Santuario de la Santa Muerte en Santa Ana de Chapiro en Michoacán (México). Foto de Virginia Elena López Domínguez

 

A principios del siglo XVIII, todavía en pleno auge del racionalismo, el filósofo napolitano Giambattista Vico, sentó las bases de la historia presentándola como la ciencia más verdadera de todas, un auténtico espejo que proyecta fielmente lo que es el ser humano, porque analiza lo que hace y no lo que piensa. Al considerar la evolución de distintos pueblos, observó que la entrada de un grupo de individuos en la civilización se realiza siempre acompañada de tres costumbres cuya presencia señala el paso del orden natural al civil, tres signos que los antropólogos aún hoy utilizan como criterios para diferenciar a nuestra especie en el proceso de hominización. En efecto, desde la más remota antigüedad, todos los pueblos tienen religión, contraen matrimonios solemnes y sepultan a sus muertos. Los dos primeros factores civilizatorios no son siempre comprobables, ya que los vestigios hallados pueden interpretarse de diversas maneras, pero, cuando aparecen enterramientos, no hay duda de que ha existido un culto funerario. Esto supone que los celebrantes han alcanzado un cierto grado de espiritualidad, pues dichos rituales trascienden el ámbito material. Se fundan en la creencia de que las almas siguen existiendo tras la muerte e interesándose por lo que sucede en este mundo, por eso, su objetivo consiste en proporcionar bienestar a los difuntos, aunque muchos oficiantes pidan también protección para sí. De hecho, la veneración de los ancestros no se realiza para rogar favores, como cuando se adora a un dios o a un santo, sino para cumplir un deber de piedad filial y lealtad familiar, donde el recuerdo de los antepasados da continuidad al linaje y permite reconocer las aportaciones de cada uno junto con el compromiso de mantenerlas o acrecentarlas. En definitiva, este tipo de celebraciones está destinada a cohesionar las instituciones sociales, empezando por la más básica de todas, el núcleo familiar, de ahí que en su mayoría se desarrollen en el ámbito privado o doméstico.

 

Santuario de la Santa Muerte en Santa Ana de Chapiro en Michoacán (México). Foto de Virginia Elena López Domínguez

 

Por tratarse de un culto universal y de máxima antigüedad, las ceremonias del día de difuntos han sufrido cambios y sincretismos acordes con la preeminencia de distintas religiones a lo largo del tiempo. También se han producido superposiciones con otras tradiciones, como ocurre con Halloween, una fiesta de  procedencia celta o gaélica, relacionada con la magia druida y el renacimiento de la naturaleza, originariamente dedicada a la cosecha, de ahí el uso de calabazas talladas con forma de rostro. Al realizarse en la víspera del día de Todos los Santos, terminó por eclipsar la celebración tradicional absorbiéndola hasta el punto de que hoy la gente las confunde. Le quitó el carácter sacro a la primera y la banalizó transformándola en un carnaval de disfraces salidos del lado oscuro, un museo viviente del horror, donde desfilan todos los miedos vestidos de monstruos, zombis, fantasmas, brujas, diablos y diablesas, seres de otros planetas y dimensiones, vampiros, licántropos, así como personajes de películas de terror. No hay duda de que consiste en una burla pública de todo lo que amenaza a la sociedad y no controlamos de manera consciente, pero no constituye una denuncia. Al estar atrapado por los hilos invisibles de la publicidad y el comercio que mueven el mercado global, el supuesto exorcismo se ha vuelto una pantomima carente de crítica. En esta versión actual, la finalidad del festejo parece ser la de convivir con el espanto y divertirse con él o, en otras palabras, la de minar los cimientos ocultos del todo social sin otro objetivo que dejarlo caer y hundirlo en un caos, al que no sólo se le ha perdido el temor sino todo respeto. En definitiva, una estrategia en la línea del “pan y circo” romano, que abre el camino para que las cosas sigan estando como están o incluso empeoren.

 

Santuario de la Santa Muerte en Santa Ana de Chapiro en Michoacán (México). Foto de Virginia Elena López Domínguez

 

