No soy un robot. La lectura y la sociedad digital, el último libro de Juan Villoro, se propone describir las costumbres contemporáneas y sus vertiginosos cambios debido a la influencia de la tecnología. Se trata en principio de un ensayo de sociólogo, pero de un sociólogo que echa mano de todo lo que encuentra a su paso y que no menosprecia ni la cultura popular, ni las pequeñas anécdotas de la vida y la literatura que un hombre de su genio y memoria acumula en cantidades abrumadoras. 

Aunque formado académicamente como sociólogo, Juan Villoro es por encima de todo un  narrador que sabe tramar como nadie los hilos de una historia, y aquí incluyo el deshilachado tapiz que conforma nuestro presente. Practicante de una filosofía sin etiquetas, que no reprueba las apariencias, ni piensa que lo grande esté sólo en lo grande, desconfía de los principios que fundamentan una sociedad como la nuestra, en la que el oro sigue brillando más que nada y en la que, para la mayor parte de las personas, resulta difícil evitar que la vida cotidiana no les arruine la vida. 

Lo nuevo en este mundo donde todo llega precedido de gran pompa y circunstancia, pero donde todavía no se han cumplido ninguno de los sueños de la humanidad, es la irrupción de la realidad virtual, un espacio en apariencia seguro frente a la peligrosa y siempre decepcionante realidad, aunque también un lugar inexplorado donde las posibilidades de perder aquello que nos hace humanos resulta más inquietante que nunca. 

 

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Nuestra época se caracteriza en lineas generales por un perturbador deficit de realidad. La  estandarización, la homogeneidad, el desplazamiento de la vida hacia las pantallas, parece haber empobrecido nuestra experiencia de forma inquietante. La realidad virtual ha traído consigo algo para lo que las viejas generaciones no estaban preparadas y a lo que las nuevas se han adaptado con asombrosa rapidez produciendo un corte radical entre el presente y la tradición. No es que con ella dispongamos de un saber mejor y más profundo, pues lo que en verdad nos ha llegado ha sido un maremoto de información que, en vez de iluminar las zonas oscuras de la vida, parece haber producido un colosal vacío de sentido. Lo abracadabrante de la tecnología actual es que funciona de modo que ese vacío apenas se percibe. Escribió Allan Bloom en El cierre de la mente moderna, que la característica fundamental de la cultura norteamericana, en gran medida la de nuestro tiempo, es su capacidad para “volver confortable el nihilismo”. Esto es lo que parece estar logrando la tecnología, aunque a un precio mucho más alto de lo que se cree, un precio que sólo se puede calcular cuando se coteja con lo que estamos perdiendo.  

El libro de Villoro es una especie de psicostasis: coloca en un platillo de la balanza todo lo que de nuevo aporta nuestro mundo digital y tecnocrático, y lo va sopesando con lo que hubo y ya no hay. Nada de esto se hace, sin embargo, con ánimo inquisitorial. No se trata tanto de juzgar como de comprender. Por eso, en vez del discurso de la nostalgia al que tan aficionados son los espíritus reaccionarios, echa mano de su inmensa cultura literaria y filosófica y compara lo nuevo y lo viejo sin caer en rancios maniqueísmos. Un ejemplo, a modo simplemente de ilustración: si el problema del antiguo artista era conseguir que el retrato coincidiera con el retratado, el problema hoy, debido a las infinitas posibilidades que ofrece la tecnología, es que el retratado coincida con el retrato. ¿Qué late bajo este hecho en apariencia baladí? El lector avisado se dará cuenta de que no se trata de algo insignificante porque en el fondo lo que está en juego es nuestra manera de concebir la identidad personal. Villoro dedica brillantes páginas a la cuestión, al tiempo que aborda muchos de los problemas vinculados con ella y característicos de la sociedad actual: narcisismo, paranoia, discapacidad emocional, estupidez, malformación intelectual, etc.

Por supuesto, el libro no se limita a describir la evolución de las cosas, también aborda los riesgos que entrañan. La confianza desorbitada en la capacidad de la tecnología nutre el delirio transhumanista; la dependencia absoluta de sus increíbles recursos apunta hacia un totalitarismo tecnocrático inquietante; una cultura sin raíces en la vida, la vida real, puede convertirse y, de hecho, se está convirtiendo ya, en barbarie; el menosprecio de la verdad, eso que se llama con la euforia de la superstición “postverdad” y sus tonterías terraplanistas, puede llevarnos al colapso político, etc. 

 

Juan Villoro. Foto de David Muñoz Pérez

 

Si la primera parte del libro, La desaparición de la realidad, aborda todas estas cuestiones; la segunda, Formas de leer, se centra en el tema anunciado en el subtítulo de la obra: la lectura en la sociedad digital. Parecería que esta cuestión posee un interés restringido, como si sólo concerniera a los profesores de literatura y a los lectores furibundos, pero resulta sin embargo esencial porque por mucho que haya cambiado el mundo la literatura, a la que debemos nada más y nada menos que el tratamiento de la condición existencial humana, sigue teniendo mucho que decir. No es, desde luego, casual, que Villoro inicie este capítulo hablando de Ray Bradbury y que, comparando la forma en que hoy se lee con la que el escritor estadounidense invoca en sus libros -recuerden la famosa novela Farenheit 451– escriba: “la comunidad digital suele practicar una lectura de superficie concentrada en el presente, pero quien combina ese vibrante medio con los libros se vincula con otros tiempos”. Esta es la tesis central que va a desarrollar Villoro, tesis que estoy seguro suscribiría otro lúcido defensor de la literatura, Luis Landero, quien escribió en su magnífico Entre líneas: el cuento o la vida que “los libros son pasadizos en el tiempo”.

Es el arranque de una defensa en toda línea de la lectura que apasionará a los aficionados porque constituye al mismo tiempo un impresionante despliegue de saber literario, de amenidad  y cercanía intelectual, una de la grandes virtudes de Villoro, un escritor que escribe siempre como quien se dirige a un amigo querido. No es posible aquí entrar en detalles, pero puedo adelantarles sin recordar que el camino es tan importante como la conclusión, las palabras con que concluye el último capitulo del libro: “en el presente de internet y la inteligencia artificial la lectura es una forma rebelde de la memoria”. ¿Significa esta rebeldía negación, oposición al presente? No, claro que no, sería absurdo. Por mucho que nos disguste no nos queda otra que convivir con el mundo digital. De lo que se trata es de no precipitarse ciegamente en él, de no sacrificarle lo humano. Hay buenas razones para hacerlo y este libro está lleno de ellas.