Emil Cioran. Dibujo de Ricardo Ranz

 

En los diarios dados a conocer por la mujer de Cioran (1), el escritor rumano nos habla de su juventud como una temporada vivida en el infierno. Pero también se refiere a esos años como los de la felicidad, las visiones místicas, el fanatismo, el ridículo, el orgullo demencial y, por supuesto, el insomnio. Nadie como Cioran (1911-1995) para hablar de esos años de una forma tan contradictoria. Como él mismo reconoce, “me gusta contradecirme hasta la locura».

En «Cioran antes de Cioran. Historia de una transfiguración», el filósofo francés Vincent Piednoir (Ediciones del Subsuelo, 2025), traducido por Laura Claravall, estudia la vida y obra de Cioran en su juventud, libro en el que también sale a relucir su amigo Mircea Eliade, el gran historiador de las religiones. Piednoir, especialista en la obra del rumano, ha realizado una minuciosa investigación sobre el pasado de Cioran sin ahorrarnos los quince artículos prohitlerianos que escribió durante su estancia en Berlín, en 1934, para estudiar filosofía. En uno de ellos justificó la eliminación de los dirigentes de las SA durante la «la noche de los cuchillos largos» con la idea de que la  «humanidad no pierde nada si se quita la vida a algunos imbéciles cuya sed de poder es insaciable».

Cioran no militó en ningún movimiento ultranacionalista y mantuvo cierta distancia con el movimiento fascista de su país, al que acusaba de estar obsesionado solo con la xenofobia y el antisemitismo. Y respecto los judíos siempre tuvo una visión de «a favor» y «en contra» de los mismos que después del Holocausto, matizó en parte.

 

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En cambio, su amigo Mircea Eliade (1907-1986) fue siempre un intelectual interesado por la religiosidad, lo que le condujo a estudiar no sólo la historia de las religiones, sino también lo que define y rodea al “homo religiosus”, como los antiguos mitos, la simbología o los ritos, algo que incluso se trasluce en las novelas que escribió.

Durante media vida, Cioran vivió en París y Eliade en Chicago. Entre el círculo de amistades y conocidos de Eliade se encontraba el novelista norteamericano Saúl Bellow y con el que a veces cenaba en compañía de sus respectivas mujeres. Años después, Bellow convertirá a Eliade en personaje de una novela suya (2), y nos lo describirá con una pipa entre los dientes, mientras enseña buenos modales y discursea sobre el chamanismo siberiano, o las costumbres sexuales de los aborígenes australianos.

Pero Bellow también nos habla de los antecedentes de Eliade y sus vinculaciones con la Guardia de Hierro rumana. No es ningún descubrimiento, ya que desde los años setenta del siglo anterior se publicaron algunos estudios sobre la implicación de la intelectualidad rumana con el fascismo en la época de entreguerras (3).

 

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Mientras vivieron, Cioran y Eliade negaron siempre su vinculación con ese pasado que no había forma de que terminara de pasar. No es de extrañar. Haber simpatizado con el fascismo rumano no era la mejor carta de presentación para unos exiliados en los ambientes intelectuales franceses o norteamericanos posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, sólo hacía falta rescatar del polvo de las hemerotecas los viejos periódicos para leer los artículos de Eliade y Cioran. 

A diferencia de Eliade, Cioran dejó menos pistas, aunque las suficientes para considerarlo un “compañero de viaje” del movimiento legionario. Según él, fue debido a un carácter que sólo podía adherirse a algo durante un tiempo, ya que no se identificaba con nada.

 

 

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La Legión del Arcángel San Miguel, el verdadero nombre de la Guardia de Hierro, ya que éste último era el apelativo de su milicia, fue un movimiento religioso-militar rumano de corte fascista en la época comprendida entre los años veinte y cuarenta del siglo pasado. Este movimiento tenía al Arcángel San Miguel de símbolo. 

Fundada por Corneliu Codreanu (1899-1938) en 1927 (4), la Legión se definía como una escuela espiritual que preconizaba un “hombre nuevo capaz de vencer con la fuerza del amor a la fuerza de las tinieblas”. La mayoría de sus miembros eran estudiantes y campesinos. La juventud veía en el movimiento legionario un cauce para acabar con un mundo en descomposición e imponer nuevos valores. El mismo Eliade retrató a esta generación que simpatizaba con La Legión y deseaba un cambio violento en su novela “Los jóvenes bárbaros”. Los campesinos, que representaban el 80% de la población rumana, como correspondía a un país que por entonces se encontraba en vías de desarrollo, fueron movilizados por los legionarios apelando a los valores tradicionales. 

Organizados en “nidos” de doce militantes como los doce apóstoles tenían como fin cumplir las seis reglas legionarias: disciplina, trabajo, silencio, perfeccionar el propio carácter, ayudarse y cumplir con el honor. Su carácter asistencial era otra de sus características, y tenían hospitales para atender las necesidades de los pobres y sus afiliados.

Una de las claves de este movimiento era su doctrina del sacrificio, según la cual el legionario estaba autorizado a matar por la salvación de su patria. No podía negarse a efectuar la acción, y tampoco rechazar sus consecuencias por lo que debía entregarse a la policía una vez cometido el crimen. El castigo terrenal formaba parte del sacrificio y, como tal, motivo de orgullo (5). Una violencia que, mas allá de las distancias y los tiempos, les asocia con el actual terrorismo suicida de los islamistas, ya que la entrega suponía la muerte segura del legionario.