De las celebraciones de la jornada de difuntos, la más famosa es la de México, sea por su dimensión multitudinaria o por su carácter exótico para los occidentales. El día anterior, coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, se acicalan los cementerios y por la noche se recuerda especialmente a los niños fallecidos. Se adornan las tumbas con juguetes, incluso bicicletas, fotografías o globos, y se llenan de golosinas, comidas o bebidas que gustaban a los finados. A la mañana siguiente, se hace la visita masiva de los camposantos, se llevan flores y a veces la familia comparte allí la comida. En la intimidad de los hogares quedan las ofrendas domésticas, que se prepararon varios días antes, con una ornamentación similar y muy colorida, en la que no puede faltar la comida (como en cualquier culto animista) y donde abundan las velas, el papel picado, mucho cempasúchil (variedad local de tagete anaranjado), así como pequeños cráneos (calacas) o esqueletos. El lado público de la fiesta se percibe en los altares comunitarios regados por todos los barrios y pueblos, donde la decoración se amplifica para ser expuesta como trabajo votivo, en los desfiles de grupos de catrinas con enormes sombreros, trajes de época y hasta mariachis, en los paseos por la noche en barcas adornadas con candelas -como ocurre en el lago Pátzcuaro en Michoacán- y, sobre todo, en el tumulto popular que se pasea bajo las luces de colores con el rostro magistralmente pintado de calavera, mirando los puestos con pan de muerto, otros dulces y artesanías alusivas.

 

Santuario de la Santa Muerte en Santa Ana de Chapiro en Michoacán (México). Foto de Virginia Elena López Domínguez

 

La familiaridad con la muerte y la presencia constante de cráneos y esqueletos provoca un cierto resquemor entre los europeos, acostumbrados desde la Edad Media a que estos símbolos les recuerden la irremontable caducidad de la vida, sean una advertencia aciaga vinculada al carpe diem y, por tanto, apunten al mandato de reprimir los deseos individuales y sensibles para obligarlos a transitar por el camino de la piedad comunitaria. Pero, en cambio, en esta parte de América constituyen una herencia  prehispánica que remonta a la época maya y, tanto en objetos de uso cotidiano como en templos y pirámides, aparecen con frecuencia esculpidos o pintados. Por ejemplo, en el antiguo panteón mexica, Mictlantecuhtli fue ampliamente venerado por ser el dios al que todos los seres vivos habrían de enfrentarse cara a cara. Creado en el “paraíso” de Omeyocán, posee una doble función, porque rige la muerte, pero también da vida. Y esto se debe a que, para este pueblo, la naturaleza es una totalidad en permanente movimiento, donde nada se aniquila, sino que se transforma. Cuando se trata de grandes guerreros y mujeres fallecidas durante el parto, vuelven a bajar a la tierra convertidos en colibríes. En consecuencia, la muerte nunca es concebida como un final sino como un tránsito que inicia una nueva existencia en otra dimensión y eso hace que la divinidad no sea temida e incluso se busque la familiaridad con ella, para ganarse su favor. Este significado está presente en el extraordinario poema que el mexicano José Gorostiza publicó en 1939 con el título de Muerte sin fin, donde interpreta el universo como una creación continua de vida.

 

Un cuerpo pintado, disfrazado de mexica y con las sonajas en los tobillos que utilizan para bailar. El Zócalo de CDM. Foto de Virginia Elena López Domínguez

 

