La obra del artista Ernesto Pereyra (Buenos Aires, 1979) “Fantasmas de Mar del Plata” (Grafito y acrílico sobre madera, 90 x 120 cm) fue seleccionada y destacada con una Mención de Honor en el Salón Nacional de Pintura Siglo & Medio de Mar del Plata, celebrado este año, con motivo de los 150 años de la fundación de la ciudad. Aquí compartimos el relato curatorial que la acompañó que es una reflexión válida para pensar sobre los lugares y sus almas en pena.

La memoria no es prerrogativa exclusiva de los seres humanos, los lugares también están hechos de memorias porque ambos atesoran los recuerdos vividos. Cuando se extraña un lugar no es el sitio preciso lo que se añora sino el trozo de existencia que se ha dejado allí a la intemperie. A partir de ese momento ya no será un lugar como cualquier otro, tendrá una historia que contarnos y otra que nos cuente a nosotros mismos.

Tal como ocurre con las personas y lo que les pertenece, es fragmento de espacio inmediato que se llama “lugar” se reconoce porque tiene un nombre que lo identifica. ¿Alguna vez se han preguntado qué hazaña de qué héroe sin querer habrá sido la causa de que un paraje desolado obtuviera su nombre? O, por el contrario, ¿debido a qué desengaño otro es portador de una denominación absurda? Es que las palabras que nombran no son azarosas, por el contrario, amojonan hitos y en esa operación designativa arraigan el topónimo a la memoria pero también a su revés, el olvido.

 

Mar del Plata

 

Mar del Plata es usualmente nombrada como “la Feliz”. A trasluz de ese apodo reconocible inmediatamente retumba el bullicio de las familias en la playa, los vendedores ambulantes y el griterío de los chicos chapoteando en la orilla. Pero, al mismo tiempo, debajo de los pliegues del balneario más popular de la costa atlántica, también resuenan los pasos opulentos de siluetas errabundas paseando por la vieja rambla Bristol a fines del siglo XIX. Así, como en un palimpsesto, capas y capas de historias y personajes se superponen para llenar de historias un fragmento de arena y mar al sur del Atlántico.

 Sin embargo, porque toda narrativa puede tener un final abierto, desde los rincones arrumbados del tiempo suelen aparecer nuevas presencias para interpelar al olvido. Se trata de personajes empecinados en hacernos recordar que no todo ha sido dicho. Esa es la misión que portan en silencio los Fantasmas de Mar del Plata creados por el artista Ernesto Pereyra. Hombres y mujeres indígenas que apenas se recortan en la bruma de un escenario que no tiene ni tiempo ni lugar. Porque, si no fuera por el topónimo que los sitúa, la escena podría ser la reproducción sin epígrafe de una vieja fotografía de esas que solían ilustrar de manera desaprensiva los libros de etnografía en el apogeo positivista.

Pero no lo es.

 

Una fábrica de textil en los años sesenta en Mar del Plata

 

La ciudad del casino, la rambla y su característico olor a puerto, también es recordada por su fuerte presencia inmigrante de origen italiano y por su industria textil, en particular, por sus tejidos. ¿Pero quién recuerda a los primeros pueblos que fueron dueños de la llanura? Pensar al balneario donde desemboca la ruta 2 desde los espíritus que lo habitan no es solo una metáfora monocroma, es al mismo tiempo una denuncia que no necesita ni de gestos hostiles ni de puños crispados para delatar el exterminio. A los protagonistas de la obra de Pereyra les basta como testimonio una mirada serena, apenas una pausa en el eterno devenir del tiempo.

 Hablando de miradas, la composición pictórica triangular de los Fantasmas de Mar del Plata empuja la vista hacia una silla de plástico apilable, de esas que se encuentran en cualquier evento barrial o en un patio con macetas. Esta estrategia retórica provoca que los ojos se dirijan hacia el objeto vacío que resplandece en su blancura desprendiéndose del sepia. Aquí es donde los sentidos se entrelazan de manera inquietante. ¿Se trata de un lugar que quedó vacío o de otro que continúa esperando a que alguien ocupe el centro de la escena? ¿Qué tendría para decir ese personaje ausente?

 Un palimpsesto es como un libro con dos historias. La primera es a menudo borrada y la segunda, escrita encima. A 150 años de la fundación de Mar del Plata, Ernesto Pereyra una vez más retrata lo invisible o lo negado con la sensibilidad de quien sabe que el compromiso con lo humano desborda las palabras. Por eso, en el instante en que el arte y la denuncia se abrazan, el clamor deviene proclama. Y allí está el artista para que no lo olvidemos.

 

Mar del Plata en 1895