Prestar libros, dejar dinero.

 

Existe una gran aversión a prestar dinero. Al parecer lo realizan los bancos –cada vez menos–, cuando a un segundo de colgarse el cliente con la soga siempre queda algún familiar o amigo dispuesto a ello, con la desgracia de que podrías perder al amigo si no te lo devuelve, pero nunca al familiar, te lo reintegre o no. Dinero, esa banalidad que sirve hasta para enrollar turulos. Algunos pijos hasta lo queman subiendo las imágenes a las redes sociales, poseídos por el extraño halo del poder. Pero, ¿y prestar libros? Creo que entre las mayores virtudes del ser humano está la de enseñar a leer y escribir. Y entre sus mayores defectos, sin duda alguna, está el prestar libros, salvo que tu biblioteca cumpla la misma función que el bidé: o sea, ninguna. Prestar libros debería estar prohibido salvo por las bibliotecas municipales, que multan al infractor que los devuelve tarde o pintorreados. Yo he dejado dos libros en toda mi vida y ambos fueron durante la pandemia en Cabo Verde. Libros, por supuesto, que ya había leído. Y el sufrimiento fue absoluto; como el hijo que sale a tomar unas cervezas y tres días después no aparece ni borracho. En mis pesadillas, ni siquiera me planteo el fetichismo: alguien que utiliza mis libros para satisfacerse sexualmente. Simplemente el hecho de pensar que lo está subrayando, o que se lo ha olvidado en el autobús, me hace carcomerme por dentro. Prestar libros es una humillación al que dice leer –que se los compre e invierta en cultura– y para el pobre autor que de ese préstamo no se lleva ni el triste 10% de la primera transacción y ya no digamos del editor, que ve como fotocopian, sin fotocopiarlos, sus proyectos. Si aquel señor no me hubiera devuelto aquel par de libros –que por supuesto lo hizo y en muy buen estado– para mí la pandemia sólo habría tenido un titular: PERDÍ DOS LIBROS. 

 

 

 

Escritores (y escritoras) con discapacidad.

 

Por supuesto que ya aclaro que podrán (los que escriban) acarrear todas las discapacidades que ustedes piensen menos la intelectual. Hasta sin manos uno podría escribir libros, dictándolos. Gracias a Dios aún los gobiernos democráticos no han metido sus pezuñas en la discapacidad intelectual. Pero para discapacidad la de Miguel de Cervantes, que sufrió tres disparos de arcabuz en la batalla de Lepanto, dejándole un brazo completamente muerto. Incluso así, su carrera literaria sigue siendo universal. El argentino Borges, sin embargo, estaba medio ciego, razón no suficiente para posponer su afán de escribidor. Se dice también que el poeta Homero era ciego, motivo que no repercutió en las asombrosas La Ilíada y La odisea. Y dejo para el final a la poeta y novelista estadounidense Sylvia Plath, que padecía trastorno bipolar. Luego están los escritores trastornados por las sustancias varias, pero para ellos no hay más homenaje que el seguir comprando sus libros, que hacen feliz tanto al editor, como al autor, pasando por el distribuidor, el librero, Amazon, el camello, el cardiólogo y el psiquiatra. Y ya muertos, a sus herederos. 

 

El Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, e Irene Lozano

 

 

Negros literarios.

 

Es curioso. Hoy en día hay que tener mucho cuidado cuando llamas negro a alguien, aunque este lo sea y, sobre todo, si el que emite la palabra fuera blanco, y sobre todo, hombre. Sin embargo, jamás nadie ha tratado de modificar el término negro literario, que se refiere a la persona que escribe obra a cambio de dinero las cuales llevan la firma del poderoso y jamás la suya. He conocido a varios. O al menos, a varios que me han confesado que por dinero tuvieron que hacerlo. Me fascina corroborar cómo el prostituirte sí es válido por asuntos literarios pero no lo es tanto si retiráramos la metáfora por completo. Alejandro Dumas es el autor que más veces ha reconocido haber tirado de negros: en concreto 63 veces. Y tenía toda la razón, si es que no se quedó corto, ya que el autor francés escribió obras en todos los géneros y por un número superior a 300. El mago y escapista Houdini tuvo de negro al gran Lovecraft, que por aquel entonces contaba los centavos que ganaba en una revista mejorable. Blasco Ibáñez y Paul Auster, antes de dedicarse de pleno a su literatura, también escribieron ocultos para otros. Y en estos tiempos de calamidades democráticas que padecemos, debemos recordar que Irene Lozano es la persona que hace, en este caso de negra, en los libros de Pedro Sánchez, otro presidente poco original, que no le basta con pasar a la historia de la política sino que también quiere pertenecer al mundo literario. Yo espero que alguien me pida escribirle un libro para decirle que no. Sería como donar semen y luego ver a mi hijo por ahí corriendo, con otros apellidos, ignorándome.