Hablamos con el escritor argentino Lucas Damián Cortiana sobre su nuevo libro Sopa de lengua de jirafa [Editorial Sophie, 2024]. El autor nos comparte sus reflexiones acerca del temor a la palabra, del Nuevo Periodismo Norteamericano y de la incomodidad creativa.

 

Lucas Cortiana, ¿qué me puede decir de Sopa de lengua de jirafa?

 Pertenece al acervo de libros que no tienen cobardía. Sopa vale lo que valen sus verdades, elige decir las cosas y no sofocarse. Mira de frente al mundo y desdeña la posición oficial. En Sopa hay una honestidad estética e intelectual que no descansa en la búsqueda del concierto entre la verdad y la belleza ―que es inherente al arte y que en estas épocas suele desviarse por males atractivos, intereses, banderas―. Cuando la palabra consigue esa libertad se nota que no ha sido traficada y el lector cree. La palabra, aunque signo, es más vital y poderosa que cualquiera de las cosas materiales y los sistemas que nos rodean. Nuestra realidad es entre palabras, no cosas, como dice Philip Dick. Él dice que no existe una Gestalt en la mente, solo la ilusión, una «sensación de sustancia». Sólo la palabra es la realidad. Por eso si falla, si es cuestionable, peligra la credibilidad del escritor.

 

En la «Nota de autor» usted dice que se escribe «porque hay apego pero también miedo a la palabra». En su caso, ya con una vasta obra, se pensaría que hay mayormente apego antes que temor. ¿Sigue temiendo a la palabra?

 Sí. Cada día que escribo ―y escribo todos los días excepto los domingos― le temo a la palabra, a que me muestre un rostro incomprensible o a que no me permita ver su divina hermosura, como aquel mito de Psique y Eros. La literatura puede ser un acto de amor o de soberbia. Si la tendencia es a la segunda opción, tal vez sea porque la palabra esté siendo reacia, inaccesible.

Y ciertamente hay momentos en los que la palabra no se revela. No hablo de la forma romántica en que se concibe la inspiración sino del trabajo minuciosamente arqueológico. A veces excavo en el sitio incorrecto y como el escritor también es víctima de sus debilidades, me rindo, me agoto, me asusto, desvarío, me desespero. Y a veces sólo estoy examinando el terreno y me sorprende un tesoro, la figura de un dios romano de piedra o descubro unas tumbas sumerias sin haber excavado grandes zanjas. Sin dudas, la palabra es un regalo inconstante, voluble. Parafraseando a Salvatore Quasimodo, y creo que él hablaba de lo vano de la existencia, uno es traspasado por un rayo de sol, o en este caso por la palabra, y enseguida anochece. Uno nunca sabe cuánto va a durar ese regalo, esa luz.

 

Liucas Damián Cortiana y Adrián Vila durante la presentación del libro el pasado 8 de junio en Chivilcoy (Argentina)

 

Usted habla de la importancia de la verdad. Hoy día los medios de comunicación han perdido confiabilidad y son puestos bajo la lupa por el común de la gente. Sin embargo, en este libro usted utiliza a las noticias como un disparador para sus textos. ¿Cómo se logra la verdad partiendo de elementos cuestionables?

 Exponiéndolos. Sumergiéndose en sus fisuras. Haciendo lo que uno hace cuando escucha los informes en la televisión: analizar los datos, investigar la proveniencia, escrutar los motivos. No dispensar las malas razones ni tolerarlas y disponerse como un transformador de la realidad.

Cuando estaba por empezar con el proceso de edición, consideré la idea de entrelazar artículos periodísticos, recortes de diarios, titulares, a la forma de El libro de Manuel de Cortázar. Sin embargo, sentí que le daría un tinte sensacionalista que no deseaba porque el concepto principal del proyecto era el giro literario, la percepción sensible, la reformulación del universo desde una dialéctica sensual ―es decir sensorial― y poética.  

