto, que la escultura ya estaba en la piedra. El Che que recorre América todavía no es el Che, pero ya está latiendo ahí. Me interesa ese latido, esa pulsión vital, bajarlo del monumento.

Carné profesional del Che
En ese texto también aparece la idea del viaje como revelación. ¿Creés que hay una dimensión espiritual o poética en el desplazamiento geográfico?
Sí, de lo contrario se vuelve turismo. Hay una poética en el viaje que se contamina por el desorden. El viaje que deja un margen para perderse, para la sorpresa. Los viajes más interesantes son aquellos donde no hay un plan. O donde el plan se arruina. Los viajes que sirven no son los que te llevan a un lugar, sino los que te cambian la mirada, los que te extravían para que puedas hallar algo vital. El viaje del Che funciona en ese sentido, él no va en busca de una revolución, pero algo se agita en él. Como cuando uno vuelve a su ciudad después de mucho tiempo y no reconoce las veredas. El lugar no cambió, el que cambió fue uno.
Hay en tu escritura una crítica constante a los discursos oficiales, ya sean políticos, ideológicos o incluso tecnológicos. “Los chinos son pocos” e “Inteligencia artificial: aquí hay dragones” son buenos ejemplos. ¿Escribir es también un modo de insubordinación?
Sí. Pero no en el sentido panfletario. No escribo para adoctrinar ni para enojarme. Escribo para señalar rarezas. Contradicciones. Hacer un desvío. En el caso de China, me parecía absurda esa idea de fomentar la natalidad desde un aparato estatal que antes la prohibía. Quise escribir desde esa contradicción, pero sin solemnidad, con humor, incluso con cierta ternura. Y con la IA, el tono es otro, más preocupado, porque ahí sí creo que hay un peligro real de deshumanización, no por la máquina en sí, sino por la lógica fría que vamos naturalizando. Me angustia más el algoritmo que el robot que auguraba Hollywood junto con el fin del mundo.
En “Aquí hay dragones” hacés una genealogía muy precisa: de la televisión como promesa, al miedo a las IA como nuevos monstruos del siglo XXI. ¿Vivimos rodeados de ficciones que se nos presentan como realidad?
Sí, y cada vez más. Pero el problema no es la ficción en sí. La ficción es necesaria, incluso saludable. El problema es cuando la ficción se impone como única forma de realidad. Cuando ya no hay posibilidad de decir “esto no es verdad”. Adorno hablaba de “el duplicado del mundo” y creo que hoy vivimos dentro de esa copia. Las redes, los avatares, las fotos retocadas, los discursos prefabricados; todo se parece y por eso todo ha perdido su originalidad, su razón de ser. Hay que ver hasta cuándo lo humano podrá resistir sin volverse caricatura.

Lucas Damián Cortiana
¿Y qué lugar le das a lo poético en medio de todo eso? ¿Sigue siendo posible una escritura que no sea absorbida por la lógica del algoritmo?
Yo creo que sí, aunque cueste. El algoritmo quiere eficiencia. El poema quiere misterio. El algoritmo busca captar la atención. El poema quiere perderla. La poesía, en sentido amplio, es lo que no sirve. Y justamente por eso es necesaria e irremplazable. A mi entender, cualquier forma de literatura deja de ser interesante cuando busca la eficacia o volverse viral o venderse. La literatura que trasciende es la que defiende su verdad en sus propios términos. Y si logra una cierta belleza, una cierta grieta por donde entre el mundo, ya hizo bastante.
¿Cómo te das cuenta de que un texto tuyo está terminado?
Cuando me incomoda un poco menos. Cuando ya no me duele tanto leerlo. Cuando siento que no podría sacarle ni ponerle una coma sin estropear algo. Y a veces me equivoco, claro. Pero escribo desde ese estado de ajuste fino, como quien afina una radio antigua hasta que encuentra el tono justo de interferencia (los de mi generación me van a entender y los centennials guglearán qué es una frecuencia fina y hasta qué es una radio).
¿Pensás en un lector al escribir? ¿O escribís como quien deja un mensaje en una botella?
Pienso en alguien que no conozco. Alguien que podría ser yo, pero no hoy, un yo que todavía no llegué a ser. Escribo para que ese otro me entienda o al menos, para que se detenga. No creo en el escritor iluminado que baja la verdad al mundo. Pero sí creo en el escritor como alguien que en medio del ruido encuentra un silencio y lo comparte.
