Un libro de más de 900 páginas es de los que, dicho francamente, tiran para atrás, aunque sólo sea por el coste de oportunidad: el tiempo que, si se emplea en leerlo, uno no puede dedicar a otros menesteres. Y los motivos para no embarcarse en la empresa se acumulan si se tiene en cuenta que estamos ante un texto escrito hace ochenta años y además en un idioma que no sólo no es el español sino que es nada menos que el alemán, cuya traducción resulta muchas veces del todo imposible, para hablar claro.

Si uno salva todo lo anterior, que no es poco, y aguanta con estoicismo las 900 páginas, se acabará alegrando muchísimo. El empeño vale la pena, aunque sólo sea para someter a revisión los estereotipos con los que la sociedad germana es vista desde fuera.

Las novelas sobre familias -libros costumbristas, al cabo- son un género literario cada vez más consolidado. En esta ocasión, los protagonistas son los Effinger -los que dan nombre al título: un apellido imaginario, por cierto-, dinastía fundada por un relojero de una pequeña ciudad bávara, dos de cuyos hijos, Karl y Paul, nacidos en 1861, se van a Berlín -el Berlín de Bismarck, el de la revolución industrial- a comerse el mundo y de hecho empiezan por el principio, es decir, casarse con mujeres de mejor condición: las hermanas Anette y Klarita Oppner, hijas de un banquero, Emmanuel Oppner (1830-1908), marido de Selma Goldschmidt, y por tanto nietas por vía materna -un encaste de postín- de Markus Goldschmidt, nacido en 1810 y prohombre de su época.

 

Correspondencia de Waldemar Goldschmidt

 

Quiere decirse con ello que la historia de los dos jóvenes Effinger se trenza con la de los Oppner-Goldschmidt. Karl y Anette tuvieron a su vez cuatro vástagos, nacidos entre 1886 y 1894; por su lado, de Paul y Klarita salieron dos, llamados Lotte (1894 también) y Fritz (1900).

No hace falta recordar que el Reich guillermino (1871-1918) fue el de la revolución industrial -la segunda, según la convención historiográfica- y también la que vivió ascensión de Berlín al rango de metrópoli, al nivel que para entonces ya habían alcanzado Londres y París. Ya se sabe que los fenómenos suelen venir trenzados. Quien dice industrialización (o sea, emigración del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades) dice necesariamente urbanización, lo que a su vez trae consigo que la vivienda -en el medio rural, algo cuyo acceso viene dado- devenga algo problemático, por lo escaso y también por lo caro.

Y no sólo eso: toda industria requiere capital y eso significa que hacen falta financiadores, que obviamente cobran su precio (y que viven en otro planeta, en el que los sobresaltos son una constante: por ejemplo, el de la Bolsa de Viena de 1873). En fin, también cabe poner sobre la mesa que es en ese tipo de sociedades donde las mujeres plantan su candidatura a ser como los hombres en su estatuto jurídico y en su independencia personal.

 

Gabriele Tergit poco antes de su muerte

 

De todo ello cabe decir que sucedió, en uno u otro grado y con tales o cuales ritmos, en los distintos países de Europa occidental. Pero en Alemania las cosas discurrieron por un camino especial, el famoso Sonderweg, y desde varias perspectivas. Primero, porque, aunque la Constitución de 1871 (la de la ansiada unidad, por la que tanto tiempo llevaban luchando los liberales) proclamaba el sufragio universal (masculino, claro es: el femenino hubo de esperar hasta Weimar en 1919), su régimen político era todo menos parlamentario. Y segundo y sobre todo, porque la población judía resultaba especialmente importante, en cantidad y calidad, de suerte que el antisemitismo, que tiene mucho de envidia hacia los afortunados, se topó allí con un terreno que se encontraba abonado con un fertilizante que estaba llamado a mostrarse especialmente fértil. El affaire Dreyfus de finales del siglo XIX fue terrible, pero, como es notorio, se quedó muy corto en relación con la persecución nazi a los judíos a partir de 1933.

En ese contexto, sucede que los Effinger eran judíos y muy judíos (como muy alemanes). Y supieron subirse con éxito a la ola de prosperidad de la época bismarckiana, pero precisamente eso los puso en la diana cuando las cosas vinieron mal dadas.