Cortázar creía que las noticias del tiempo en que escribió El libro de Manuel eran tan extraordinarias que debían ser documentadas como un componente probatorio hacia el futuro. En Sopa mi sensación es otra. Es observar, fluir (no influir), generar accesos a otras partes de la historia y retratar no solo lo visible sino lo invisible, los aspectos que están detrás de las puertas cerradas, a la manera del realismo metafísico. Quizás por eso los textos no surgieron desde una discusión periodística, o dicho de otra forma, los textos surgieron como si yo ya hubiese ganado la discusión y esa victoria me otorgara el permiso de decir. Claro, también le otorgan al lector el permiso de interrumpirme, rebatir mi ingenuidad, completar mi insuficiencia. Pero no podrá cuestionar mi honestidad.

 

Usted leyó dos textos en su presentación: «Los dueños de la luna» y «Todos los relojes inútiles». ¿Por qué los eligió?

Desconozco por qué los leí en público, o no, fue una improvisación, pero sé por qué los escribí. Me gustan las referencias personales y hacer alusión a mi entorno. Creo que eso viene de algunas de mis lecturas de los autores de lo que se llamó el Nuevo Periodismo Norteamericano. «Relato sobre dos pumas», «La casa torcida»… casi todos tienen el color local y requieren de la narración en primera persona. No digo que los textos de Sopa vayan en esa dirección, digo que la buena literatura, como la de aquellos autores, convida una sabiduría procedimental, de alguna manera transmite implícitamente sus hallazgos para que la siguiente generación los tome y siga su desarrollo. Quiero creer que esos textos que usted cita recibieron una sutil influencia.  

 

Ilustración de «Sopa de Lengua de Jirafa»

 

El Nuevo Periodismo Norteamericano surgió por una necesidad de cortar con cierta mezquindad literaria, ¿eso fue lo que le atrajo?

Me fascinaba (me sigue fascinando) ver cómo estos autores introducían elementos de la literatura de ficción y reformulaban las técnicas convencionales del periodismo estrictamente informativo, y la manera en que asumían un papel protagónico en sus crónicas. Claro, en Latinoamérica ese punto de inflexión fue García Márquez con su «Relato de un náufrago». Pero yo llegué primero a Hunter S. Thompson y luego a Tom Wolfe, a las crónicas de Las décadas púrpura. Había una invitación a una lectura desacartonada y lúdica aun cuando reflexionaban sobre asuntos urgentes. Como dice Capote en A sangre fría, había en estos escritores una creatividad instintiva, al tanteo, sin teorizar. Parte de ese atrevimiento estilístico, de ese color inocente, se consigue con la introducción de sujetos e historias cotidianas, con los nombres propios no forzados.

 

Bueno, en «Los dueños de la luna» nombra al escritor chivilcoyano Sergio Marti y a su libro «El barrilete». 

En «Los dueños de la luna» incluyo a los poetas locales como un homenaje. Y se acoplan con naturalidad a la historia de las misiones espaciales. Y además cierto grado de humor contenido, como cuando fantaseo con los posibles nombres de los barrios lunares. En ese sentido sé que es muy difícil lograr el tono confesional de Hunter S. Thompson en «Último tango en Las Vegas», por ejemplo, donde su juego dialéctico incluye mostrar sus limitaciones y reconocer libremente que la «historia se empantana» o que al escribir la crónica su intención nunca fue que tuviera sentido. En «Los dueños de la luna», como en otros textos, intento administrar el caos, el desorden del mundo ―también mi visión―, mis modulaciones, mis acentos, administrarlo para que no genere un aturdimiento discursivo.

 

 

En «Todos los relojes inútiles» usted es un falso protagonista. El verdadero protagonista es el tiempo.

 Así es. Pero fue fácil ceder ese protagonismo. En realidad no tenía otra intención. Cuando entendí la relación entre el reloj y Ucrania, el tiempo y la muerte, sentí una revelación como de lo sagrado. Un lanzazo en el pecho que me dejaba pálido mientras escribía. Además, ese tipo de textos es mi idea de una autobiografía. Así deben escribirse las autobiografías, con el detalle de las cosas nimias, es decir el detalle de un detalle. Allí están mis pensamientos, reacciones y sentimientos de dos o tres días.

