Presentar libros: firmar con ahínco

La primera vez que mostré mi ridículo con ostentación fue en el instituto. Debía tener quince años, porque repetía primero de BUP, y yo allí, en la presentación de los equipos de baloncesto, en donde decidí que debía ser el dorsal número 4 para así salir al campo el primero tras el de la megafonía gritar mi apellido. El dorsal 4, en esos años sin wifi aunque con kamasutra, era el primero que salía al parqué. Y yo quise marcar la pauta. Como del baloncesto no viví, y tras pasar una travesía del desierto que algún día serán memorias, me dediqué a la literatura, ya sin dorsal. Y en los más parecido al engreimiento está, sin lugar a dudas, el presentar libros, declamar poemas, y claro está, la posterior firma de los ejemplares, en sí la eyaculación constante, y no sólo a través de la tinta del bolígrafo. Para el que no lo sepa, todas mis presentaciones me resultaron deficitarias. Quiero decir: rara vez fuimos veinte los allí presentes. Eso sí, salvo en un par de ellas, fui yo el que tomé tan insensatas decisiones. Pero puedo asegurarles que las escasas veces que he ido a alguna presentación ajena me he topado con el miedo absoluto: ¿pensarán mis lectores y curiosos lo mismo que yo ahora cavilo de ese escritor? Por alguna razón veo ajeno el dedicar libros tras una charla. Y esto os lo dice alguien que acaba de organizar con su editor nueve, he dicho bien, nueve presentaciones para dar a conocer mi nueva novela, Avenida, y quién sabe si en realidad para seguir creyéndome que firmar libros forma parte del sanguinario espectro de todo lo que contiene, alrededor, el mundo de la literatura. Ojalá autores que nunca hayan firmado ejemplar alguno. Ojalá lectores que compren libros sin intenciones autógrafas. 

 

Oscar Wilde como un hongo. Caricatura publicada en el Harper’s Weekly en 1882 por Thomas Nast

 

Escritores arruinados

Se confirma la regla: cualquier famoso que fallece sin dinero, e incluso con deudas, es noticia, cuando nadie se pregunta si se lo gastó todo en vida para que sus herederos se quedaran con la miel en los labios. Tiende a exagerarse el morirse sin dinero asociándolo a arruinado. Ya saben que los titulares de los periódicos, que luego son nuestros temas de debate, siempre tienen que ser grandilocuentes. Yo, por ejemplo, que no tengo ingresos, ni dinero, y que ya acumulo hasta ciertas deudas, si muriera mañana nadie podría decir que lo hice arruinado, ya que esta forma de vida deficitaria la es desde hace ya el tiempo suficiente como para que me haya acostumbrado a ella. Pero bueno, para saciar a los que buscan el gag de la vida, la anécdota por lo diferente, vamos a hablar de escritores que amasaron mucho para luego perderlo todo. Uno de los casos más conocidos es el de Oscar Wilde, que murió a los 46 años completamente arruinado tras haber nacido en una familia rica y haber tenido cierto éxito con sus negocios. La razón para tal declive sólo hay que encontrarla en el hedonismo, que debería ser actitud tan obligatoria como coherente en el ser humano, sobre todo en sus años de máximo producción. Wilde, que acabó viviendo de la caridad de sus amigos –de qué me suena a mí esto– había bebido, y a diario, los mejores vinos en las tabernas más fabulosas. Famosa es esta frase a su doctor días antes de su muerte al que no pudo pagar su visita: “Ya ve doctor, voy a morir como he vivido: muy por encima de mis posibilidades”. Edgar Alan Poe fue otro que tal baila. Tras salirse del ejército, donde en realidad fue la única vez que tuvo un sueldo fijo, decidió dedicarse a la literatura, cuando en aquellos años salvo aristócratas y gentes con ayuda externa, nadie dejaba de trabajar para darle a la pluma. Es cierto que Poe vio publicados algunos cuentos y que algunas revistas pagaron por sus escritos, pero su vida fue un completo desbarajuste económico que terminó de marchitarse cuando su esposa murió y él se entregó a la bebida, la cual, por cierto, tampoco suele estar subvencionada. En Boston, durante su entierro, siete testigos dieron fe de su raquítica posición social. Hoy, tanto él como Wilde, han generado más dinero por sus obras traducidas a numerosas lenguas que algunos países invierten en cultura. Pero de ese asunto –qué naciones gastan más en conocimiento– hablaremos en próximas entregas de Ruido de fondo. 

 

Guillaume Apollinaire

 

Oficio sin beneficio

Si han leído hasta aquí podrán haber comprobado que dedicarse a la literatura es harto complejo, y que vivir de ella es harto imposible. Por eso los escritores, en su inmensa mayoría, han dedicado buena parte de su vida a oficios muy alejados de lo literario. Como es habitual, se extienden leyendas que exageran el tema que se aborda. Si Bukowski fue cartero –en realidad lo fue, pero no toda una vida–, uno se centra en la imagen del espigado poeta americano metiendo cartas en los buzones, acto qué realizó sólo un par de años, ya que los diez restantes que trabajó para el servicio postal estadounidense lo hizo en una oficina, sentado delante de una mesa, muy lejos de buzones y clientes. Kafka, por ejemplo, fue agente de seguros. Y Apollinaire, empleado de banca, aunque no durante muchos años, ya que, a raíz de conocer a Picasso, cuando contaba con 25 años de vida, lo dejó todo por sus proyectos literarios. Y en la actualidad, de los pocos que ustedes creen que viven de la literatura –y les hablo de España–, casi todos lo hacen, no de sus libros –o no sólo de sus publicaciones–, sino de participar en programas de radio, televisión, o de escribir columnas, una manera mucho más sensata de recibir ingresos constantes mientras se divaga en el universo de la literatura que, al contrario del cósmico, parece que sí tiene fin: cada vez hay menos lectores.