Willem Dafoe en una escena de la película

 

El camaleónico y magistral Willem Dafoe una vez más demuestra en la pantalla que él solito puede con una película entera. En “Inside” (2023) la ópera prima de Vasilis Katsoupis, interpreta a un ladrón de guante blanco con una misión: entrar a un ático de lujo para robar el autorretrato del artista austríaco Egon Schiele. Desciende desde las alturas, logra ingresar en el lugar tras haber silenciado las alarmas y, con el móvil en la mano, se mantiene en comunicación con alguien que se supone lo va a rescatar una vez que la misión se cumpliera. Pero, como el crimen perfecto no existe, algo falla.

 En el momento exacto en que el plano detalle muestra la cerradura de máxima seguridad cerrándose de manera automática, presentimos junto al protagonista que salir de allí será casi imposible. Y, una vez que avanza la trama, vamos dándonos cuenta de que la corazonada se hace cada vás más cierta: el lujoso penthouse se ha convertido en una trampa inexpugnable de la que probablemente solo saldrá con las piernas para adelante.

 

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Sin ánimo de hacer un espóiler sobre el filme que mantiene al espectador en vilo dentro de un clima -literalmente- asfixiante, quiero rescatar aquí un enunciado que vertebra la trama: “el arte permanece” que rememora el protagonista como una anécdota de su época de colegial. En aquel momento la consigna había sido: ¿qué rescatarías de un incendio? “Mi gato, un CD de AC/DC y mi libreta de bocetos”, fue su respuesta. Pero el gato murió, el CD ya no está y lo único que queda en pie es el arte. A propósito, aunque parezca trillado, no deja de resonar una y otra vez la misma pregunta retórica: ¿Qué es el arte?

 Siguiendo a Tatarkiewicz, en la antigua Grecia, en Roma, en la Edad Media y aun en el Renacimiento, la palabra “arte” significaba “destreza”, o sea, la habilidad que se necesitaba para construir una casa, realizar una escultura, una prenda de vestir o el respaldo de una cama. La misma destreza que se requería para mandar un ejército, medir un campo o dominar una audiencia. En otras palabras, el arte -como sinónimo de habilidad- necesitaba reglas y, como tal, quien era capaz de  dominarlas podía ser considerado un artista. A partir del Renacimiento, la belleza y la mímesis -entendida como imitación de la naturaleza- fueron los indicadores o guías para distinguir lo que era arte de lo que no. Sin embargo estos criterios dejaron de ser una clave a partir del inclasificable rótulo de arte contemporáneo.

 

 

Dafoe con el cuadro de Egon Shiele que debe robar

 

“El arte es por su naturaleza un ámbito de libertad y puede adoptar muchas formas”, escribe el mismo autor en su libro Historia de las seis ideas.  Desde esta afirmación podemos retomar la trama del filme de Katsoupis que transcurre en medio de la opresión dentro de un lugar parecido a una galería de arte. Como sostiene O’Doherty, los espacios expositivos son escenarios que recuerdan a las iglesias medievales portadoras de verdades absolutas donde las cosas se muestran para la eternidad. Es allí donde la presencia del ladrón enjaulado en la piel de Willem Dafoe entra en acción como artista contemporáneo. El personaje, cada vez más desahuciado y en su afán por seguir vivo, improvisa dispositivos para huir del encierro, estructuras caprichosas que provocan caos pero que, al mismo tiempo, crean belleza.

 Como puntualicé más arriba, sin ánimo de contar el final, Inside es un filme recomendable que nos recuerda que la utopía y el arte pueden adoptar muchas formas. Si algo tienen en común es que ambas mantienen viva la fe en que lo imposible puede no serlo. Y, una vez más, “el maestro” Willem Dafoe se come la película.

 

 

Dafoe en una de las escenas de la película Inside