La historia  de este último escrito de García Márquez, una deliciosa nouvelle de título En agosto nos vemos, es el viejo dilema con que tienen que enfrentarse los herederos de los derechos de un escritor famoso ante la última voluntad de éste, sobre todo cuando esa última voluntad tiene que ver con un inédito que, se supone, no está a la altura de los escritos del maestro. Sucedió hace pocos años con El original de Laura, un inédito de Nabokov, ya saben, con el rimero de fichas escritas a lápiz que constituyen los manuscritos de sus obras, y que su hijo, Dmitri, un guapo hombre acostumbrado desde muy joven a agotar la vida en automóviles, se empeñó en publicar por una buena suma de dinero. En el caso del manuscrito de Nabokov la historia se ajusta como un guante a la leyenda: El original de Laura no está a la altura de la gran mayoría de los escritos del autor de Lolita, y para más inri, está inacabada,  lo que no impide para que, siguiendo la tradición, nos refiramos a Max Brod y los escritos de Kafka que salvó de las llamas  gracias a que no hizo caso de la última voluntad del escritor, como si eso no tuviera importancia, que la tiene.

No es éste el caso de En agosto nos vemos que, a los diez años de la muerte de García Márquez, sus herederos, sus hijos, Gonzalo y Rodrigo han decidido publicar a pesar de que su padre no estaba convencido de la novela y esperaba rematarla. Su muerte lo impidió. La justificación de los hijos en una suerte de prólogo a la edición de la obra al cuidado de Cristóbal Pera tiene su razón de ser: “Al juzgar el libro mucho mejor de cómo lo  recordábamos, se nos ocurrió otra posibilidad: que la falta de facultades que no le permitieron a Gabo terminar el libro también le impidieron darse cuenta de lo bien que estaba, a pesar de sus imperfecciones. En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos” Lo celebramos.

 

 

 

En casos como el que nos ocupa, los más escrupulosos, que no tienen por qué ser los más objetivos, suelen anteponer las consabidas pegas del tipo, “Desde luego no es El coronel no tiene quién le escriba o La mala hora”, lo que  no quiere decir nada, salvo que las dos obras mencionadas conllevan mayor calidad literaria, lo que refleja una vaguería intelectual por parte de los escrupulosos más que notable por la sencilla razón de que nadie había supuesto lo contrario, ni se esperaba. Ello no obsta para que consideremos En agosto nos vemos una nouvelle deliciosa y a mi entender mejor que la frustrada Memoria de mis putas tristes, y eso sin compararla con la obra de Yasunari Kawabata que le inspiró, esta sí, una obra maestra.

La historia trata de una de las infinitas vueltas que representa el amor mediante el recurso a la fábula, algo previsto en ese poeta del amor que era García Márquez. Lo curioso del caso es que esta nouvelle representa a través de un relato moderno el espíritu que inspiró a Quevedo aquello de “Polvo serán, mas polvo enamorado”  de su  soneto Amor constante, más allá de la muerte. Y así, cada 16 de agosto, Ana Magdalena Bach viaja a la isla donde, por orden expresa de su madre, quiso que allí la enterraran. Ana Magdalena realiza cada año un rito que, sin saberlo, aunque en el fondo da igual, repite todos los años ante la tumba de su madre. Le lleva gladiolos y en la isla pasa una noche antes de regresar a  su hogar. Todos los años lleva un libro de terror a la isla, que abarca desde uno de Stephen King a El ministerio del miedo pasando por El año de la peste, de Daniel Defoe. Todos los años, se aloje en el hotel que se aloje, baila, desde boleros hasta arreglos bailables de Aaron Copland en una danza que parece una incitación a las Ménades. Todos los años acaba la noche, antes de regresar al día siguiente, acostándose con un hombre y si por alguna razón no puede, llora sin consuelo. Todos los años repitiendo similar ritual está a punto de romper la estabilidad emocional de Ana Magdalena que la recupera cuando se da cuenta que su madre quiso que la enterraran allí, lo sabe por pura casualidad. Entonces, en una suerte de bucle que une el destino de la madre y la hija mediante el amor, quizá el hallazgo mayor de esta nouvelle, Ana Magdalena exhuma el cadáver de su madre y abandona definitivamente la isla con los restos, que se transforman en polvo… Ay, Quevedo…

Una historia de fábulas de las propias de García Márquez que gusta de indagar en las modalidades infinitas y, sin embargo, casi siempre previsibles, del amor. Una historia escrita con un estilo más ahorrador, casi transparente en su sencillez, acompañadas de las rutilantes imágenes en las que el autor juega a ser mago: “Ella se prestó al juego, no como ella misma, sino como protagonista de su propio papel”.

Cada vez entiendo menos a los escrupulosos.

 

 

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