Pero regresando a la revelación súbita, hay que apresurarse a escribir porque tiende a desaparecer pronto. Y como dije anteriormente, no se trata de la inspiración, sino de la ocupación, a veces tormentosa, por adquirir un entendimiento superior, la lucidez para traducir una conciencia humana colectiva. Ya lo dijo Malebranche que «las cosas que vemos están en nuestra alma», por eso el texto se presentó con tal claridad. Por eso, también, acepté los tópicos rápidamente: dos escenarios, mi ciudad y una ciudad ucraniana; la relatividad del tiempo; el sufrimiento y la conmoción de la guerra; el respeto a los muertos; nociones kafkianas.

 

En breve va a publicar una nueva colección poética y a fin de año un libro de cuentos en la Feria del Libro. ¿En qué género literario se siente más cómodo?

 Desde hace dos o tres años, con los cuentos y las crónicas. De todos modos, la expresión «cómodo» no me parece la más apropiada. Y lo digo abiertamente a la defensiva. Entiendo que la literatura es un espacio propicio para los antagonismos. Es un espacio de trabajo y de juego, de placer y de displacer. No considero que el placer provenga de la repetición de la fórmula, es decir de un estado de confort, más bien creo que la aventura y la exploración generan los goces nuevos, los estados de éxtasis. La comodidad conduce al agotamiento y el aburrimiento y finalmente a una infelicidad improductiva.   

En mi caso, escribo los textos dependiendo de los estados de ánimo y, sobre todo, de la necesidad de escribir un tipo de texto determinado, con una voz definida y en el género que sea más propicio. El segundo momento es el de la propulsión. Cuando incursiono en una forma y logro dominar los textos intento izar las velas y fluir con la intuición, que es una forma de inteligencia perceptiva pero inexacta y por lo tanto adecuada para las artes, que yo sé que me va a llevar a algún lado; luego intervengo aplicadamente en las correcciones.

Cuando hablo de llevarse uno mismo a un lugar de incomodidad me refiero también a dejar de lado una serie poética para incursionar en el cuento y viceversa. Agregar en unos, matices de otros. Así confluyen juego, placer, displacer.

 

Lucas Damián Cortiana durante la presentación

 

El Prólogo hace referencia a ello. Las crónicas se benefician de muchos géneros literarios y en su caso, de la poesía.

 Sí, y nunca lo vi como algo extraordinario. Nicanor Parra decía que el poeta cumple con su palabra de poeta cuando cambia el nombre de las cosas. Cambiar las formas de un discurso también es cumplir con la palabra de escritor. Los límites no deberían corresponder al universo literario, mucho menos las separaciones estrictas.

Es probable que los discursos y sus formas sean el mayor terreno de disputa de poder de la historia y la literatura no queda al margen. Escoger un rumbo poético para contar una crónica es un hecho estético y social. Proponer alternativas del decir y del contar. Y me siento realizado cada vez que puedo aprovechar ese espacio personal que es el texto para demostrar que todavía se puede escribir, respirar y vivir sin someterse a los sistemas dominantes.

 

¿Le quedó algo por decir en Sopa de lengua de jirafa?

No. O tal vez sí, pero también eso es parte de la obra. Lo que digo en Sopa y cómo lo digo, así como los espacios en blanco, configuran el discurso. ¿Alguna vez vio las pinturas de Jackson Pollock? Algunas obras suyas parecen estar sobrecargadas de información. Otras, sin embargo, parecen incompletas, con supuestos espacios vacíos. ¿Dónde empieza una obra, un cuadro, un libro? ¿Dónde termina? ¿En qué momento del proceso creativo creí que el libro estaba terminado? ¿Alguna palabra cierra un texto sin que abra otro soñar, otro sentir? No lo sé. Quizás por eso seguimos pensando y escribiendo.