Libros perdidos

 

Sólo he perdido dos libros en mi vida. O al menos, desde que mi vida está volcada sobre la literatura, que en mis albores leer no era una prioridad, sino un pasatiempo. El primer libro extraviado lo dejé olvidado en el carrito de las maletas del aeropuerto de Pekín, calculo que en 2008. Era un ejemplar de El viaje definitivo, de Stanislav Grof, que la mediación divina, muy posiblemente, no quiso que terminara de degustar hasta tres lustros después, ya en Bali. Desesperado catorce años después, cuando ya hacía tiempo que trabajar se había convertido en mi pasatiempo y leer y escribir en mi modus vivendi, un día recordé aquella afrenta y me lo compré de nuevo: siquiera recordaba al título. Como ya comenté en capítulos anteriores que solamente presté un par de libros y únicamente durante la pandemia, se hace difícil que pueda llegar a perder libros. Pero si tengo una espina clavada del tamaño de un meteorito punzante, esta es, sin lugar a dudas, por culpa de la desaparición de los tres tomos editados como Dios manda y su correspondiente estuche de la obra Val del Omar. Sin fin, editada a partes iguales por la Junta de Andalucía y la Diputación de Granada. A finales del siglo pasado, paseando por la ciudad de la Alhambra, me topé con una tienda de la diputación donde en su escaparate se mostraba semejante obra. Recuerdo entrar y a la chica que atendía asegurarme que aquello que me llevaba era el último ejemplar, creo que me dijo, de sólo cien copias impresas. Debieron ser diez mil pesetas –a veces lo confundo con cien euros–, pero aquel momento, literariamente hablando, fue uno de los más importantes de mi vida. La obra en cuestión abarca su prosa, ideas, pensamiento, inventos, diapositivas, cine y poesía inmensa (Sobre la curva del suelo/y bajo el firmamento/siento que me atrae/todo el universo) además de la biografía de uno de los mayores milagros de la historia de España, aún muy desconocido, a los que los majestuosos Lagartija Nick le dedicaron uno de sus trabajos, memorable, titulado en su honor: Val del Omar. Aquella pérdida, para los que no hemos tenido desgracias serias, sigue resultándome dolorosísima. Yo me iba en 2007 a China desde Menorca y con tanto sobrepeso y juventud mental, le dejé el estuche a un amigo de la época. Cuando años después fui a solicitar su devolución, me aseguró que lo había perdido en alguna mudanza. Aún hoy pienso en delitos mayores. Pero bueno… Mientras escribo esta historia reconozco a mi sueño en el internet siendo vendido de segunda mano a precios que alcanzan los 350 euros. Sé que cuando termine de chapotear en esta infinita agonía, me haré con la obra que necesito para cerrar mi círculo de dramas sin tratamiento médico.

Salgo de la galaxia Gutenberg/y entro en la galaxia Faraday/mecánica invisible temblor/sumergido en drama eléctrico/mecamística/aséptica exactitud instrumentral/mecamísitica/aquarium mass media. 

 

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Memorias 

Con el horizonte mostrándome lo que serán mis primeras memorias, que correrán desde antes de mi nacimiento al momento de la emancipación absoluta llegando a Madrid desde Málaga, quiero contarles qué me parece este género entre nostálgico y depresivo que suele ir atado al fallecimiento, más pronto que tarde, de su autor. Yo acabo de terminar las un poco empalagosas, demasiado militares y escasamente llamativas memorias de James Salter, Quemar los días. En algo parecido a un púlpito, sin embargo, coloco El mundo de ayer, de Stefan Zweig, que recorre la Europa, sobre todo central, antes de la bochornosa guerra que nos dejó mucho más que desnudos. También quiero resaltar las de mi amigo Dragó, al que no le dio tiempo a pasar de sus segundos volúmenes en un proyecto que había conformado por al menos el doble de publicaciones. Las que sí pudieron ver la luz, Esos días azules, que tratan su niñez y adolescencia, dejaron paso a Galgo corredor, con el exitoso divulgador cultural y escritor comenzando su meteórica carrera tras finalizar la universidad. Según José Antonio Montano, lector empedernido, «con su muerte perdimos –cito de memoria, o sea, con errores– al Dragó más literario, honesto y ordenado, que al fin escribía como hablaba: de maravilla». Y gente que sí las ha leído me apuntan como atractivas este par de memorias: A propósito de nada, de Woody Allen, y las Memorias, tal cual como suenan, de Roman Polanski. Sea como fuere, este género no deja de ser la última oportunidad para que un escritor sea sincero, no ya con sus lectores, sino consigo mismo. 

 

 

Mi esparcida biblioteca

Para los que vivimos entre el nomadismo y la irresponsabilidad crear bibliotecas y mantenerlas nos cuesta más que a una viuda del pasado siglo vestirse de blanco. Cuando no devoraba libros tuve muchos en Madrid, luego en Segovia, después de vuelta a Madrid, para pasando por Murcia y al llegar a Menorca, dejarlos en casa de alguien y jamás volverlos a ver. Como yo me hice escritor en Asia, alejado de mi curriculum vitae, allí sí me demostré digno con la media de setenta libros anuales que iba adquiriendo que, enviados en su mayoría desde España, poblaban mi cuenta corriente de comisiones a Agapea. De nada. Como en Asia tampoco paré quieto –Pekín, Shanghái y Xiamen, en China; Kep y Phnom Penh, en Camboya–, el transporte de los ya centenares de libros comenzó a resultar complejo. Hasta que yo creía que había vuelto a España –fue sólo por unos meses–, que fue cuando adosé aquella biblioteca a la que hoy ya es mi ex, que para entender qué poco importan los libros, los sigue manteniendo en su casa sin tenerle que pagar peaje alguno y sin el temor a que, por despecho, acabe incinerándolos: aparentemente le decoran su amplia casa. Pero en esas me mudé a Cabo Verde, donde sin llevarme ninguno de los de Barcelona, comencé a comprar de forma compulsiva. Y claro, aquel archipiélago también tuvo su caducidad. Y justo hoy, desde Bali, con ya algo más de 120 libros entre la casa de mi suegra y la de mi actual pareja, mi hombre de confianza en Cabo Verde me asegura que los también ciento y pico que tenía en la isla de Brava ya han llegado a su homónima de Sal, esperando a que alguno de mis amigos españoles, algún día, se dignen a viajar con ellos a España. O sea: que guardo algo más de 600 libros en casa de mi ex, en Barcelona, 130 o así en Cabo Verde y 120 aquí en Bali. Para un tipo sin hijos y descastado es probable que hasta el final de mis días mi única meta sea unir todos esos centenares de libros, para que cuando me muera la persona que estuviera a mi cargo los utilice para envolver pescado, siquiera para decorar.