Precisamente, el deseo de superar la muerte como extinción de la vida y, a la vez, amedrentar a los demás con el poder que brinda el tener un pacto con una fuerza aniquiladora es lo que predomina en la veneración de la Santa Muerte. Sin duda, su objetivo es muy distinto al del día de difuntos, a pesar de lo cual, ambos cultos utilizan un atrezo parecido. En este caso, se trata de un credo urbano surgido a mediados del siglo XX, muy difundido en áreas donde existe un alto índice de criminalidad y violencia (por ejemplo, el barrio de Tepito en ciudad de México), porque parece haber nacido en las cárceles y haberse diseminado especialmente entre narcotraficantes y delincuentes. De hecho, uno de los más grandes santuarios dedicado a ella se encuentra en Santa Ana Chapitiro en Michoacán, un Estado mexicano dominado por las mafias del narcotráfico, que han encontrado en el aguacate una nueva fuente de recursos ilícitos. Curiosamente, a partir de 1975 también en Argentina se ha extendido un culto con una iconografía similar, dedicado a San La Muerte, un esqueleto masculino con un cayado o una guadaña, que representa la figura de un monje injustamente castigado por las autoridades, que ayudó o curó a los leprosos y fue encontrado muerto de pie mucho tiempo después de haber fallecido. El culto se originó en Paraguay y el noreste argentino para irradiarse como una religión popular entre los más pobres, mezclándose con prácticas de santería, ya que los oficiantes bendicen amuletos, pueden sufrir posesiones y ejercen también de curanderos. La nueva devoción siguió el mismo camino de los migrantes que huyen de la miseria y la falta de trabajo para ir en busca de nuevas oportunidades y terminan asentándose en las villas-miseria del Gran Buenos Aires, especialmente al sur de la ciudad, donde también vive la mayoría de los narcodelincuentes. Gran parte del recorrido se realizó sobre las huellas del Gauchito Gil, con quien San La Muerte muchas veces comparte altares. Esta figura sacralizada recuerda a un criollo marginal, quien fue condenado en el siglo XIX por deserción del ejército y realizó algún milagro de curación. También los seguidores de la Santa Muerte suelen adorar a otros personajes, aunque no permiten la intrusión en su altar, ya que es patrimonio exclusivo de la deidad, por ejemplo, al líder de un grupo de bandidos mexicanos conocido como Malverde, quien ayudaba a los indigentes a fines del siglo XIX y fue convertido en el Patrono de los traficantes. Aunque a estos santos se les rece el Padrenuestro y se les haga peregrinaciones en su honor, la jerarquía católica rechaza tales creencias y, junto con los medios de comunicación, ha contribuido a su estigmatización comparándolas con cultos satánicos y difundiendo noticias falsas sobre sacrificios humanos como ofrenda. En realidad, la iglesia se defiende ante la pérdida de sus feligreses y el paso constante a las filas de la competencia. De hecho, estos grupos surgieron por la desconfianza ante las instituciones religiosas debido a su falta de operatividad ante los problemas reales de los más desfavorecidos, aparecieron como una alternativa frente a la dificultad de los sacerdotes católicos para hacer calar su mensaje entre gente profundamente desilusionada. Tras el fracaso de los “curas villeros” (por ejemplo, en Argentina) y el reclutamiento fallido de las iglesias evangélicas, los marginados buscaron sus propios santos ejerciendo su derecho revolucionario de hacer canonizaciones transgresoras eligiendo a aquellos que se rebelaban contra la autoridad o subvertían el orden de la sociedad. Así, en estas religiones populares, la acción de los fieles recorre la pirámide social en una dirección que va desde abajo hacia arriba y, por eso, no predomina la obediencia sino el sentido de la fiesta: beber, bailar, flirtear y esperar un milagro en una situación desesperada.

 

Un altar para el día de los Muertos

 

En la medida en que todas las religiones intentan comprender el mundo en el que se desarrollan, los cultos a la muerte son nihilismos radicales que no ofrecen una explicación racional de la existencia, ya que la vida de sus fieles se desenvuelve en la miseria, la precariedad sanitaria, la vulnerabilidad, la ignorancia y su posible optimismo desaparece ante la enorme dificultad para cambiar el entorno, como si, en lugar de reposar sobre el fondo del ser y la unidad del amor, el individuo se tambalease sobre el abismo de la nada. Para estas gentes, todo es absurdo a la vez que profundamente injusto, salvo que ocurra un milagro que modifique su suerte. La devoción a la muerte apunta precisamente a eso, a salvarse individualmente, incluso de modo egoísta, pidiendo al santo, quien es concebido no como un dios creador sino como un ángel mediador que traslada al otro mundo, donde se celebra el juicio póstumo, y protege en éste de no ser baleado, de no ser detenido si se comete un delito o, en el peor de los casos, ayuda a tener una muerte rápida y sin dolor. Las peticiones entrañan un compromiso íntimo e indisoluble, pues en ese ambiente de desengaño el peor pecado es la traición. El pacto suele estamparse en el cuerpo, que se convierte él mismo en un altar, donde se puede rendir culto incluso estando aislado en una prisión. Los tatuajes son frecuentes en ambas versiones, porque permiten llevar la protección en uno mismo y dotan al portador de la facultad de realizar acciones del santo sobre otros, a la vez que anclan su memoria en datos relevantes de su trayectoria. En Argentina, algunos devotos se hacen heridas en los dibujos grabados para mezclarlos con su propia sangre o se incrustan bajo la piel figuras milimétricas del santo hechas de balas o huesos. Todas las peticiones llevan una contrapartida: una promesa que, si no se cumple, puede pagarse con la muerte del promesero o de alguien que le es cercano. A medida que los cultos se fueron extendiendo, los oficiantes comenzaron a actuar como sanadores físicos y espirituales, como chamanes que curan desde un empacho, una pata de cabra, un herpes hasta una depresión o adicciones. Por intercesión de la entidad divina, hacen limpias de mal de ojo, envidia o energías perversas, “trabajos”, amarres, lectura de cartas, además de consagrar bautismos y matrimonios. A su vez, los altares se llenan de mensajes de agradecimiento, velas y obsequios, desde una copa de tequila a una cadena de oro. Finalmente, su difusión en las redes, sobre todo durante la pandemia, les dio a las religiones de la muerte un carácter global convirtiéndolas en una magia antisocial útil para sobrevivir en un mundo de luchas y egoísmos, donde constantemente se corre el riesgo de perder la vida.

 

San La Muerte