De todo eso habla el libro, que se estructura en 151 Capítulos (o sea, a una media de 6 páginas por cada) y cuyo relato se extiende hasta 1948.

Se refleja, por ejemplo, una sociedad en la que las apariencias se mostraban importantísimas, sobre todo entre quienes se encontraban en el ascensor de subida. Y en la que el sexo, incluso dentro de la relación matrimonial, era poco menos que un tabú del que no se hablaba: gente pacata, visto con ojos de hoy. Una sociedad, en fin, en la que la excelencia en la educación, el Bildung, se consideraba clave para el desarrollo personal y para la posterior actividad profesional y el enriquecimiento, el Besitz, la propiedad. Besitz und Bildung (aunque por orden inverso) era todo un lema vital. De hecho, uno de los protagonistas centrales es Waldemar Goldschmidt, un personaje real (1850-1942), hermano de Selma (la madre de Anette y Klarita), que era profesor universitario. De la Facultad de Derecho de Berlín, que se dice pronto.

 

 

¿Mejor o peor que Los Buddenbrock de Thomas Mann? Distinta, para empezar porque esta última se publicó en 1901, con lo que el arco temporal que comprende, aunque se tratase de cuatro generaciones, se termina mucho antes. También sucede que, desde el punto de vista geográfico, la acción se localiza en Lübeck, una ciudad no irrelevante pero desde luego con menor sustancia que Berlín. En tercer lugar, ocurre que sus personajes eran sólo comerciantes, porque en aquella época todavía no habían entrado en escena, como gremio, los industriales ni tampoco los financieros. Y, cuarto y último, sucede que aunque El mago relata una decadencia (en el original, el subtítulo es Verfall einer Familie), lo cierto es que las causas de venirse abajo la saga son por así decir endógenas y no están relacionadas con la cuestión judía.

Por el contrario, lo que el libro de Gabriele Tergit pone en el centro es esto último. Se habla con frecuencia de die deutsche Frage, la cuestión alemana, para referirse (Antonio López Pina lo tiene bien estudiado) a un país con una enorme inseguridad en sí mismo -perfectamente compatible con la arrogancia, supuesto que esta es sólo una fachada o, si se prefiere, la manifestación de un complejo- porque no tiene fronteras naturales por el este -la actual, la de los ríos Oder y Neisse, fue sólo un apaño de 1945: hay que ponerse en aquella dramática sazón- y se encuentra presto en todo momento para sufrir una invasión. También sabemos todos lo que es die judische Frage, la cuestión judía, que con unos u otros caracteres está presente desde siempre en el centro de Europa (y no sólo en el centro). La novela de Tergit pone de relieve que ambas cuestiones, en el sentido de asuntos problemáticos, no sólo presentan muchas zonas secantes, sino que en el fondo son una misma cosa o, si acaso son dos, resultan sencillamente indisociables. Los miembros de la familia Effinger tenían las dos identidades, la alemana (vivieron las guerras de 1870 y de 1914 con la intensidad de los patriotas) y la judía, siendo así que a partir de 1933 se vieron obligados a prescindir de la segunda de ellas y, al cabo, también de la primera.

El libro, que tardó en escribirse 15 años, se publicó en 1951 (o sea, apenas terminada la segunda guerra mundial y recién eliminado el nacismo) y pasó sin pena ni gloria: la sociedad alemana estaba instalada en el olvido -el borrado, incluso- del pasado reciente. Se reeditó (en Alemania) en 2019 -la autora había fallecido en 1982- y fue recibido como un acontecimiento cultural: el texto seguía siendo el mismo, pero los ojos de los lectores eran lo que habían cambiado, en el sentido de haber sabido normalizar la memoria histórica del país. No es de extrañar que la versión española, del año 2022, haya merecido igualmente, pese a las 900 páginas y todos los engorros señalados al inicio, un aplauso unánime. A los lectores de Spinoza en el parque México, de Enrique Krauze (en su primera parte, una historia de la emigración de los judíos polacos a México hace casi un siglo), les va a gustar de manera especial, porque, al cabo, Polonia y Alemania tienen mucho en común. No sólo es que la frontera podría perfectamente ubicarse un poco más acá o más allá.

 

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