Foto de Russ Rowland

 

Leer en el metro

El otro día mi corresponsal en Madrid, antaño cubriendo desde Uzbekistán, Mongolia y China, me aseguraba adjuntando un documento gráfico –ya nadie cree en las palabras, y yo sigo escribiendo– que, a la vez, leían libros tres personas en su mismo vagón de metro, para más señas de la línea 10, en Madrid. Tres tipos leyendo en un vagón. Ojo al dato, como diría aquel. Cuando yo era joven y también residía en la villa y corte, paseándome en esos convoyes bajo tierra a veces tan ruidosos en las curvas, más que libros leía periódicos, con sus suplementos y todo. Y embobado, me sumergía en ellos como el votante en su partido. Con el tiempo, fui generando una claustrofobia que me mantenía en guardia cada vez que me introducía en alguna estación, escaleras mecánicas abajo, y ya no digamos si el tren se detenía sin previo aviso dentro de algún túnel. En esos tiempos inmisericordes, de ansiolítico y padre nuestro, ya sólo leía libros, pero nunca en el metro. ¿La razón? Que como además escribo, me parece que desperdiciar un viaje de ese tipo leyendo es un error que equivaldría a perder la inspiración. Porque deteniéndome a ver cómo se hurgaba aquella señora las fosas nasales o cómo un chico en patinete eléctrico lloraba al leer los mensajes de WhatsApp –le debía haber dejado alguien– dieron comienzos algunas historias de bar, relatos de bitácora, o adaptaciones a diálogos de novelas rigurosamente mejorables ya publicadas. Luego está la leyenda de que en el metro de Moscú leen todos sus pasajeros y que se fotografía al que no lee, lo cual estaría bien si fuese verdad. Aunque el mejor momento de la literatura dentro del suburbano lo viví yo cuando llegando en el último segundo al convoy que ya casi cerraba sus puertas en la estación de Sevilla, observé, claramente, cómo el maquinista, a la par de dirigir a doscientas personas, leía un libro posado sobre el cuadro de mandos. No pensé, para nada, en los riesgos laborales. En todo caso me quedé con las ganas de saber qué libro leía. Estuve todo el viaje, hasta que me apeé en Plaza de Cataluña, embobado ante tamaño milagro. Qué tiempos aquellos –corría el año 1997– donde en el metro leía hasta el maquinista. 

 

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Las listas de los libros

Detesto profundamente las listas de libros. Cualquiera de ellas. Y ya no digamos las que se ofrecen cada cierre de año tratando de que aquello parezca la tabla de clasificación de la Primera División, cuando en realidad esos libros escogidos por los de siempre, hacen tanta mella en el lector que no sólo tiene que ir a comprarlos, sino que a partir de ese mismo momento deberá defenderlos en público a capa y espada, porque él sólo lee lo mejor: lo seleccionado por árbitros titulados para ello. Uno aprecia en las mismas listas, cuando les echaba vistazos, el lodazal humanístico en el que quieren meter a la sociedad y, además, a la sociedad que lee. Pero debo corromperme para mostrarles lo que un lector me pidió hace unas semanas con las siguientes palabras: Recomiéndeme, por favor, cinco libros imprescindibles (me valen tanto tratados filosóficos como novelas). Y claro, tuve que recomendarle, en mi caso, ocho obras que son las siguientes: 1–Más allá del bien y del mal, Nietzsche (Alianza); 2–Lolita, Nabokov (Anagrama); 3–Introducción a la filosofía de Hegel, Koyève (Trotta); 4–Poesías completas, Miguel d’Ors (Renacimiento); 5–Los ensayos, Montaigne (Acantilado); 6–La casa de las bellas durmientes, Kawabata (Austral); 7–Zorba el griego, Kazantzakis (Acantilado); 8–Del inconveniente de haber nacido, Cioran (Taurus). Como me contestó diciendo que en alguna recopilación de ensayos de Cioran ya estaba incluido la obra que le recomendaba di un salto para proponerle este otro milagro de diferente género: Ciudad del hombre, Fonollosa (Edhasa). Y aquí tienen, como el que no quiere la cosa, una de mis listas, que mañana podría mutar en otra completamente diferente, siempre alejada de las novedades y de los viciosos editores. Y por supuesto, no hagan caso a ninguna lista. Siquiera a esta. 

 

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Crowfunding

Últimamente asisto impávido a la enésima demostración de destreza comercial de la nueva hornada de editores que le piden a la plebe dinero por adelantado para así financiar sus proyectos o sacar las cajas de libros que no se llegaron a vender de las maneras más tradicionales. Observé hace un tiempo cómo la editorial Kriller 71 –interesante su Puerto oscuro, de Max Strand– sacaba partido de su petición, que según asumo fue un éxito. Pero el otro día llegué a una entrevista sinuosa donde de la siguiente pregunta (Recientemente lanzaste un crowfunding para financiar las próximas publicaciones y reimpresiones de la editorial. ¿Cómo ha sido la respuesta de la campaña hasta ahora?) leí la siguiente contestación, que menos mal que no hice yo: Me esperaba una respuesta mucho más favorable para la editorial. He estado trabajando en lanzar esta campaña meses, con la ayuda incansable de una de las autoras de la casa: Yenys Laura Prieto. Personalmente tenía mucha esperanza puesta en los lectores, en las personas vinculadas al sistema poético (autores e instituciones) y, en especial, en las compañeras y compañeros de la industria editorial, pero hasta ahora esta iniciativa no ha sido respaldada de la forma en la que esperaba, así que el futuro de Libero es todavía incierto. La respuesta, donde se carga contra los propios lectores, otros poetas, instituciones y resto de editoriales, la expone la dueña de la editorial que homenajea a los txocos vascos –sólo edita a mujeres– Libero, Inés Martínez García, en una entrevista reciente en la revista en línea Digo.Palabra.TXT. Ella no sólo cree, sino que hasta asume que una empresa debe salir adelante siempre, y que, tras un trabajo incansable, los resultados positivos deberían ser inmediatos. Yo, por ejemplo, llevo incansablemente escribiendo libros desde hace más de una década, e incluso trabajando en todas las redes sociales posibles para beneficiar sus ventas, y como las mismas siguen siendo negligentes, no por ello le pido pasta a la sociedad, muchos menos a las instituciones. Alguien debería explicar a algunos editores que acaban de llegar a esto que, si un ultramarino cierra por no disponer del suficiente beneficio vendiendo lonchas de jamón cocido y latas de fabada Litoral, a una editorial le ocurre igual si sus ventas no llegan al umbral de rentabilidad, que los que créeis defender la cultura llamáis breakeven. O, dicho de otro modo: cada uno compra los libros que les apetece. Por lo que: enhorabuena a los lectores. 

 

 

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