Juan Manuel De Prada. Foto de Guillermo Mestre

 

Durante mi violenta gira por buena parte de España tratando de promocionar mi última novela participé como oyente y posible lector en las presentaciones de dos peces gordos del mundo de los libros. Primero, me acerqué hasta el bellísimo Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde en una de sus salas sitas en su quinta planta presentaba libro Juan Manuel De Prada, al que los que le tiene envidia tildan de barroco. Debo reconocer que en semejante espacio el barroquismo saltaba a las cuencas de los ojos sin necesidad de escuharle, por lo que esperé una charla saturada de lentitud y términos ininteligibles. Pero cual fue mi sorpresa cuando tras terminar el acto, donde las noventa personas que allí escuchábamos nos fundimos en un estruendoso aplauso, acepté que mal que le pese a algunos De Prada es un ejemplo absoluto de lucidez con los tiempos que corren, el cual analiza con precisión cirujana. Desconozco si la novela que adquirí, la primera parte de Mil ojos esconde la noche, titulada La ciudad sin luz, que de manera torrencial se vende –800 páginas, tapa dura–, me saciará, pero puedo asegurar que el que se hace llamar Alexei Raskolnikov en Facebook, murciano y lector de pro, aseguró a sus amigos en la red que está escrita como ya en España se es incapaz de escribir. Por eso la leeré. Aproveché al final del acto, para acercándome con el ejemplar a De Prada, solicitarle la firma del mismo, cuando en realidad mi único deseo fue iniciar una táctica que conllevó el regalo de un ejemplar de Avenida. En la vida estas cosas hay que hacerlas. No podemos defender la prostitución para luego, cuando podemos ser nosotros las putas, quedarnos en el umbral de la puerta, sonrojados. La segunda presentación a la que acudí fue a la de David Jiménez, excorresponsal de éxito, exdirector de El Mundo, que desde que se puso a escribir libros a cascoporro también ha abierto las puertas del cielo de par en par. Por ejemplo, y en un rara avis si de la actualidad hablamos, su novela El Director, publicada hace unos años por Libros del K.O., lleva ya vendidos algo más de 100.000 ejemplares. Pero bueno, que en el restaurante Trocadero del Paseo de la Farola, en Málaga, David estuvo presentando su novela Días salvajes, que ya lee mi madre. Pero la clave de hablar de ella tiene que ver con que allí había congregados, tranquilamente, unas 75 personas, que habían abarrotado, y hasta hecho ampliar, una zona del restaurante acondicionada para la ocasión. Uno sabe, y por propia experiencia, que presentar libros es más una farándula que una opción acertada para captar lectores; pero quede claro que, en ambos casos, con asistencias cercanas al centenar de personas, vender así libros ya sí es motivo de chulería e incluso, de superávit. 

 

David Jiménez. Foto de Héctor Vila

 

Vender y editar libros

 

Podría asociarlo a que, en los trenes de alta velocidad, de media distancia, cercanías y líneas de Metro, en estas seis semanas que ya llevo por España, casi la práctica totalidad de los allí viajan utilizan el dispositivo electrónico y casi nunca un libro. O que ayer mismo, mientras viajaba hasta el Arroyo de la Miel en uno de esos trenes, una aún menor de edad, entre todos los teléfonos móviles que allí se utilizaban sin respiro, leía un ejemplar de Más allá del bien y del mal, la obra de Nietzsche que me abrió las puertas, de par en par, de la filosofía. Pero viendo lo poco que se lee y lo que, según parece, mucho que se publica, uno se pregunta qué intereses espurios existen para que las editoriales sigan en pie. Porque si David Jiménez me confesó las ventas de sus libros, cuando Fernando Sánchez Dragó me hizo lo propio hace unos años, y me refiero a las ventas actuales de dos escritores de rancio abolengo que explican con datos reales que si ellos, salvo en el caso de El Director, venden unos pocos miles de ejemplares, qué estaremos vendiendo el resto. Escuché el ejemplo de uno que hasta hace una década vendía 400.000 libros y que ahora no llega ni a los 10.000. Yo, gracias a mi maravilloso editor, sé mis números como conozco la talla de mis zapatos. Pero uno no sólo se imagina al resto, sino que lo sabe por otros escritores, que lo habitual es que la inmensa mayoría de los libros que se editan cada año en España no alcancen siquiera el medio millar de ejemplares vendidos cuando los hay, y bastantes, que no superan ni los doscientos. Queda claro que ser escritor más que una profesión es una dimensión inexplicable, entre lisérgica y estúpida, sobre todo esto último si crees que vas a vivir de ello, pero… ¿Cómo justificamos a los editores que pierden dinero y acaban guillotinando miles de libros o vendiéndoselos al propio autor a precios de risa, si no reciclándolos en el contenedor de papel? ¿No serán algunos de ellos narcos o vete tú a saber qué, los cuales blanquean dinero en torno al mundo de las letras? Por lo que agradecidos siempre a los editores actuales. 

 

Jane Austen

 

Mujeres escritoras en el siglo XIX

 

El otro día visité el Centre Pompidou de Málaga y me sorprendió que, muy posiblemente, se exhibían más obras de mujeres que de hombres, sin contar si esas mujeres en la actualidad se sienten mujeres o los hombres, hombres. Además, y gracias a este tiempo en España, detecto, en contabilidad oficiosa, que en las librerías también las mujeres escritoras copan gran parte de las baldas. Pero esto antes no era así. Y sólo el pasado siglo no era habitual toparse con señoras escritoras. Pero bueno, en la actualidad sigue siendo imposible en la inmensa mayoría del planeta, por mucho que algunos –y algunas– quieran mirar para otro lado. Pero vayamos aún más atrás en el tiempo; al siglo XIX, concretamente, donde ser mujer y escritora era algo aún más inusual. Y, por ejemplo, en esos tiempos tuvo cierta repercusión Jane Austen, con su obra más conocida Orgullo y prejuicio. Pero hay más. Mary Shelley, autora absolutamente ignota hasta hace bien poco, es en la actualidad considerada la madre de la ciencia ficción. Luego tenemos un caso muy llamativo, como es la escritora Cecilia Böhl de Faber, nacida en Suiza, aunque nacionalizada española tras su cambio de país, que tuvo que utilizar el pseudónimo de Fernán Caballero para poder ver publicadas sus obras más fácilmente. Aurore Dupin, francesa, también tuvo que cambiarse el nombre por uno masculino, eligiendo George Sand. Aunque ella se lo tomó tan a pecho que acudía a reuniones de escritores con indumentaria masculina además de fumando puros. Quede claro que justo antes de haber tomado esas decisiones estaba felizmente casada habiendo dado a luz dos hijos. Por lo que su travestismo, se supone, tenía sólo una meta literaria. Y dejamos para el final a dos escritoras españolas, ambas gallegas, que superaron las dificultades haciéndose escritoras y de renombre. Una, Emilia Pardo Bazán, y la otra, Rosalía de Castro, que aparte de en español escribía en gallego. Eso sí, no se engañen: el común denominador de todas es que nacieron y ejercieron en la vieja Europa. No lo olviden. 

 

Emilia Pardo Bazán