Ramón Gómez de la Serna (1888–1963) fue una figura esencial de la vanguardia literaria española. Creador de las greguerías, esas expresiones de humor y metáfora que condensan mundos enteros en una sola línea, Ramón fue también un agitador cultural, un autor prolífico y un pensador que vivió para transformar el lenguaje y sus límites. Como ha puesto de manifiesto el estudioso de su obra Eduardo Alaminos López, hay una faceta menos explorada pero profundamente reveladora de su universo creativo: su relación con el dibujo.

En su último ensayo, “Ramón dibujante. El lápiz atrevido” (Ediciones Ulises, 2025) Alaminos afirma que para Ramón dibujar no era un simple pasatiempo ni una decoración de sus textos: era una prolongación expresiva, una forma de pensamiento paralelo. En sus trazos encontramos el mismo espíritu que en sus escritos: la ironía, el absurdo, la visión poética de lo cotidiano.

Ramón definió la greguería como «humorismo + metáfora», una fórmula que también se aplica, curiosamente, a muchos de sus dibujos. Basta con observar algunos de los bocetos que acompañan sus textos o que se conservan en sus cuadernos personales para notar que no se trata de ilustraciones narrativas ni realistas, sino de pequeñas explosiones de ingenio visual. Por ejemplo, en un dibujo suyo donde representa a un hombre sentado en una terraza con dos limpiabotas  estamos ante una greguería gráfica: el humor conceptual que se resuelve en un trazo. 

 

 

Estos dibujos no pretenden “representar” una realidad externa, sino revelar una visión subjetiva y transformadora del mundo. Como estudia Alaminos, Ramón Gómez de la Serna dibuja como escribe: con sorpresa, con desvío, con una lógica ilógica. En su universo, los objetos se humanizan y las personas se vuelven objetos, como en sus textos. En muchos de sus retratos, uno no sabe si se trata de un retrato expresionista o de una caricatura dadaísta. El trazo es tosco, casi infantil, pero eficaz: la imagen comunica una idea absurda que podría estar acompañada perfectamente por una de sus frases lapidarias.

Estéticamente, los dibujos de Gómez de la Serna se pueden describir como naíf, con una evidente influencia de la caricatura, el arte marginal y los códigos del cómic incipiente. Juan Manuel Bonet sitúa al Ramonismo dentro de la vanguardia artística del Ultraísmo.  Eduardo Alaminos cita en su ensayo a Ortega y Gasset y su célebre frase “un mismo intento de fuga y evasión de lo real se satisface en el suprarrealismo de la metáfora y en lo que cabe llamar infrarrealismo. Los mejores ejemplos de cómo por extremar el realismo… son Proust, Ramón Gómez de la Serna y Joyce”.

Desde que Ramón decide adornar sus artículos con dibujos propios entra de lleno en un campo que se puede calificar de pluriestilismo, escribe Eduardo Alaminos López. Sus líneas son sueltas, rápidas, como si provinieran de una mano que dibuja al ritmo del pensamiento. Esto le da a sus imágenes un carácter de improvisación que encaja perfectamente con su escritura, siempre ágil, en constante fuga. No hay pretensión técnica, sino expresividad: sus figuras parecen a veces garabatos, otras veces diagramas simbólicos. Esto las hace sumamente modernas, anticipando lenguajes visuales como el art brut o la poesía visual de los años 60.

 

 

Durante su exilio en Argentina, sobre todo en la década de 1940, cuando su figura comenzaba a desdibujarse del canon literario español y el reconocimiento menguaba, Ramón recurrió con mayor frecuencia al dibujo como una forma de expresión íntima. Muchos de estos dibujos revelan una dimensión melancólica, casi confesional.

Uno de sus autorretratos más inquietantes lo muestra con los ojos cerrados, el rostro atravesado por una línea vertical, como si una grieta lo dividiera. Bajo el dibujo, la inscripción: “Yo soy dos”. Esta imagen, de una crudeza simbólica notable, sintetiza su desdoblamiento entre el hombre público y el artista, entre el exiliado y el madrileño nostálgico, entre el que fue y el que ya no es.

Los dibujos de esta época muestran figuras encerradas, cabezas dentro de jaulas, relojes derretidos (antes de Dalí, incluso), calles vacías, personajes sin rostro. Son escenas que podrían haberse dibujado desde la tristeza, pero que conservan, sin embargo, una chispa de humor, una voluntad de seguir creando desde los márgenes.

 

 

La obra visual de Ramón Gómez de la Serna no debe verse como un accesorio menor de su producción literaria, sino como una prolongación natural de su mirada artística. En sus dibujos habita el mismo Ramón que en sus textos: irreverente, lúdico, contradictorio, genial. No hay Ramonismo sin humor.

Así, el dibujo en su obra es tanto un juego como una necesidad: le permite explorar lo que las palabras no alcanzan a decir, lo que escapa por los márgenes de la prosa o se resiste al ritmo del discurso. Como afirma Eduardo Alaminos, el Ramonismo puede definirse como un conjunto de heterogeneidades, una mezcla o cóctel de literatura y gráfica, una parte del cual lo constituyen los originalísimos dibujos que acompañan sus textos.