 

La familia Cioran. Aurel a la izquierda, la hermana Virginia en el centro y Emil a la derecha

 

En cuanto a su antisemitismo, el sentido mayoritario de los rumanos era xenófobo contra las minorías, en especial los judíos y griegos que controlaban la economía y formaban la espina dorsal de la escasa clase media, siendo mayoría en algunas ciudades. Además, mantenían sus costumbres y eran reacios a renunciar a sus particularidades. Por ello, casi todos los partidos políticos rumanos fueron xenófobos y antisemitas, y la mayor parte de los gobiernos rumanos desde el siglo XIX dictaron medidas en contra de los judíos.

El movimiento de Codreanu, un hombre carismático según quienes le conocieron, consiguió a lo largo de los años treinta convertirse en la verdadera oposición al Rey Carol y sus gobiernos. Ayudado también por la crisis económica y la corrupción generalizada, en las elecciones de 1937 se convirtió en el tercer partido político a pesar de que el sistema electoral estaba amañado. Pero junto a la acción política y asistencial, los legionarios también cometieron numerosos atentados y agresiones contra judíos, rivales políticos y autoridades. Ello motivó una espiral de violencia y represión que condujo a la muerte de miles de personas, empezando por el mismo Codreanu, que fue estrangulado por la policía junto a varios dirigentes de su movimiento.

 

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Sin embargo, el final de la Legión no llegó de manos de su enemigo número uno, el rey Carol, que tuvo que exiliarse con su amante al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, sino del general Antonescu. El Jefe del ejército se alió con la Guardia de Hierro, una vez que se había hecho con las riendas del poder nombrado por el mismo soberano y se convirtió en dictador.

Era una alianza contra natura donde el conservadurismo de Antonescu chocó enseguida con la Legión, y el General no dudó en deshacerse de ella con el beneplácito de los alemanes, interesados en una Rumanía estable y aliada suya en la invasión de Rusia. En 1941, Antonescu destituyó a los ministros legionarios y clausuró sus sedes. La Guardia de Hierro intentó una insurrección armada, pero el ejército se empleó a fondo y la aplastó en un baño de sangre.

En cuanto a Cioran, cuyo vitalismo tenía escasa concomitancia con el tradicionalismo legionario y su religiosidad, su simpatía por el movimiento legionario, cómo se trasluce en un libro escrito en 1937 (6), era deudor de su menosprecio hacia la democracia parlamentaria, algo común  entre la juventud de su tiempo en toda Europa y donde el fascismo y el comunismo rivalizaban como alternativas.

 

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Al comienzo de los años cuarenta Cioran se instaló en París. En su ensayo Historia y utopía, escribió que, entre los 20 y los 30 años, quien no abraza el fanatismo,  la cólera y la demencia es un imbécil. «Solo se es liberal por cansancio, demócrata por sensatez. La desgracia conviene a los jóvenes. Son ellos quienes promueven las doctrinas de la intolerancia y las ponen en práctica; son ellos quien necesitan la sangre, los gritos  y la barbarie… El joven no se adapta a una filosofía moderada: es fanático, confía en lo insensato y lo espera todo».

Como escribe Vincent Piednoir,  la manera de escribir el recuerdo en Cioran de una forma estetizada, irónica y humorística para afrontar una confesión difícil de formular es una manera de hacer y callar al mismo tiempo. Invocar la locura, le ridículo, el frenesí, el fanatismo de la juventud, las fatalidades históricas humanas, ¿no es también, en cierto sentido, enmascarar la relación de la memoria con un velo sofisticado, que no le hace ningún bien?, se pregunta Vincent Piednoir.

Por su parte, Eliade jugó la carta del equívoco, pues como señaló en su diario tras una comida con Ortega y Gasset en Lisboa en 1943, “el filósofo tiene que tener, políticamente hablando, una posición equívoca para que, a su muerte, sus exegetas se rompan la cabeza para explicarla” (7).

Lo consiguiera o no, tanto a uno como a otro se les puede aplicar lo que escribió Milan Kundera sobre Céline (8). Para el novelista checo, gracias a sus vagabundeos ideológicos, la obra de Céline encierra una sabiduría que si sus acusadores lo entendieran, “podría volverles adultos. Porque el poder de la cultura radica en eso: redime el horror al transfigurarlo en sabiduría existencial”.

 

 

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1) Cahiers 1957-1972.  E.M. Cioran. Prólogo de Simone Boué. Gallimard, Paris 1997. (Hay una edición española en la que se ha hecho una selección de los mismos. Tusquets. Barcelona, 2000)

2) Ravelstein. Saúl Bellow. Alfaguara. Madrid 2000 (Eliade aparece bajo el nombre de Grielescu).

3) Un ejemplo puede ser: «Cioran, Eliade, Ionesco l´oublie du fascisme». Alexandra Leignel-Lavastine. Presses Universitaires de France. Paris, 2001. En español se tradujo «Cultura de derechas» de Furio Jesi y editado por Muchnik. Barcelona, 1989

4) La mística del ultranacionalismo. Historia de la Guardia de Hierro. Rumanía 1919-1941. Francisco Veiga.  Ediciones de la Universidad Autónoma de Barcelona . Barcelona, 1989

5) I falsi Fascismi. Mariano Ambri. Jouvence, 1980.

6) Schimbarea la fata a Romanei. E.M. Cioran. Vremea. Bucarest, 1937. (Este libro fue reeditado en 1990 con un prólogo del autor en que se distancia de sus “posiciones de juventud”).

7) Diario Portugués. Mircea Eliade. Kairós. Barcelona, 2002

8) Los testamentos traicionados. Milan Kundera. Tusquets. Barcelona,  1994